Blog del director Santa María Virgen

El retablo de Santa María la Virgen, la Madre de Dios y nuestra Madre, por Jesús de las Heras Muela

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Ante el mes de mayo, el mes de la Virgen María, en cinco cuadros, nos acercamos al misterio de gracia de María de Nazaret como homenaje filial.  Su “retablo”, el retablo de María, tiene muchas más escenas y muchos más motivos para la admiración, la alabanza y el ejemplo.

Ahora la contemplamos como mujer y como madre de Dios y madre nuestra y desde las cuatro claves que la Iglesia, a través del Concilio Vaticano II, nos ofrece y propone para su culto.

María es… esa mujer

 

         “¿Quién será la mujer que a tantos inspiró

         poemas bellos de amor.

         Le rinden honor la música y la luz,

         el mármol, la palabra y el color.

         ¿Quién será la mujer, que el rey y el labrador

         invocan en su dolor?

         El sabio, el ignorante, el pobre y el señor,

         el santo al igual que el pecador.

         MARÍA ES ESA MUJER,

         QUE DESDE SIEMPRE EL SEÑOR SE PREPARÓ

         PARA NACER COMO UNA FLOR

        EN EL JARDÍN QUE A DIOS ENAMORÓ.

         ¿Quién será la mujer radiante como el sol,

         vestida de resplandor,

         la luna a sus pies, el cielo en derredor,

         y ángeles cantándole su amor?

         ¿Quién será la mujer humilde que vivió

         en un pequeño taller,

         amando sin milagros, viviendo de su fe,

         la esposa siempre alegre de José?”

 

La bellísima canción que acabo de reproducir sobre la Virgen María evoca, de manera telegráfica, el encanto generalizado que ha suscitado a lo largo de toda la historia la figura de María Santísima, la Virgen del pueblo y la Virgen de los artistas y de los poetas. La Madre de Dios se ha visto “traducida” en versos inefables y sencillos; en obras de arte -de  todas las artes- inmortales y humildes.

España es la tierra de María Santísima. Nuestra geografía está poblada de miles de altares en su honor, ante los que se han arrodillado los pobres y los ricos, los consagrados y los laicos, los obispos y los presbíteros, “el rey y el labrador, el sabio, el ignorante, el pobre, el señor, el santo y pecador”.

Y es que María es el orgullo de nuestra raza. Es esa mujer que desde siempre el Señor se preparó para nacer como una flor en el jardín que a Dios enamoró. Amigos, no penséis jamás que habrá nada mejor en vuestra vida que el amor filial a la Virgen.

 

Es la Madre de Dios

¿Qué pensaría, qué sentiría María en los nueve meses de su embarazo de su Jesucristo, su Hijo e Hijo de Dios? Pienso que el primer sentimiento de María y por ende de todas las gestantes es la alabanza, la acción de gracias y la alegría profundas. La Virgen María lo expresó bien a claras en su cántico del Magníficat. Sin dudas, que todas las mujeres embarazadas experimentan sentimientos bien parecidos a aquellos. ¿Por qué no también todos los cristianos que decimos esperar la nueva y definitiva llegada del Señor a nuestras vidas?

¿Nos imaginamos los largos, íntimos y callados diálogos de María Santísima con su Hijo gestante en sus meses de espera maternal y virginal? Hoy día los ginecólogos y pediatras recomiendan a las madres que “hablen”, que “dialoguen”, en susurros, manas y caricias, con el fruto escondido y tan cierto que portan en sus vientres.

¿No es la oración, diálogo; no es la canción orar dos veces? Santa Teresa de Jesús, tan doctora como mujer, escribía que orar es tratar de amistad, aun tratando muchas veces a solas, con quien sabemos nos ama.

Toda madre prepara en el hogar y en el corazón un sitio, el mejor sitio posible para el hijo que ha de venir. María y José también buscaban un sitio. Este sitio, este lugar no es sólo un espacio físico. Es, ante todo, el preparar y dedicar la propia y entera existencia -alma, vida y corazón- al niño que va a nacer. ¿No vemos como les cambia la vida a la madre y al padre que acaban de tener un hijo? ¡Cómo cambiaría la vida de María y de José el nacimiento de su Hijo! ¿No ha de cambiar también nuestra vida al recibir a Jesús, el Hijo de María?

 

Siempre que digo Madre

 

“Siempre que digo madre voy diciendo tu nombre; siempre que digo madre voy nombrando tu amor… María, Madre mía y Madre del Señor”. ¿Conocéis, amigos, esta hermosa canción mariana?

El amor a la Santísima Virgen es una de las constantes y de las notas de identidad de la religiosidad de nuestro pueblo. ¿Por qué? ¿Por qué es tan querida la Virgen entre el pueblo cristiano? Sin duda alguna que una de las razones estriba en su condición de Madre. La maternidad es una de las realidades más hermosas y más grandes de la vida. Es suerte, es privilegio, es gracia excepcionales. El destino y el oficio de la madre son quehaceres difícilmente sustituibles y cuantificables.

