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El primer san José joven, por Juan Carlos Mateos

Queremos acercarnos —teológica y estéticamente— al cuadro San José con el Niño, de El Greco, pues son varios los aspectos que hacen de esta obra una pintura única: es la primera en la Historia del Arte en España en que aparece un san José joven, fuerte y apuesto, y, desde sus comienzos, está en el retablo mayor del primer templo católico que se dedicó a san José.

El autor, Doménikos Theotocopuli, es uno de los pintores que más veces ha pintado a san José, hasta llegar a una treintena: solo, con el Niño, en los desposorios con la Virgen, en la Adoración de los pastores, la Adoración de los Magos, la huida a Egipto… de ahí que se le haya calificado como «el mejor pintor josefino».

Este modelo que contemplamos es nuevo iconográficamente hablando, pues rompe con la imagen precedente de un san José artesano o carpintero, un san José anciano, melancólico, ajeno a lo que sucede a su alrededor. Este modelo, creado ex novo por El Greco, es un san José «cristóforo», que conduce a Jesús, representado con un gesto protector con el Niño Jesús.

El culto a san José

En el Nuevo Testamento, José aparece como hijo de Jacob, de la familia de David, desempeñando el oficio de artesano y prometido a la virgen María. Los Evangelios de la infancia le definen como un «hombre justo», «fiel a la Ley», que recibe a María en su casa, la conduce a Belén, donde nace Jesús, huye con ellos a Egipto y, finalmente, se establece en Nazaret, desde donde, como todo israelita piadoso, peregrina anualmente a Jerusalén.

El culto a san José nació en la Edad Media, en paralelo a la devoción a la infancia de Jesús, pero no será hasta el siglo XV cuando conozca un verdadero florecimiento, por influjo de san Bernardino de Siena y, sobre todo, de Juan Gerson, canciller de París, quien contribuyó a suscitar el deseo de una fiesta en honor de san José. La fiesta del 19 de marzo se propagó a partir de 1480, tras recibir la aprobación del Papa Sixto IV. Y en 1621, Gregorio XV la declaró obligatoria para todo el rito romano.

España, durante en el XVI, contribuyó notablemente a la divulgación del culto al santo patriarca, destacando entre todos santa Teresa de Jesús. Le adoptó como patrón, llamándole «el padre de (su) alma», y siempre le atribuyó la curación de su grave enfermedad. Dice: «Y tomé por abogado y señor al glorioso san José y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer» (Libro de su vida VI, 6).

La capilla de San José en Toledo

Esta capilla tiene su origen en las últimas voluntades de un rico comerciante toledano, Martín Ramírez de Zayas, que quiso dedicar su patrimonio a una fundación de carmelitas. Fallecido antes de poder realizarla, fue su hermano el que pidió a santa Teresa de Jesús (Fundaciones XV) que llevara a cabo esta nueva fundación en Toledo. No fue hasta el año 1570 cuando se trasladan las monjas a las casas de Martín Ramírez y allí residieron trece años. La capilla fue dedicada a san José, como aún hoy aparece reflejado en el friso del pórtico de entrada: «Bis geniti tutor Joseph conjuxque parentis has sedes habitat primaque templa tenet» (José, tutor del Bisgénito [1], y cónyuge de su madre, habita en esta casa y tiene su primer templo».

El primer san José joven [2]

El Greco en este cuadro pinta un san José joven, guapo, fuerte, decidido, que contrasta con anteriores representaciones del santo en las escenas del Nacimiento, Adoración de los pastores y Adoración de los Magos, donde san José siempre es un personaje secundario, representado como un anciano, encorvado y apoyado en un bastón, del que bien se podría prescindir en la escena. Así quedaba a salvo la virginidad de María. En las tablas góticas había ido a buscar luz y aparecía en la cueva de Belén, tarde, despistado, con una vela o un candil en la mano, y se encontraba con un niño ya nacido, con lo que su nula participación en el nacimiento divino quedaba fuera de toda duda. Como mucho, le podíamos encontrar en su taller de carpintero construyendo una ratonera, imagen de la trampa en la que estaba a punto de caer el Maligno, pues había nacido el Salvador del género humano. En los iconos bizantinos normalmente aparecía apartado, soportando las insidias del demonio que le susurraba al oído dudas acerca de la virginidad de María. Lo normal era representarlo como una figura secundaria, que simplemente había servido de «tapadera» para la acción del Espíritu Santo. ¿Qué pasó entonces para que un anciano José se convierta ahora en un joven robusto? Desde los siglos XIII y XIV los teólogos venían profundizando en la persona de san José, pero fue a raíz del Concilio de Trento, cuando la Iglesia recomienda abandonar las leyendas y las supersticiones medievales como fuentes de inspiración, y se vuelve a la Escritura como fuente veraz de toda iconografía. A san José se le representará como una figura joven, de cuerpo vigoroso y carácter firme en el cuidado de la Sagrada Familia.

