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El silencio, ese desconocido. Por Cristina Inogés

La verdad no siempre es cómoda y por ello intentamos maquillarla de forma que su impacto sea menor. Durante esta pandemia y el confinamiento que ha conllevado, han aflorado realidades diversas que, en realidad, no dejan de ser más que evidencias de la condición humana propia del siglo XXI. La primera verdad es que tenemos miedo a la agenda vacía. De la noche a la mañana nos encontramos más tiempo para llenar huecos que quedaban libres pese a otras obligaciones. Y las redes sociales se llenaron de posibilidades: cocina, yoga, bricolaje… ¿Y el silencio?
Otra verdad es que descubrimos nuestra vulnerabilidad y sentimos miedo a algo que no veíamos. En ese momento fijamos la mirada en aquellos que, también con miedo, acudían a su trabajo y ponían su vida en riesgo para atender a las víctimas de la pandemia o para que nosotros pudiéramos seguir comprando, o teniendo la ciudad limpia. Y empezamos a aplaudir como un sentido homenaje hacia ellos y, después, cantábamos canciones y nos saludábamos. ¿Y el silencio?
Descubrimos de igual manera que no éramos los únicos, que otros muchos países estaban en la misma situación, y miramos a ver si sus confinamientos eran iguales o tenían algunas diferencias que los hicieran más llevaderos, porque esto se hacía ya inaguantable, aunque descubrimos que —sin el encanto de la presencia real— podíamos tomar cervezas con los amigos mientras hablábamos por internet. ¿Y el silencio?
Si algo nos ha quedado claro es que el pánico mayor era enfrentarnos al silencio. ¡Qué poco lo conocemos! Y eso que lo tenemos con nosotros todos los días. El silencio es la mitad de la palabra; si no guardáramos pequeños silencios —representados en los textos por los signos de puntuación— las palabras serían sonidos seguidos sin sentido. Si no hubiera pequeños silencios, casi imperceptibles, la música sería ruido. Sin silencios nuestra liturgia sería una sucesión de gestos ininteligibles. Al silencio lo vemos como un tiempo y espacio a rellenar aunque sea de forma bulímica porque, de lo contrario, nuestras sombras podrían aflorar y eso no lo soportamos.
Estaría bien que aprendiéramos a escuchar el silencio, que no es vacío, sino posibilidad. Además de adentrarnos en nosotros mismos y descubrirnos, nos permite poner todos los sentidos en una alerta serena, dispuesta para que el verdadero Silencio vaya llegando, suave como la brisa, y disipe las sombras, porque la luz las disimula mientras dura, pero la Luz las anula para siempre. Porque el silencio nos sitúa ante el Misterio que sobrecoge, pero no asusta; que entrega, pero no obliga; que acompaña, pero no domina. El silencio también es una forma de amor y compañía y, por supuesto, de orar, porque es alejarnos de nosotros mismos, apagar el ego y dejar espacio para que el corazón se ensanche y, así, pueda ser él mismo oración cuando salga al bullicio de la vida. Es imprescindible recuperar el silencio, darle su lugar, dejarle su tiempo, porque vivimos en un mundo en el que aspiramos a la felicidad sin darnos cuenta que no es una meta sino un camino, un proceso de construcción personal en el que el silencio es el arquitecto en buena medida.
Entramos en un tiempo en el que el silencio va a ser protagonista de callar y escuchar a víctimas y familiares de víctimas de la pandemia; entramos en tiempo de escuchar el sufrimiento y decir las palabras justas para no parecer que repetimos fórmulas aprendidas. Silencio, muy activo porque supondrá que hacemos nuestro el sufrimiento de otros, y acompañamiento para romper la soledad acumulada durante meses. Silencio para encontrarnos con el Silencio que no defrauda.

Por Cristina Inogés Sanz
Laica, teóloga y escritora

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