Carta del Obispo

El Vaticano II: brújula en un mar abierto, por Casimiro López Llorente, obispo de Segorbe-Castellón

Queridos diocesanos:

         La conmemoración del 50º Aniversario del Concilio Vaticano II  es una de las razones de la convocatoria del actual Año de la fe. El Concilio, anunciado por sorpresa por el Beato Juan XXIII a inicios de 1959,  supuso no sólo el mayor acontecimiento religioso del siglo XX sino también la reunión más numerosa de obispos en toda la historia de la Iglesia. Desde el anterior concilio, el Vaticano I (1869-1870), había transcurrido casi un siglo y, sobre todo, el mundo había cambiado completamente.

         En un contexto de cambio y optimismo, su convocatoria despertó un interés generalizado por la Iglesia y su voluntad de renovarse. El cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza creativa. Se le veía cansado y daba la impresión de que el futuro era decidido por otros poderes espirituales. El sentido de esta pérdida y de la tarea que ello comportaba se resumía en la palabra “aggiornamento” (actualización). El cristianismo debía estar en el presente para poder forjar el futuro. Esto no significaba que la Iglesia tuviera que someterse al mundo moderno, sino que debía ofrecer una actitud dialogante para presentar el Evangelio según las preguntas profundas del hombre de su tiempo.

         La preparación duró casi un cuatrienio. Luego, desde el 11 de octubre de 1962 hasta el 8 de diciembre de 1965, fue el tiempo del concilio, celebrado en los meses de otoño de esos cuatro años. El fruto del trabajo conciliar quedó plasmado en las cuatro grandes constituciones –sobre la Liturgia, la Palabra de Dios, la Iglesia y la Iglesia en el mundo actual-, nueve decretos y tres declaraciones. Pasado medio siglo desde la apertura del Concilio es el momento de su lectura sosegada, para comprenderlo en el plano de la fe y para superar las mitificaciones y los ásperos contrastes en su interpretación histórica y teológica. Esto no favorece ni el conocimiento ni la recepción del Vaticano II. En este momento, cuando el Año de la Fe nos invita a reactivar la fe, la vida y la misión evangelizadora de la Iglesia estamos llamados leer, estudiar y volver a proponer los grandes textos que dejó el Vaticano II.

         El Concilio fue una vuelta al centro de la fe. Buscaba hacer vivir con más vitalidad la Palabra de Dios. También representó una mayor importancia de la liturgia como presencia del Misterio de Dios. Asimismo mostró una comprensión más profunda de la Iglesia y alentó una mayor presencia de la Iglesia en el mundo actual. Con palabras del Beato Juan Pablo II, el Vaticano II es una “gran gracia” y una “brújula segura” para la Iglesia. Sus documentos son “incluso para nuestro tiempo, una brújula que permite a la nave de la Iglesia avanzar en el mar abierto” (Benedicto XVI).  Por ello es necesario volver a los textos conciliares. Hay muchas publicaciones que a menudo en lugar de dar a conocer los documentos del Concilio, los han ocultado. Su lectura y estudio directo hace posible acercarse a la inmensa riqueza que nos ha legado la asamblea ecuménica, que hemos de leer en continuidad con la tradición viva de la Iglesia. Para nuestro tiempo, marcado por un olvido de Dios, el Concilio tiene un  mensaje fundamental: “el cristianismo en su esencia consiste en la fe en Dios, que es Amor trinitario, y en el encuentro, personal y comunitario, con Cristo que orienta y guía la vida. Todo lo demás se deduce de ello” (Benedicto XVI).

         Con mi afecto y bendición,

         +Casimiro López Llorente – Obispo de Segorbe-Castellón

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