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El valor del seminario de Mérida-Badajoz, por el sacerdote José Moreno Losada

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El valor del seminario de Mérida-Badajoz, por el sacerdote José Moreno Losada

Acaban de conceder la Medalla de Oro de Extremadura a una institución entrañable para mí como es el Seminario  de nuestra diócesis de Mérida-Badajoz, en su 350 aniversario de existencia. Desde que me enteré de la noticia, por la que sentí y siento una profunda alegría, reflexiono y medito sobre ello para vivirlo con sentido profundo… He pasado en el seminario once años como formando, ocho como formador y más de veinticinco como profesor de Teología. Mi vida desde los once años siempre ha estado vinculada a la institución, y sé que no soy más que un grano de arena, o mejor de trigo, en ese sembrar y cosechar centenario del quehacer educativo y religioso del mismo. Pero siento la necesidad de reflexionar a la luz de los textos bíblicos dominicales en la semana de la noticia, que invitan a la humildad y a la sencillez: “se humilde en las grandezas humanas”. Y me pregunto por el por qué de esta medalla y el sentido de la misma, para unirme a esta celebración.

He notado que, a lo largo de los años de esta costumbre -bastante reciente-, casi siempre ha habido concesiones de las medallas a instituciones que tenían directa o indirectamente conexión con la realidad eclesial extremeña, ya fuera en personas o en instituciones. He notado, también, que en muchos de los reconocidos por esta mención honorífica, a la hora de agradecer este don han hecho referencia a su ser cristiano, a la Iglesia e, incluso, en más de un caso, a la propia institución del seminario. Pero casi siempre se han revestido estas elecciones de un carácter cultural, sociopolítico, incluso humanístico caritativo, pero nunca directa y explícitamente religioso.

A la sociedad española –y, por lo mismo, a la extremeña-, que viene de una vivencia de la cristiandad muy concreta, le da apuros entrar de lleno en la dimensión transcendente, espiritual  y religiosa  de la existencia y de lo que ésta aporta al ser humano y a la sociedad. Eso explica que esta petición haya estado más de una vez en la mesa y se haya postergado, y ahora que está en el poder extremeño otra instancia política parece que cabe mejor. Aunque los que la piden son los mismos, y entre ellos los hay de todas las tendencias.

A lo largo de estos días, estoy notando, tanto por instancias eclesiales, como sociales y políticas, referencias a esta medalla y su concesión aludiendo a elementos de ese orden cultural, social, humanístico, etc. Y me parece bien porque forman parte de lo que ha sido esta institución a lo largo de la historia, también con sus luces y sus sombras como todo lo humano. Pero deseo reivindicar lo que es propio y específico de esta institución, lo que ha sido su objetivo primero y fundamental en estos siglos… Los seminarios nacen como fruto del Concilio de Trento en orden a formar convenientemente a los sacerdotes que tenían que apacentar el pueblo de Dios, formándolo en la sabiduría de lo divino como luz para lo humano, y andar en esta existencia con claves de salvación  en orden a realizarse y llegar a la felicidad definitiva y auténtica. Hombres consagrados que sirvieran a la humanidad caminos de salvación y esperanza. Y quiero reivindicar esta razón para el reconocimiento. Como decía E. Bloch, pensador marxista, las religiones en la historia habían realizado una función fundamental porque habían alimentado la esperanza; aunque para él, con su mente comptiana, ya no eran necesarias porque las ideologías humanas podían ya sustituirles en esa labor.

Mantener la esperanza en un pueblo es cuestión de sentido y de fundamento. El propio Nietzsche, tampoco sospechoso de piedad religiosa, mirando nuestro presente hablaba de un hombre que, como loco, andaba por las calles gritando que había matado a Dios, desesperado. Lo iluminaba su máxima de que “quien tiene un por qué para vivir resiste cualquier cómo”. Dios había sido el por qué de toda una historia y ahora parecía llamado a desaparecer dejando un hueco  difícil de llenar.

Desde aquí, con estas filosofías no creyentes,  reivindico lo que es fundamental en la sociedad, la necesidad de sentido y de esperanza en la vida, tanto a nivel personal como comunitario y social. La institución del seminario, de los tres seminarios, en nuestro pueblo extremeño ha sido fundamentalmente esta. En ella se han formado, desde la Iglesia católica y el espíritu cristiano, hombres destinados  al pueblo para alimentar su sentido y su esperanza de vida. A veces lo habremos hecho mejor y otras peor, pero no hay duda que el horizonte y la justificación del mismo era esta, y desde ahí ha sido un valor para lo sociedad. Lo será siempre cualquier medio personal o institucional que alimente la trascendencia y la alteridad como horizonte de vida.

Las claves de los mismos textos evangélicos, antes referidos, nos hablan de la grandeza que hay en la renuncia al  prestigio, al poder y al éxito como sentido de la vida, para poder poner a los otros en el centro de nuestra propia existencia y hacer, de eso, nuestro valor y nuestro fundamento. Esto lo ha querido hacer el Seminario cuando ha formado a hombres de nuestra tierra con la teología y la sabiduría que nacen del Evangelio de Jesús de Nazaret, alguien que fundamentado en el corazón del Padre supo entregar su existencia por amor a la humanidad, llegando incluso hasta la cruz; por lo cual fue exaltado y nosotros lo seguimos, tocados por ese espíritu divino, que nos da la esperanza y el por qué de la vida.

Una sociedad sin utopía, esperanza, fe y amor está muerta. El Seminario ha sido uno de los medios para alimentar -con sus luces y sus sombras- esta vida; la medalla reconoce su historia, pero no sustituye su función. ¿Dónde se alimentará nuestra sociedad de sentido y de esperanza, la que dice que otro mundo es posible y que todo tiene su por qué y su razón? Este reto es urgente y ha de llevar a la reflexión  a toda la Iglesia, pero también a toda la sociedad y sus instituciones. No tengamos miedo, ni civil ni religiosamente, en decir que esta medalla se concede porque nuestra sociedad necesita alimentarse en el espíritu, y el Seminario ha realizado durante tres siglos y medios esa función: preparar hombres del  Espíritu para el pueblo, para alimentar su fe, su esperanza y su amor. Para la Iglesia el reto no será que siga el Seminario como ha sido hasta ahora, pero sí que siga su función de formar y enviar personas del espíritu a todas las partes del mundo. La sociedad, por su parte, tendrá que ver cómo cuidar, suscitar y animar a todo el que aporte trascendencia y alteridad a lo profundo de cada ser humano.

Yo agradezco el gesto y me siento como cuando toca la lotería en la parroquia, aunque sea la pedrea, que nos toca a todos un poco; no habrá pueblo, familia o institución de Extremadura que, directa o indirectamente, no tenga que ver algo con estos seminarios extremeños. La enhorabuena, más que para la institución, es para toda la sociedad extremeña, por todo lo que ha vivido y generado desde este rincón de Badajoz, al que miro todas las mañanas al levantarme y comenzar un nuevo día.José Moreno Losada. Sacerdote.

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