Revista Ecclesia » El Santo de Dios
Rincón Litúrgico

El Santo de Dios

Señor Jesús, siempre me ha sorprendido ver que algunas de las confesiones más importantes sobre ti aparecen en boca de algunas personas de las que no esperaba tales declaraciones.

Ya al principio de tu misión, en la sinagoga de Cafarnaún, un hombre que tenía un espíritu inmundo proclamaba a gritos que tú eres el Santo de Dios. Ya sé que en aquel tiempo muchas enfermedades se atribuían a la presencia de malos espíritus.

Y sé que los evangelios tienen interés en recordarnos que tú ejerciste muchas veces el papel de exorcista para demostrar que con tu venida el poder del maligno había llegado a su fin.

Pero, aun teniendo en cuenta esas premisas, me asombra leer que un pobre hombre, enfermo y marginado, se haya atrevido a gritar en medio de la asamblea una verdad que es el resumen de la fe.

Su grito me hace recordar las palabras con las que el ángel Gabriel anunció a María tu nacimiento: «El Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios». Me admira que la palabra de un excluído de la tierra coincida con el anuncio celestial.

Pero seguramente esta no es una coincidencia puramente accidental. Ahora como entonces, son los más pobres y humillados los que, en tu cercanía tan humana, reconocen tu dignidad divina y la importancia de tu misión.

Tú eres el Santo de Dios. Tú eres la manifestación de la santidad de Dios. Y eres la revelación del único camino por el que los hombres podemos llegar a imaginar, a vivir y a testimoniar la santidad que Dios ha pensado para nosotros.

Haríamos bien en no poner el ideal de la perfección en cosas, ideas, sistemas y proyectos que pretenden alejarnos de ti. No podremos calmar nuestra sed si nos alejamos conscientemente del manantial de las aguas vivas.

No encontraré la salud de alma y de cuerpo que necesito si no me atrevo a confesar, contra las voces políticamente correctas, que solo tú eres el Santo de Dios.



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