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El silencio De Dios y nuestro fango

Entre tantos grafiti, originales o copiados, nos ha impresionado uno que recoge un tema trascendental: «¿Qué dice Dios sobre dejar morir a decenas de miles de migrantes en el mar?»

La pregunta nos evoca al admirado judío Elie Wiesel, superviviente de tres campos de concentración e interrogado con frecuencia sobre su fe. «¿Dónde estaba Dios en aquellos lugares de exterminio?» Aquel premio nobel de la paz, solía responder que Dios estaba en los ajusticiados.

El domingo 28 de mayo de 2006, el papa Benedicto XVI visitó  el campo de concentración de Auschwitz. Era una visita difícil  para un Papa procedente de Alemania, como  él mismo manifestó: «En un lugar como este se queda uno sin palabras; en el fondo solo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios:  ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?».

De  nuevo repitió la pregunta:  «¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal?»

Según el papa emérito «el grito que elevamos a Dios debe ser, a la vez, un grito que penetre nuestro mismo corazón, para que se despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que Dios ha depositado en nuestro corazón no quede cubierto y ahogado en nosotros por el fango del egoísmo, del miedo a los hombres, de la indiferencia y del oportunismo».

Pues bien, el escenario ha cambiado y las víctimas también, pero nuestro egoísmo subsiste. El papa Francisco ha visitado las islas de Lampedusa y de Lesbos para denunciar el genocidio de los emigrantes. Y ha vuelto sobre el tema en su encíclica «Fratelli tutti».

  • En ella denuncia que hoy «se sostiene que hay que evitar a toda costa la llegada de personas migrantes… No se advierte que, detrás de estas afirmaciones abstractas difíciles de sostener, hay muchas vidas que se desgarran».
  • Según él, los inmigrantes «suscitan alarma y miedo, a menudo fomentados y explotados con fines políticos. Se difunde así una mentalidad xenófoba, de gente cerrada y replegada sobre sí misma».
  • Es verdad que «nunca se dirá que no son humanos pero, en la práctica, con las decisiones y el modo de tratarlos, se expresa que se los considera menos valiosos, menos importantes, menos humanos».
  • El Papa subraya que «el problema es cuando esas dudas y esos miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta, incluso racistas».

Es evidente que la alambrada electrificada de los nazis pervive en nuestro corazón. El miedo es el guardián de nuestras fronteras. Pero es hora de superar el fango de esas reacciones primarias y de vivir la fraternidad.



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