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«El virus del hambre mata». Las colas del hambre silenciadas

«Antes de la pandemia ocasionada por la covid-19, atendíamos a 400 familias vulnerables al mes; ahora repartimos alimentos a 3.500 familias al día. Estamos desbordados y la situación es insostenible, pero aquí seguimos, manteniendo la barra de equilibrio». A Conrado Giménez aún le tiembla la voz cuando profiere frases colmadas de polvo y herida. Y no solo por pura sensibilidad, sino también porque el coronavirus ha dejado en su garganta alguna huella tras su paso.

Es lunes. El frío de octubre se graba a fuego en la acera de la plaza de san Amaro, con dirección a la calle Teresita González de Quevedo. Allí, al costado de la parroquia Santa María Micaela y San Enrique, una cola interminable de madres embarazadas, de carritos de bebé y de niños sonrientes con botas de agua y bufanda adorna un Madrid que viste de lluvia y de viento. Hay parejas jóvenes, de toda condición, raza y religión. Pero la mayoría son madres con el rostro abatido, que están cansadas de escribir y de borrar su nombre en el libro de la vida. Sin embargo, saben que aún quedan hojas donde pueden rasguear su reflejo sin miedo a que precipiten su pintura al fondo del río. De las entrañas de esta cola de sufrimiento me recibe el presidente de la Fundación Madrina, quien intenta resguardarse del relente otoñal mientras sostiene a dos bebés gemelos en sus brazos. Uno en cada uno, con la delicadeza de un padre primerizo, prestándoles a los dos el calor que se merecen… «Son sus dos angelitos», me dice, mientras mira con ternura a sus padres: una pareja de apenas 20 años que acude para solicitar productos de alimentación e higiene para sus pequeños.

«El Gobierno no quiere que se saque esta realidad»

«España está pasando hambre, y nadie habla de ello. Hay cantidad de familias que ya no tienen ni lo indispensable. Este tsunami les ha robado todo, y muchas optan por volver a sus países de origen, o se hacinan en casas poniéndose en peligro por el virus», me cuenta Giménez, con un cierto aire a cansado pero sin perder la sonrisa. Hasta cuando se emociona, que lo hace a menudo, sonríe. «Muchas de estas mujeres jóvenes, embarazadas o con bebés muy pequeños, están en riesgo porque no pueden pagar los alquileres; y algunos caseros, como compensación, les piden sexo…».

A su paso, este madrileño que abandonó una vida acomodada para dedicarse a las personas más vulnerables, va posando en cada una de las presentes un gesto de cariño. «¿Sabes que ya no vienen periodistas por aquí?», me dice, de repente, con la sonrisa un poco menos tranquila. «Parece ser que hay órdenes de arriba porque no quieren que se saque esta realidad». Y ante mi estupor, corto en seco el andar y ahondo en ello: «¿A qué te refieres cuando dices desde arriba?». Pero él, que desde hace años vive con el corazón arropado de fe, no esconde su impotencia… «Sí, desde el Gobierno. No hay trabajo, no hay comida, no hay hogar, y las ayudas que se hacen por parte de la Administración son subvenciones fantasmas que solamente sirven para hacer marketing». Entonces, «nos vemos siendo el árbitro de desigualdades sociales, lo que evita que haya un conflicto social», reconoce. «¿Y si esto se mantiene en el tiempo y los bancos de alimentos están exhaustos?», le dejo en el aire… «Pues llegará un momento en que haya un estallido social». Esto «es una cuestión de vida o muerte», confiesa Conrado, consciente de que su fundación, que lucha desde hace veinte años contra la pobreza infantil, promocionando, ayudando y dignificando a la mujer, ahora encuentra su foco principal en madres gestantes y bebés en situación de calle.

Para seguir leyendo este reportaje de Carlos González visita el número 4.052

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