Ser madre significa dar noche tras día, día tras noche. La madre es cariño, ternura, cercanía, insomnio, apertura, acogida, donación, entrega, amor sin límites y sin condiciones. La madre nunca debería morir. De ahí, por ejemplo, que Santa Teresa de Jesús, entonces adolescente de poco más de doce años, al morir su madre, cuando empezó a entender lo que había perdido, afligida se fue a la Catedral de Ávila a consolarse con una imagen de la Señora y con muchas lágrimas le suplicó que fuese su madre. Y la súplica dio, según relata ella misma, el resultado esperado.

Qué María la Virgen, sea Madre, “madre mía y madre del Señor”, como reza la canción citada, ilumina la esperanza del corazón del ser humano, que, por ello, la honra y la ensalza por todas las generaciones como la más excelsa criatura.

María la Virgen es la Madre de todas las horas y de todos los días. Y decir madre es decir amor. “Siempre que digo Madre, digo María. Siempre que digo Madre, voy diciendo tu nombre. Siempre que digo Madre voy nombrando tu amor… María, Madre mía y Madre del Señor”.

 

Los caminos del amor y del culto a María

 

El Concilio Vaticano II señaló y subrayó con las palabras siguientes los cuatro grandes rasgos de la verdadera devoción mariana: “Desde los tiempos más antiguos…., sobre todo, desde el Concilio de Éfeso en el año 431, el culto de Pueblo de Dios hacia María ha crecido admirablemente en veneración, en amor, en oración y en imitación”.

         Venerar a María es reconocer y aplaudir su grandeza y los prodigios que Dios obró en ella. Es tributar culto a la “llena de gracia”, a la “bienaventurada de todas las generaciones”. Como exclamara su prima Isabel, en la Visitación, fiesta litúrgica que hoy celebramos, la visita y la presencia de María en nuestras vidas es siempre tiempo de gracia y de alabanza: “¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?… ¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!”

         Amar a María es amar a nuestra Madre, es amar al orgullo de raza, es amar a la Madre de Jesucristo, de quien nos viene la salvación. El culto a María Santísima requiere un amor efectivo y afectivo, tierno, filial, adulto y generoso. Y es que ¿hará falta decirle a un hijo que ame a su madre?

         Invocar a María es acudir en ayuda de quien nos ama y nos socorre perpetuamente. “Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído que ninguno de los que ha acudido a Vos, implorando vuestra asistencia ha sido desamparado de Vos”, exclamaba San Bernardo de Claraval. Y, por su parte, San Francisco de Asís, oraba “Santa María, valedme”. “Ora pro nobis”, “ruega por nosotros”, rezamos constantemente el pueblo fiel.

         Imitar a María es la consecuencia lógica de todo lo anterior y la exigencia de nuestra condición de cristianos. Nos miramos en María. Su vida es un evangelio abierto. “¡Madre, que quien me mire, te vea!”

Fomentar el amor y el culto a la Virgen es, sin duda alguna, necesario, oportuno y gratificante camino pastoral. El Concilio Vaticano II ha expresado y delineado, como hemos visto y de manera bien hermosa, concreta, actual y práctica, las relaciones de la Iglesia y de cada cristiano con la Virgen María, la criatura más cercana a Dios y a los hombres y el orgullo de nuestra raza.

 

Decálogo mariano

 

         1.- Honrar a María como a la Madre de Dios. María es la mujer del pueblo en quien Dios obró las mayores maravillas y en quien Dios puso su morada entre nosotros en Jesucristo.

         2.- Contemplar a María en toda su grandeza. Es Inmaculada y llena de gracia, Virgen y Madre, Asunta a los cielos y glorificada, primacía y prenda nuestras, modelo de todas las virtudes e intercesora de todas las gracias.

         3.- Admirar a María en toda su sencillez. Tan grande y tan pequeña, María es la humilde esclava del Señor, la “anawin”, la pobre de Yavé.

         4.- Mirarnos en María como en un espejo. Es la llena de gracia. En el espejo de su vida y sus virtudes se reflejan nuestras vidas y se proyectará su luz de conversión y gracia.

         5.- Dios a María no le ahorró sufrimientos. Es también la Virgen de los Dolores y de la Soledad. Es la Virgen de la solidaridad y de los todos los que sufren. Es la Virgen de la Esperanza. Ella es consuelo y esperanza de un pueblo peregrino.

         6.- María nos llama a constantemente a hacer que El nos diga. Como en Caná, María quiere ser siempre el indicador de los caminos de Jesús.

         7.- María ruega constantemente por nosotros, pecadores. Ella es el auxilio de los cristianos, el refugio de los pecadores. Ella vuelve a nosotros esos sus ojos misericordiosos. Ella nos llama siempre, con su ejemplo e intercesión, a la conversión.

         8.- Es la Madre de todos los hombres. Tuya y mía también. De los cercanos y de los lejanos, en especial, de los pobres y de los necesitados.

         9.- María nos quiere hijos de la Iglesia. Ella es la Madre de Dios. Y nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre.

         10.- Y María es el camino y la plenitud. Ahora en anticipo y después de este destierro en totalidad, nos muestra a Jesús, “fruto bendito de su vientre”. Ella nos muestra y nos guía hacia la Patria Eterna, hacia la Familia del Cielo. “Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada”.

 

(Texto inspirado en un decálogo similar de monseñor José María Conget Arizaleta, obispo de Jaca desde 1990 hasta su muerte en octubre de 2002)

 

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