Rincón Litúrgico

El valle de la humildad, título homilético domingo 22, TO, C (1-9-2019)

El valle de la humildad, título homilético domingo 22, TO, C (1-9-2019), por José-Román Flecha Andrés

“Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios y revela sus secretos a los humildes”. No deberíamos olvidar esos consejos de Jesús, hijo de Sirac (Eclo 3,17-18.20).

El texto bíblico es muy realista. A la actitud del humilde se contrapone la soberbia del orgulloso: “No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta” (Eclo 3,28). Algunas traducciones nos recuerdan que “para la adversidad del orgulloso no hay remedio, pues la planta del mal ha echado en él raíces”.

El salmo nos recuerda que Dios es el padre de los huérfanos y el protector de las viudas. Su misericordia no tiene medida. “Dios prepara una casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece” (Sal 67).

Según la carta a los Hebreos, los cristianos nos hemos acercado a un nuevo Sinaí, a la Jerusaén del cielo. Y en ella descubrimos que Dios es el juez de todos y que Jesús es el mediador de la nueva alianza (Heb 12).

EL AMOR GRATUITO

El evangelio que hoy se proclama recoge un hecho que parece una parábola (Lc 14,1.7-14). Es un sábado: día de oración y descanso. Jesús es invitado a comer en casa de un fariseo importante. Observa que los invitados se apresuran a escoger los primeros puestos. Y el Maestro aprovecha la ocasión para impartir dos consejos aparentemente muy humanos.

• El primero se dirige a los invitados a un banquete. Quien elige uno de los primeros puestos puede verse en el bochorno de ser obligado a cederlo a otro invitado más importante. Pero quien elige uno de los últimos, puede verse honrado cuando lo inviten a situarse en un puesto de más prestigio. Así que es más conveniente ser humilde y modesto.

• El segundo consejo se dirige al anfitrión que ofrece el banquete. Quien convida a sus amigos, a sus parientes o a sus vecinos ricos, espera ser recompensado con otra invitacion semejante. Eso es lo habitual. Quien convida a pobres, lisiados, cojos y ciegos parecerá ir contra corriente. Porque generalmente no recibirá una invitación semejante.

Los dos consejos parecen normas de protocolo social. Pero Jesús las eleva al rango religioso, mediante la bienaventuranza que sigue al segundo consejo: “Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los muertos”. Así que la humildad va unida a la generosidad de quien ama gratuitamente. Porque así es como ama Dios.

MODESTIA Y SENCILLEZ

La prudencia nos aconseja ser modestos y sencillos. Este relato evangélico responde a una experiencia muy humana. Pero encierra una profunda lección de fe. No sólo habla del hombre, sino de Dios. Basta reflexionar sobre la frase central.

• “Todo el que se enaltece será humillado”. Quien se enaltece a sí mismo se coloca con frecuencia en el puesto del mismo Dios. Olvida su profunda verdad y se engaña a sí mismo. “De soberbia y vanagloria os libre Dios”, escribe Santa Teresa. Cuanto más alto sube el necio más estrepitosa es su caída.

• “El que se humilla será enaltecido”. El modelo es el mismo Cristo, que se abajó hasta someterse a la muerte y muerte de cruz, por lo cual fue ensalzado hasta recibir un nombre sobre todo nombre (cf. Flp 2,6-11). Quien de verdad ama a Dios, va por el valle de la humildad, como escribe también Santa Teresa.

– Señor Jesús, ya conocemos los banquetes humanos. Pero tú nos has convidado al banquete de tu Reino. En este caso nada vale nuestro orgullo. Que tu gracia nos ayude a vivir en la Iglesia y en el mundo con la sencillez de los pobres y los humildes. Una vida no nos bastará para agradecerte ese consejo. Amén.

José-Román Flecha Andrés

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