Opinión

El testimonio ecuménico de Apologia pro vita sua de san John H. Newman

El profeta Jeremías introdujo en la literatura bíblica un género literario, llamado «confesiones», que ha tenido una perenne fecundidad en la historia del pensamiento religioso (Comúnmente se consideran como tales Jer 11, 18 – 12, 6; 15, 10-21; 17, 14-18; 18, 18-23; 20, 7-18. Pueden añadirse dos textos más, el primero al principio y el segundo al final: Jer 9, 1-8 y 45, 1-5). Las ideas del gran profeta han influido decisivamente en destacados santos y santas del cristianismo. En este sentido la Apología pro vita sua: being A History of his Religious Opinions, aparecida en Londres en 1883, de san John Henry Newman, ocupa sin duda un lugar de excepción, juntamente con las Confesiones de san Agustín de Hipona y El libro de la vida de santa Teresa de Jesús. Merece la pena no pasar por alto lo que puede transmitirnos a los creyentes del siglo XXI, empeñados en hacer realidad el deseo de Jesús, de que los suyos «sean uno» (Jn 17, 21).

No resulta fácil la lectura de los dos primeros capítulos de la obra. Necesitan un conocimiento preciso de la teología anglicana del siglo XIX y de la política eclesial en Inglaterra, que solo los especialistas pueden tener en la actualidad, para ahondar en los entresijos del pensamiento integral del autor. Algunos temas han dejado de mantener la relevancia que en su tiempo tuvieron. Pero dejando a un lado estas cuestiones marginales, conviene centrarse sobre todo en los capítulos tercero, cuarto y quinto, en los que refleja sus ideas religiosas de 1841 al 1845. Uso la edición de la BAC 394, publicada en Madrid 1977 y traducida del inglés por Daniel Ruiz Bueno. Los números entre paréntesis pertenecen a las páginas de este libro.

Maravilla la seriedad, rigurosidad y veracidad con que llevó a cabo su propósito de dejar la Iglesia anglicana y pasar a la Iglesia católica, que le costó toda clase de malentendidos y difamaciones que le partieron el alma. En su propio entorno un popular escritor, «en el número de enero de 1864 de una revista de amplia circulación» (prefacio del 2 de mayo de 1865, X), llegó a atacarlo formalmente por su nombre y acusarlo de astuto, mentiroso y doble. Herido en lo más íntimo, escribió una justificación de su pensamiento y sobre todo de su comportamiento. Tanto más necesaria, cuanto más se negaba suhonradez, uno de los valores más preciado que acreditaba. Él que había puesto la verdad en el centro mismo de su entera existencia diaria.

Lo que quizá más impresiona en su lectura es que tenemos que vérnoslas con un gran hombre, honrado por los cuatro costados, que siempre rehuyó fáciles componendas de cualquier tipo. Buscó siempre la verdad, haciendo uso de la razón llevada hasta las últimas consecuencias. «Y yo quiero guiarme por la razón, no por el sentimiento» (151), escribe a conocidos católicos, cuando aún no había consumado su paso definitivo a la Iglesia de Roma y permanecía firme en las convicciones de siempre.

Esta frase describe perfectamente su mundo interior a lo largo de su vida de eclesiástico en Oxford y que se mantuvo durante su costosa y en ocasiones muy dolorosa transformación, que le llevó a una auténtica conversión, dejando la profesión anglicana y abrazando el catolicismo. Esto en modo alguno quiere decir que fuera un racionalista, pero sí que concedió al razonamiento de «las grandes verdades de la salvación» la importancia debida tanto en su vida personal como en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, en sus sermones y tratados incluidos. Y ese uso debido de la razón le llevó a dar los pasos precisos, que Dios esperaba de su persona.

