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El regalo de Dios y el Dios regalado

El regalo de Dios y el Dios regalado

La lógica del don no sabemos si es lógica, pero sí es divina, porque es la propia de Dios. Así lo celebramos en la Epifanía del Señor. Jesucristo es el regalo y el don por antonomasia que nos sirve para desvelarnos cómo es Dios realmente -“Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”- y, al mismo tiempo, nos revela nuestra propia verdad humana en Él mismo, crucificado y resucitado -“ecce homo” y “no está aquí, ha resucitado”-.

La humanidad, necesitada de esta lógica, deambula toda la historia buscando sin saber bien qué, ni dónde. Pero hay una sabiduría que ilumina y que hace que la estrella se pare en lo más sencillo de esa misma historia, y nos hace descubrir el “todo” allí donde creíamos que no había nada. Allí donde está la señal de lo humano en desnudo y a la intemperie, pero transparente y limpio de corazón en su debilidad y sencillez. La grandeza de Dios se presenta como don en la pobreza del hombre. Ya el regalo ha preñado la historia y es ineludible el camino: “Cristo, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. Por eso, no podemos no sentirnos reyes, si nos hemos encontrado con él.

De eso quería hablar tras la jornada del día de Reyes. Han sido anécdotas de una revelación única, para profundizar precisamente en las claves teológicas del Dios-regalo…

El sol y la luz de cada día, regalos universales

Hoy, el día se presentaba con una niebla intensa, no se veía nada a cincuenta o cien metros. Así, me dirigí a la residencia de mayores donde sirvo como capellán y notaba cómo, kilómetro a kilómetro, luchaba el sol contra esta niebla, apareciendo como vencido cuando, realmente, estaba sosteniendo el día y no era de noche, aunque la niebla lo pretendía.

Después salí camino de Jerez de los Caballeros y, al adentrarme en la dehesa, vi cómo la batalla entre el sol y la niebla fue encarnizada, pero el sol la rompió y se abrió una luz espléndida, con un color de cielo único y un contraste de verdes paradisiacos entre encinas y otras hierbas. Ahí estaba el don de la creación, nacida de un amor gratuito y generoso de Dios, algo que no compramos y de lo que depende la vida de cada día. El sol se convertía en el signo del regalo de una naturaleza pensada y querida para mí, para toda la humanidad. Y me sentía profundamente regalado por Dios… Caminaba musitando a ritmo de génesis: “y dijo Dios: hágase y se hizo…”, e iba nombrando lo que mis ojos iluminados me iban presentando con la lógica del don que trabaja para la humanidad, sin precio o cobro alguno. Lo más necesario e imprescindible para vivir, lo más bello y grandioso, estaba ahí absolutamente regalado cada día para todos: ricos y pobres, buenos y malos, listos y torpes… con el mismo amor de padre y con las mismas entrañas de madre, entrelazadas en una creación que cada día es nueva y, por ello, siempre absolutamente regalada.

Tu presencia y los otros: regalo de Dios

Recuerdo cómo este año miraba la ventana de mi salón, la puesta del sol, el sillón vacío… y pensaba que esta vez los Reyes Magos entrarían por ese lugar y me pondrían los regalos en ese asiento. Era donde mi madre ha pasado los últimos años de su vida; ahí recuerdo cómo, cuando iban llegando las fiestas de navidades y ella no podía ya salir a comprar, me pedía que yo me hiciera de objetos de gusto para mí como reyes suyos, que ella se haría cargo de pagarlos. Yo le decía que era igual, que nosotros lo compartíamos todo, a lo que ella me respondía que era verdad, que el regalo era tenerla a ella. Recuerdo y anhelo cómo me besaba y me decía: “por lo menos, hijo, cuando entras por la puerta tienes a alguien aquí, este calor de tu madre, aunque ahora sea como un montoncito de tierra que no me puedo mover… pero no te ves solo”.

Hoy veía regalos de amigos que me quieren y los ponía sobre el sillón, pero ella ya no estaba. Hoy he comprendido como nunca que los regalos materiales sin los otros pierden su valor: si no tienes a quien enseñarlos, quien mire tu cara de sorpresa cuando los descubres, a quién contárselo, con quien compartirlo… entonces, te sientes solo y pobre. No hay mayor regalo que los otros, cada uno de los otros que te rodean son un regalo para compartir la vida, para encontrarte, sentir, abrazar, reír, jugar… Los otros son el verdadero regalo de Dios junto a la creación. Valorar a los otros y entenderlos como regalos divinos es un modo de entrar en la verdadera lógica del don divino. Ya nos lo decía Él de corazón cuando, al crearnos como seres comunitarios, lo explicaba diciendo que “no es bueno que el hombre esté solo”. Es verdad, nunca es bueno que ninguno de los hombres esté solo.

Tú, para ti: el mejor regalo que Dios te ha dado

Al entrar en la residencia de mayores, donde hoy he llegado antes para desayunar allí en la cafetería con algunos de ellos, un residente me ha dicho que se sentían orgullosos de tenerme a mí como sacerdote, que estaban muy orgullosos de mí, así de pronto. Yo he entrado bromeando, preguntándoles por los Reyes Magos y sus regalos, para chocarme de bruces con sus bonitas sonrisas… Iba con el abrigo de las fiestas -tiene más de diez años, pero está nuevo- y les contaba que me lo echaban todos los años y por eso seguía nuevo. Es cierto que esta mañana me daban ganas de vestirme más rápido e informal, pero me paré y me dije: “Pepe, tú eres un regalo de Dios para ti y los demás, así que vístete como tal”. Así que me envolví con ropas y zapatos de fiesta, y así lo proclamaban ellos. Al salir ya para el coche tras la celebración, dos de las residentes me decían a la vez: “¡hoy vienes guapísimo!”.

