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Rincón Litúrgico

El signo de la entrega

Señor Jesús, con frecuencia volvemos nuestra atención al Cenáculo de Jerusalén. Allí pasaste el pan y el vino a tus discípulos. Los evangelios nos indican que no fue solo un gesto de cortesía o de amistad. De hecho, nos ayudan a evocar un rito cargado de sentido.

Tomar el pan, pronunciar la bendición, partirlo y entregarlo con una invitación expresa: «Tomad, esto es mi cuerpo». Y de forma parecida, tomar el caliz, pronunciar la acción de gracias y pasarlo a los discípulos, evocando experiencias compartidas y aunciando un futuro insospechado. Todo aquello era estremecedoramente nuevo.

No es extraño que Saulo, llamado Pablo, recibiera muy pronto la tradición de los hermanos que recordaban puntualmente cada uno de esos gestos. Al menos tres de las primeras comunidades, reflejadas por tres evangelios, conservaban muy viva aquella experiencia de la despedida del Maestro.

«Esto es mi cuerpo… Esta es mi sangre». Tus palabras parecen a primera vista una expresión poética, teñida del dramatismo de quien ha podido prever la cercanía de su muerte. Sin embargo, aquellos testigos de la última cena meditaron profundamente tus expresiones y descubrieron en ellas el misterio de tu entrega.

De alguna forma, tú manifestabas que deseabas quedarte con ellos, junto a ellos y para ellos. Querías ser para siempre el único alimento que podía saciar su hambre de amor y de vida en horas de debilidad. Querías ser la bebida que había de calmar su sed y encender su espíritu. Y sobre todo, querías explicarles el sentido de tu entrega.

Señor Jesús, cada vez que recordamos y veneramos el regalo de tu cuerpo y de tu sangre, te damos gracias por el gran signo del pan y del vino. Por haberte quedado con nosotros en la Eucaristía. Por entregarte cada día por nosotros. Y por anunciarnos la asombrosa novedad del amor y del servicio compartido.



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