Rincón Litúrgico

El tesoro y la red

«Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien». Eso deseaba Salomón al comenzar su reinado (1 Reyes 3, 5.7-12). El nuevo rey demostraba ya la sabiduría que la tradición le ha atribuído. En lugar de pedir a Dios una larga vida o muchas riquezas, Salomón solo pedía «discernimiento para escuchar y gobernar».

Hoy nosotros tratamos de hacer nuestra una confesión que encontramos en el salmo responsorial: «Señor, más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata»  (Salmo 118,72).  En verdad, la escucha de la voluntad y de los mandamientos de Dios nos daría sabiduría y orientacion en estos tiempos tan confusos en los que «todo vale».

  Aunque parezca dificil admitirlo en tiempos marcados por una terrible pandemia, hoy queremos repetir con fe las palabras que san Pablo escribe a los romanos: «A los que aman a Dios, todo les sirve para el bien» (Rom 8, 28).

LABRIEGOS Y MERCADERES

En el evangelio que se proclama en este domingo (Mt 13, 44-52) se recuerdan tres  parábolas de Jesús sobre el Reino de Dios.

  • En la primera, el reino de los cielos, o Reino de Dios,se presenta como un tesoro que un labrador encuentra en el campo. Convencido de que el tesoro encontrado por azar bien merece desprenderse de los bienes que posee, los vende para comprar aquel campo.
  • En la segunda parábola el reino de los cielos, o Reino de Dios, se presenta como una perla que encuentra un comerciante, que la ha buscado durante años. También él cree que debe desprenderse de sus bienes para conseguir algo que vale mucho más.

Es evidente que hay que tener la lucidez para descubrir lo que realmente vale y la decisión para desprenderse de lo que vale menos. Esa es la verdadera sabiduría, la que nos lleva a tomar en cada momento la decisión acertada. En la vida cristiana, la decisión justa es aceptar a Dios como Rey y Señor de la vida.

Con razón escribió san Pablo VI, en su exhortación sobre el anuncio del Evangelio (8.12.1975), que el Reino de Dios hace que todo lo demás se convierta en «lo demás». De todo se puede prescindir menos de la grandeza y la gracia de acoger a Dios como Señor.

LOS PESCADORES

Ahora bien, en este domingo se nos propone una tercera parábola. El reino de los cielos se identifica además con la red que los pescadores echan en el mar, esperando recoger toda clase de peces, buenos y menos buenos. También esta imagen encierra algunos desafíos.

  • El Reino de Dios nos pide una mirada universal. No puede encerrarse en nuestros límites, sino que está abierto a todos los hombres y mujeres, de cualquier clase y condición. Todos somos invitados a reconocer a Dios como Señor y como guía de nuestra existencia.
  • El Reino de Dios exige un cuidadoso discernimiento. No todos los peces que quedan prendidos en la red tienen el mismo valor en el mercado. Es verdad que el bien y el mal conviven en nuestra vida. Pero no se pueden identificar a la ligera.
  • El Reino de Dios comporta una actitud de humilde esperanza. Con frecuencia juzgamos las actitudes de los demás. Pero nuestros criterios no siempre son acertados y respetuosos. La verdadera valoración del bien y del mal correspode a los ángeles de Dios.

Señor Dios, tú sabes que unos buscamos un tesoro y otros no. Pero a todos nosotros nos alegraría encontrarlo. Que tu Espíritu nos ayude a desprendernos de lo que valoramos para gozar de lo que realmente tiene valor. Y que nos conceda la humilde esperanza de los pescadores que arrojan la red en las aguas del mar.  Amén.

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