Iglesia en España Opinión

El venerable Rivera, sacerdote formador de sacerdotes, por Demetrio Fernández,

El venerable Rivera, sacerdote formador de sacerdotes, por Demetrio Fernández, obispo de Córdoba, en el diario ABC (sábado 24 de octubre de 2015)

«Combinaba con maestría la gracia de Dios y la psicología humana, haciéndose comprensivo con todo tipo de flaquezas. Tenía un corazón misericordioso, capaz de dignificar a las personas que trataba. Y se caracterizaba por una confianza cuasinfinita en la gracia».

La declaración de las virtudes cristianas en grado heroico del sacerdote toledano José Rivera Ramírez por parte del Papa Francisco el pasado 1 de octubre es una llamada a la santidad para los sacerdotes especialmente. Él dedicó casi toda su vida ministerial a la formación de sacerdotes. Murió a los 65 años (en 1991) y desde la edad de 30 años ya le confiaron esta delicada tarea, que él ha cumplido con esmero y dedicación, en Salamanca, Toledo, Palencia y Toledo. La tarea de director espiritual del Seminario el obispo la confía a un sacerdote que tenga ciencia, experiencia y santidad de vida.

Rivera tenía una gran preparación teológica, filosófica, literaria y humana. Sus largas horas de estudio cada día le brindaron la posibilidad de leer abundantemente durante toda su vida. «Para todos el día, para mí la noche…», afirma en uno de sus poemas. Y así conocía a los grandes autores místicos y espirituales, los tratados antiguos y modernos de la espiritualidad de la mejor tradición cristiana y universal. Al mismo tiempo, era un gran conocedor del corazón, de los sentimientos y de la psicología humana. Él combinaba con maestría la gracia de Dios y la psicología humana, haciéndose comprensivo con todo tipo de flaquezas. Tenía un verdadero corazón misericordioso, capaz de dignificar a las personas que trataba. Y se caracterizaba por una confianza cuasinfinita en la gracia de Dios que transforma el corazón humano.

Al paso de los años todo eso le fue dando una gran experiencia, al tratar con personas de todo tipo y condición: adultos y jóvenes, religiosos, seglares, seminaristas y sacerdotes de toda la geografía española. Conocía muy bien las diócesis de España en sus sacerdotes, que le llamaban continuamente para dar Ejercicios Espirituales. A cuántos sacerdotes de cualquier punto de España les he oído el testimonio del mucho bien que Rivera les hizo en unos Ejercicios. Era un guía certero en los años agitados del pos-Concilio, asimilando las líneas fundamentales del Vaticano II, sobre todo en lo referente a la vocación universal a la santidad, que es una exigencia de la vida sacerdotal.

Para ser buen formador de sacerdotes se necesita ir por delante con el ejemplo. Yo he estado junto a él, conviviendo con él, los 25 últimos años de su vida. Siempre me ha dado ejemplo de oración abundante, de presencia de Dios durante toda la jornada, de amor ardiente a Jesús en la Eucaristía, ante la que se quedaba absorto, de deseo de alcanzar el perdón de sus pecados y frecuencia del sacramento del perdón, de penitencia expiatoria, de humildad (muchas de sus buenas cualidades las he sabido después de su muerte, por sus escritos, pues nunca hacía alarde de nada), de paciencia, de mansedumbre en un corazón fogoso, de disponibilidad y servicio a cualquier hora del día y de la noche, de amor a los pobres que nadie quiere, acogiéndolos uno a uno, aguantando sus impertinencias, haciéndose él mismo pobre y pedigüeño por ellos. Un testimonio grande de alegría, la alegría que brota del Evangelio y produce siempre buen humor.

El mundo de hoy prefiere a los testigos, y si escucha a los maestros es porque son testigos. Eso ha sido el venerable José Rivera para mí y para tantos sacerdotes que se han acercado a él y para tantos otros que le han conocido después de su muerte. Nos infundía fuego. Nos estimulaba siempre a la santidad. Fustigaba con infinita paciencia la mediocridad del clero. Le dolía la Iglesia, y sobre todo la mediocridad de los sacerdotes. Estaba convencido de que un sacerdote santo genera una onda de santidad en su entorno. Y, por el contrario, un sacerdote instalado en la mediocridad es como un tapón en la circulación de la Iglesia, en la comunión de los santos. «Que la Iglesia crezca en santidad por el celo ejemplar de sus ministros», pide la oración de san Juan de Ávila, del que Rivera era buen discípulo. El Concilio Vaticano II ha tomado esta idea del santo doctor de Montilla: si la Iglesia quiere santos sacerdotes, tiene que prepararlos bien en el Seminario. José Rivera es lo que nos enseña, pues a eso dedicó toda su vida.

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