Al abrir la puerta

El Rosario

             Alegría, luz, dolor, gloria.

             Una madre que mira a su hijo.

             Una creyente que mira a su Dios.

             Rezar los creyentes para mirar como mira María. A su hijo. A Dios.

             Pararse –meditar, contemplar, profundizar- en cómo la vida de Cristo da sentido a cada realidad de la vida de los hombres, a sus momentos de felicidad, de tristeza, de búsqueda, de misterio, de dolor, de inmensidad.

             Ahondar en la vida de Cristo. Agradecer a María. Buscar al Padre. Dejarse en las manos del Espíritu.

             Mantras que en su repetición colocan la mente, el corazón, el espíritu, predisponiéndolos a mirar, captar, sentir, contemplar más allá.

             Dios te salve María.

             Padre Nuestro que estás en los cielos.

             Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu.

             Todo eso es -para mí- el Rosario que hoy la Iglesia conmemora.

             Pero es también una tradición y una herencia la de la Virgen del Rosario que me vincula a mi familia religiosa –la Orden de Predicadores, los dominicos- como parte de su identidad y su misión.

             Pero también a la identidad Española y Europea con Lepanto y la Santa Liga contra el turco. San Pío V. Don Juan de Austria. Alejandro Farnesio. Don Álvaro de Bazán. Cervantes. La más alta ocasión que vieron los siglos.

             Dios te salve María.

             Padre Nuestro que estás en los cielos.

             Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu.

             Acudir a una madre –Acordaos oh piadosísima Virgen María- buscando ayuda, protección, intercesión. Abrigarse bajo su manto. Es una necesidad para todos los creyentes.

             La oración de los sencillos y los humildes. Lo que se reza cuando no sabes –quizás ni puedes- rezar.

             La Virgen del Rosario

Vicente Niño Orti, OP @vicenior

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