Procedió a la aceptación de la Iglesia católica solo por razones de conciencia, de modo que su Apologia da fe de la singular resistencia de alguien, que estuvo animado por una indomable fortaleza en la consideración de sus ideas religiosas. Poco a poco en la lectura de la obra se va descubriendo su valía humana y su grandeza teológica. Y lo que aún sorprende más: Llegamos a la conclusión de que en el fondo la santidad guiaba todos sus pasos. Lo que le quemaba por dentro era ser sincero con Dios, con su obispo, con los hombres de su misma confesión, con sus amigos y consigo mismo.
Estudió con encomiable dedicación los Credos más antiguos y a los Santos Padres. Investigó sobre todo los primeros concilios y las controversias arrianas y monofisitas. Sintió auténtica veneración por el Papa san León Magno. Esa profundización en los primeros siglos del cristianismo le condujo de forma ascendente a la firme conclusión, de que le verdad estaba de parte de la Iglesia de Roma y obró en consecuencia, sin que tuviera ante sí otros miramientos, que descubrir la voluntad divina y aceptarla con prontitud. Unas sencillas pero penetrantes palabras de San Agustín, que explicarlas nos llevarían lejos, le abrieron los ojos: «me hirieron con una fuerza cual no sentí antes nunca de cualesquiera otras palabras…Yo quedé muy excitado ante el horizonte que se me había abierto» (cf. 96s).

Sus cartas de este período intermedio dejan bien a las claras la lucidez, con que se enfrentaba al movimiento ecuménico, que empezaba a desarrollarse con fuerza ya en su tiempo mediante el llamado «movimiento de Oxford», aunque no siempre guiado con la debida orientación. Consideraba las prisas como realmente improcedentes para avanzar en los objetivos de la verdadera unión: «No espero esta unión —afirma con determinación— en nuestro tiempo, y he desaprobado la idea de todo procedimiento apresurado en este sentido… yo no puedo tomar parte en agitación alguna, sino que quiero permanecer tranquilo en mi puesto y hacer en cuanto esté en mi mano para que otros adopten esa misma actitud» (151).

Evitando todo tipo de «comunión rival» y rehusando «atraer a todo trance a individuos», se sincera así con los católicos, cuando aún era anglicano: «Yo deseo, naturalmente, que nuestra Iglesia se consolide, con, por y en vuestra comunión por amor de ella, por amor vuestro y por amor a la unidad» (152). «El corazón de Inglaterra no puede ganarse con sabias discusiones, ni con sutiles argumentos, sino por hombres que “se muestran a sí mismos”, como dice el apóstol, “como ministros de Cristo”» (153).

Repetidas veces sostuvo «en letras de imprenta», según expresión suya, que «vuestro (el católico) culto y devociones a Santa María me apenan, en efecto, profundamente» (152). Algunas manifestaciones de devoción en honor de la Virgen, como pueden leerse por ejemplo en su admirado san Alfonso María de Ligorio, «han sido mi gran crux respecto al catolicismo. Confieso francamente que ni aun ahora las aguanto enteramente y confío que, no por no poderlas aguantar, la amo menos» (154). Amaba ciertamente a María con amor filial, como amaba la liturgia, pero de una manera más sobria que la piedad popular católica.

Le impresionó «el estudio de los Ejercicios de san Ignacio» y el imperativo «Hijo mío, dame tu corazón» (153). En realidad la vida del Santo inglés fue entregar no solo el corazón sino también la razón, todo su ser al honor de la Trinidad, que mencionaba con frecuencia, y a la causa del Evangelio de Jesucristo. Muchas más cosas se podrían decir sobre la teología y pastoral de uno de los mejores teólogos del siglo XIX, pero no es conveniente alargarse en un breve artículo como este. Habrá tiempo de exponerlas con profundidad en su momento.
Terminó su apología el 26 de mayo de 1864, en la festividad del Corpus Christi, acabando su último capítulo quinto, en el que describe su «estado de espíritu desde 1845» con un ruego, que en el fondo es un hondo deseo, «que todos los que un día estuvimos tan unidos y tan felices éramos en nuestra unión, seamos a la larga conducidos, por el poder de la divina voluntad, a formar un solo rebaño bajo un solo pastor» (224).

Las palabras finales del largo artículo del Príncipe de Gales, el heredero al trono británico, publicado en L’Osservatore Romano este 12 de octubre, un día antes de su canonización por el Papa Francisco, dejan bien a las claras la importancia que nuestro Santo tiene tanto para los católicos como para los anglicanos, llamados a unirse en la comunión de «una sola fe», según la expresión de San Pablo: «En la imagen de la armonía, que Newman expresó de un modo muy elocuente, podemos ver cómo, en el fondo, cuando seguimos con sinceridad y valentía los diferentes senderos por los que la conciencia nos llama, todas nuestras divisiones pueden llevar a una comprensión más grande y todos nuestros caminos pueden encontrar una casa común».

Luis Ángel Montes Peral

Director del Aula de Teología de la Universidad de Valladolid. Campus de Palencia

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