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El silencio de la ética

La ética y la moral, junto a otras disciplinas filosóficas, han ido pasando poco a poco al ámbito de lo privado. Y con privado debemos entender al arbitrio de nuestra subjetividad. No solo para formarnos una moral a la medida sino también para decidir si corremos el riesgo de vivir sin ella.

En la Iglesia, la moral se mira en  ocasiones con cierta displicencia. Pero de un modo u otro sabemos que en nuestra realidad creatural hay un deseo profundo de Bien que convive con la tendencia al pecado. Sin embargo, socialmente hemos perdido prácticamente cualquier referencia al bien o al mal. No cabe duda de que el pecado encuentra su sentido en relación con Dios, pero también es cierto que pecamos por igual creyentes o no creyentes. Hay por tanto actos objetivamente inmorales sobre los cuales nuestra mirada no puede ser de tolerancia.

No se trata de condenar los pecados del mundo, sino de denunciar la peligrosa tolerancia a la inmoralidad que asola nuestra sociedad, y especialmente en la Política. ¿En qué momento la mentira en boca de un representante público se volvió un mal menor? ¿Desde cuándo el enriquecimiento a costa de las instituciones o de los cargos dejó de ser una inmoralidad? ¿Son los insultos, las amenazas, las calumnias o la vulneración del honor parte de las reglas del juego político? ¿Es irrelevante jugar con las necesidades y preocupaciones de los ciudadanos a cambio de una cantidad de votos?

Son solo ejemplos. Basta poner el telediario o abrimos la sección de noticias de cualquier periódico. Descubriremos con facilidad como este tipo de actos malos se han ido normalizando en el debate público. Ante esta realidad, no se trata de una lectura moralista o moralizante, sino de abrir los ojos y preguntarnos si no es momento de volver a reclamar una ética pública.

La ética o la moral no son normas para el ámbito privado, sino para la persona en todas sus dimensiones, también la social. Si queremos construir una sociedad justa, que respete la dignidad de la persona y mire con esperanza al futuro, necesitamos redescubrir la objetividad de la ética. No es un camino fácil, pero el relativismo, que acaba diluyendo el bien en interés, nos está conduciendo a una sociedad fragmentada en la que todo vale porque no hay valores con los que medirse.

Javier Prieto
Seminarista de la Diócesis de Zamora
@Javi_PrietoP

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