Benedicto XVI en Líbano Firmas

El viaje a Líbano confirma la grandeza de Benedicto XVI – editorial Ecclesia

Editorial Revista Ecclesia
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Hace ahora un año, cuando Benedicto XVI se disponía a viajar por tercera vez a su Alemania natal, recordó que el sentido de los viajes apostólicos no es hacer turismo religioso ni protagonizar grandes espectáculos o «shows», sino responder a la misión universal del primado de Pedro y testimoniar la necesidad de Dios y la luz del Evangelio en todo el mundo.

En sus ya siete años y medio de ministerio petrino,  casi ninguno de sus veinticuatro viajes internacionales  ha sido precisamente fácil o placentero, al menos en principio. De algunos de ellos, los medios de comunicación –siempre tan dados al sensacionalismo– dijeron a priori que se trataba del «viaje más difícil». Después, todas o casi todas estas visitas apostólicas fueron un éxito y un indudable tiempo de gracia. Obviamente complicados fueron los periplos a Turquía, Tierra Santa, Gran Bretaña, Alemania en 2011 y por razones siquiera de pura logística las dos visitas a África (con etapas primero en Camerún y Angola y hace diez meses en Benín) o el maratoniano periplo por México y Cuba del comienzo de la primavera pasada.

Pero es, en realidad, ahora, con la visita del 14 al 16 de septiembre a Líbano, cuando sí podemos hablar con propiedad del «viaje más difícil». El mismo Benedicto XVI lo reconoció el domingo pasado, día 9, tras el ángelus: «No ignoro –afirmó– la situación, a menudo dramática que viven los habitantes de esa región, desgarrada desde hace tiempo por conflictos incesantes. Comprendo la angustia de los numerosos habitantes de Oriente Medio cotidianamente inmersos en sufrimientos de todo tipo, que afligen tristemente, y algunas veces mortalmente, su vida personal y familiar». Pero precisamente por esto –subrayó después– «no podemos resignarnos a la violencia y a la exacerbación de las tensiones». Y añadió: «El compromiso para impulsar el diálogo y la reconciliación tiene que ser una prioridad para todas las partes implicadas y debe ser sostenido por la comunidad internacional, cada vez más consciente de la importancia que tiene para el mundo entero, una paz estable y duradera en toda la región. Mi viaje apostólico a Líbano, y por extensión a Oriente Medio en su conjunto, se coloca bajo el signo de la paz».

El valor, la grandeza, la generosidad, la altura de miras y la entrega a la que Benedicto XVI –máxime con sus ya largos 85 años– nos tiene acostumbrados encuentran, pues, ahora una nueva referencia y confirmación. Y ello es un luminoso y aleccionador ejemplo para toda la Iglesia y la entera comunidad internacional. Y además el Papa nos da ejemplo a todos, por extensión, para saber cumplir siempre con nuestra misión y para no rehuir los problemas por espinosos que sean.

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