En esta obra, representado solo con el Niño, aparece como verdadero protagonista. La túnica de san José es azul y su manto, amarillo dorado, mientras que Jesús adolescente, vestido con un traje rojo, busca la protección de José, al que rodea con sus brazos; el azul del cielo se eleva sobre el intenso verde de la vegetación, un cielo realzado por nubes blancas, plateadas y amarillentas, que, junto con los ocres de los ángeles, el rojo del ángel vestido y los variados tonos de las flores, conforman una sinfonía cromática, creando una atmósfera de gran belleza.

El Greco plasma en esta pintura a un san José con todo su vigor, de unos cuarenta años y de gran belleza. Apoyando la mano derecha en el bastón, mientras protege al Niño con la izquierda, camina adelantando el pie derecho. El bastón cumple una doble función: por un lado, es el bastón del caminante, símbolo del apoyo, seguridad y fortaleza, pero por otro, al tomar la forma de báculo pastoral en su parte superior, se transforma en símbolo de custodia y de protección, enfatizada por el gesto de la mano izquierda, que rodea al Niño protegiéndole. El Greco, con esta iconografía, no solamente pinta la «paternidad» de José, sino también la «dirección espiritual» de Jesús Niño, convirtiéndose el de Creta en intérprete pictórico cualificado de los teólogos que habían explicado ampliamente la condición de José como educador de Jesús. Este cuadro es un «símbolo de la protección y el cuidado» en el que José, ante la petición de cobijo del Niño, no sabe negarle su abrazo protector, mientras que éste, algo asustado, intenta reposar su cabeza sobre la túnica del patriarca, como queriéndole decir «no te vayas» mientras que José, con decisión, le invita a emprender la marcha. El caminar juntos acentúa la intimidad de esta relación, evocando, tal vez, los episodios bíblicos en los que José tiene que conducir a Jesús: huida a Egipto, a Nazaret, la primera Pascua de Jesús en Jerusalén. Este abrazo nos recuerda que, después de perderse en Jerusalén, «bajó con ellos a Nazaret y vivía sujeto a ellos». La figura de José, elegante, de cuello estilizado, de hermoso rostro, bien enmarcada en el espacio y muy esbelta, supera el canon clásico de ocho cabezas establecido por Vitrubio, pues en este cuadro aparece con un canon de nueve cabezas y media, acercándose a los postulados del manierismo, que defendía que, a mayor alargamiento, mayor belleza. Su estilización se equilibra con la enorme complexión de los hombros envueltos por los voluminosos pliegues amarillos del manto, contribuyendo así a potenciar la sensación de acogida, de calidez, de refugio y de abrazo envolvente. La composición se basa en una línea en forma de S, muy contorsionada, algo desproporcionada y semejante a una lengua de fuego: «La mayor gracia y vivacidad que pueda tener una figura es la de que parezca en movimiento; los pintores llaman a esto alma de la figura. Y para representar este movimiento no existe forma más apropiada que la llama de fuego», afirmaba el manierismo.

Con líneas helicoidales, José parece fundirse en un abrazo con el Niño que, vestido a la moda cortesana, de rojo, —el color del amor—, camina hacia al Padre y extiende su brazo para alcanzar su regazo protector, mientras nos mira para captar nuestra atención y mostrarnos el camino que hemos de seguir. El Niño acude al padre y éste le recibe con solicitud paternal y le guía. José representa la verdadera imagen del sacerdote que pastorea con su cayado a su rebaño y cuida de las ovejas que le buscan y que alzan sus manos suplicando protección.