Reconocernos como regalo a nosotros mismos es una asignatura pendiente y fundamental para poder regalarnos a los otros. ¿Por qué nos costará tanto entender esa lógica del don de Dios, que Jesús veía tan sencilla? “Mirad los lirios del campo, los pajarillos… pues, ¡cuánto más valéis vosotros, hombres de poca fe, hasta cada pelo de vuestra cabeza lo tiene contado el Padre en su amor!”. Cómo no nos vamos a querer si el Padre nos quiere de esa manera, si nos ha regalado para nosotros mismos…

Dios, tan bueno como el pan

Tras desayunar, al ir a pagar el café y la tostada, el camarero me dice que estoy invitado por Juan, un anciano de la residencia. Éste se sitúa todos los domingos en las últimas sillas, lejos del altar, como despistado; siempre lleva gafas de sol y no se le ven los ojos… pero ya le he visto algunos detalles de lujo. Por ejemplo, hay un matrimonio muy mayor que, a veces, enferma uno de ellos y pasan días y semanas en la habitación sin moverse, con dificultades para comunicarse. Cuando eso ocurre, Juan pasa tiempo y tiempo diariamente –sin fallar ninguno- con ellos en la habitación, pendiente de lo que necesiten. Un día, al acercarme a darle la Comunión, me pidió que les llevara la Comunión a ellos, ya que les ayudaba mucho y no habían podido venir a Misa.

Hoy, le doy las gracias por el detalle del desayuno, que es un regalo de Reyes para mí, y me dice que eso no es nada, que no tiene importancia ese regalo. Cuando después en la Eucaristía me he acercado a darle la Comunión, al recibir la forma consagrada en la mano, me dice: “Esto es el gran regalo de mi vida, esto sí que vale y tiene importancia y me ayuda, don Pepe”. Un amén definitivo. El regalo de la presencia de Dios en nuestra vida que se nos da en Pan de vida para que lo comamos y tengamos la vida eterna en nuestro corazón, aunque los ojos nos fallen y tengamos que llevar siempre las gafas de sol. Hoy le he visto los ojos del corazón y de la fe, cuando ha proclamado que para él allí estaba Dios. Él me ha ayudado hoy a entender el regalo de la Eucaristía como clave de vida, en la lógica del don: “Cogió el pan y se lo dio diciendo… tomad y comed, que esto es mi cuerpo”. Quiero y deseo la fe de Juan –se lo pido de regalo a Dios- en la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

El regalo no se programa, sorprende

No entraba en mis planes pasar el día de Reyes en Jerez de los Caballeros. Ayer me llamó un compañero que estaba apurado porque había fallecido un ser querido y quería estar con su familia en su pueblo. Pero hoy estaba solo en el pueblo y no podía arreglarlo para compatibilizar las Misas y el entierro, que era fuera de allí. Por ello, me pedía que si yo podía ayudarle. Ante este sentimiento, buscamos la forma de poder hacerlo… yo celebraría con los mayores y saldría para llegar y celebrar en ese pueblo, que está a setenta kilómetros de Badajoz.

Como dije antes, el camino viendo vencer el sol a la niebla ya me encendió en la gracia. Después, llegar allí y celebrar con poca gente, pero una Misa entrañable, con un coro divino, con una palabra de Dios que encendía la teología del don y del regalo en los corazones, besando al niño… Tras la Eucaristía, había quedado con un matrimonio que conozco de allí –Toni y José-, que acaban de superar una enfermedad fuerte. Ellos habían quedado con otros amigos -Tirado y Lina- para ir a comer juntos; y, de repente, sentaron a un cura en su mesa. Poco a poco, hemos formado una familia, nos hemos reído, cantado, brindado, comido… y hasta bailado al ritmo de “cuéntame” -todos éramos de esa generación-. Pero ahí he descubierto la sencillez compartida de la amistad: ellos, amigos de hace treinta y tantos años que, cada 6 de enero, lo comparten en fiesta y armonía, como hermanos. Hoy me han sentado en su mesa creyendo que un extraño es un amigo a quien no han descubierto todavía, porque los amigos de mis amigos son mis amigos, como dice la canción, y ya hemos quedado en vernos en otra ocasión para compartir vida y mesa. Porque este encuentro lo hemos considerado un verdadero regalo de Dios.

Para mí, ha sido una jornada de Gloria. Sé que mi madre ha dirigido todo el día para que no me faltara de nada, ni siquiera el pasadoble que bailaba con ella en las navidades con mis hermanos, y que hoy lo he bailado con Toni y Lina en Jerez de los Caballeros. Allí, Dios se ha hecho para mí Misa y Mesa: sacramento de un regalo de Dios que no es otra cosa que el Dios regalado. Y eso es Jesús, a quien hemos besado y adorado desde la vida. Y, ante Él y para Él, no somos otra cosa más que reyes.
José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

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1 comentario

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  • Un buen amigo me habló una vez de este sacerdote, de cómo trataba a su madre, cómo le hablaba, le cantaba, le acariciaba… hoy he chocado con este precioso articulo y de repente he descubierto que es el mismo sacerdote del que me hablaba mi amigo… Despues de leer esta maravillosa radiografía, ahora entiendo la cara de ilusion de mi amigo cuando me contaba y su mirada de emoción según le describía a su amigo con su madre, en su sillón, en la ventana de su casa, de cara al atardecer…. Este escrito es maravilloso, porque Dios siempre se está regalando para nosotros. Hoy lo he vuelto yo a comprobar,,, ¡¡¡gracias, Jose!!!