Como buen padre nos calma y nos conduce hacia fuentes tranquilas. La mirada humilde de José se detiene en el Niño, al tiempo que esboza una leve sonrisa; inclina levemente su cabeza de hombre joven, de nariz algo estilizada y puntiaguda barba, apoya su brazo derecho en un cayado de pastor y con su izquierdo rodea la cabeza del pequeño a quien acompasa en su caminar.

La diagonal que desde el pie abierto del Niño se dibuja hacia su mano, contrasta con la figura de José que viene hacia nosotros en su caminar, abriendo paso con el pie derecho adelantado y el brazo sobre el cayado. Son dos líneas que marcan movimientos diferentes: el esconderse del Niño en el padre, que simboliza el entrar para contemplar, dejarse abrazar y ser amado, y el caminar del padre que, implícitamente señala la misión de la Iglesia, que debe caminar y salir de sí misma, apoyada en el báculo de sus pastores.

En la parte superior del cuadro aparece un coro de ángeles, en movimiento, jugueteando con guirnaldas de rosa y laurel, ángeles que se disponen a coronar a san José. Portan tres coronas, aludiendo a las tres coronas josefinas: la de la virginidad, la del martirio y la del doctorado. El lirio que porta el ángel del centro es símbolo de la pureza y la inocencia del alma; el ramo de rosas que porta el ángel de la derecha, simboliza la alegría celestial ante el comportamiento de san José y su martirio incruento, y la corona de laurel que porta el ángel de la izquierda es el símbolo de doctor [3]». El conjunto de los tres ángeles, con sus forzados escorzos, forman por sí mismos, en torno a la cabeza de José, una aureola de santidad.

Esta obra es, «una de las más felices creaciones del pintor». José se convierte en símbolo del héroe cristiano, protector de la familia y de la vida de los hombres de cualquier ciudad, de un modo particular de la de Toledo, pues en el fondo del cuadro, aparece recortada la silueta de Toledo, tal y como El Greco la pintará en sucesivas ocasiones.

Resulta evidente que El Greco estaba al corriente de las nuevas tendencias teológicas creadas entorno a san José y su iconografía, y en este cuadro vemos cómo ha recreado un san José totalmente novedoso. Le da una importancia enorme e implícitamente nos recuerda cuál fue su papel con el Niño: darle compañía, amor, protección, ternura; ser su representante legal, cumpliendo el papel de «padre», de educador, sin olvidar su santidad eximia, por encima de la de otros santos.

NOTAS

[1] La denominación de «bisgénito» es un término procedente del mundo clásico, aplicado a Baco, y reinterpretado cristianamente por Isidoro de Sevilla y santo Tomás de Aquino.
[2] A lo largo de la Edad Media, y a principios del siglo XVI, san José aparecía como un anciano, siguiendo la tradición apócrifa que le asignaba ochenta años. En el s. XVI surge una controversia sobre su edad, y mientras algunos autores seguían representándole como anciano, otros, como Juan Molano, defendían su juventud, describiéndole como de treinta años. Molano, profesor en Lovaina, bien pudo ser el inspirador de la iconografía de El Greco, a través de su obra, muy consultada por los artistas, De historia sacrarum imaginum, (1570) aconsejaba representar al santo protegiendo a Jesús, «iuvenis, fortis et volens». La mayor parte de los escritores y místicos de la época se adhirieron a esta opinión. El padre Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, carmelita, afirmaba no solo su juventud y su fuerza, sino también su belleza varonil, habiéndose de parecer mucho a Jesucristo. Otro autor que, ciertamente, influyo en la iconografía de El Greco fue Alonso de Villegas, capellán mozárabe de la catedral de Toledo, quien en su Flos sanctórum, (1582), afirmaba que de ser anciano, no hubiera podido casarse con María.
[3] ¿Fue doctor? Gracián, en uno —el número 11— de los cincuenta privilegios de san José, afirma: «José es maestro y doctor porque conversó con Cristo treinta años». Cf. Fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, Josefina.

Juan Carlos Mateos
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal para el Clero y Seminarios



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