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El poder transformador de la educación, por Antonio Roura

Para quien se acerque por primera vez a lo ocurrido este 15 de octubre, festividad de santa Teresa, sería muy complicado entender la trascendencia que puede tener la invitación del Papa Francisco a todas las personas de buena voluntad a adherirse a un Pacto Mundial por la Educación, un pacto para generar un cambio a escala planetaria, para que la educación sea creadora de fraternidad, paz y justicia.

En España, la noticia pasó completamente desapercibida en la mayoría de los medios de comunicación. Al día siguiente era muy difícil encontrar una sola referencia en la prensa escrita. Las radios y las televisiones enmudecieron ante la propuesta del Papa. Sin embargo, solo unos días después el secretario general de la Conferencia Episcopal española, Luis Argüello, y el presidente de la Comisión de Enseñanza y Cultura, Alfonso Carrasco, invocaban el Pacto promovido por el Papa como razón eclesial para buscar cauces de encuentro con el Ministerio de Educación. La invitación de Francisco a toda la humanidad, para la Iglesia en España, exigía trabajar, como afirmó el Papa en la convocatoria, juntos para mirar más allá.

La educación es una las constantes en el magisterio y las prioridades pastorales de Francisco. Podemos remitirnos a su misión apostólica en Buenos Aires o recorrer los textos fundamentales de su Pontificado que encontraremos numerosos gestos y expresiones que evidencian esa preocupación. Los núcleos de su pontificado: la ecología integral (Laudato si‘) y la fraternidad (Fratelli tutti) precisan de un camino educativo. La educación es la herramienta necesaria para conseguir la valiente revolución cultural a la que Francisco nos invitó en Veritatis Gaudium: «Necesitamos de una verdadera “revolución cultural”, una transformación de nuestra mirada colectiva, de nuestras actitudes, de nuestros modos de percibirnos y de situarnos ante el mundo».

La importancia de una educación y una sociedad que coloque a la persona en el centro ha resonado con fuerza en los discursos del Papa que quería advertirnos de los riesgos de un paradigma tecnocrático que estaba aplicando, implacable, un nuevo modelo de desarrollo que anula las identidades culturales, las identidades religiosas y las identidades personales, donde todo es igual. La crisis sanitaria de la covid-19 ha venido igualmente a dejar al descubierto los retos educativos y sociales ante los que nos encontramos. Ante esta dramática realidad, dirá Francisco, sabemos que las medidas sanitarias necesarias serán insuficientes si no van acompañadas de un nuevo modelo cultural. «Creemos que la educación es una de las formas más efectivas de humanizar el mundo y la historia. La educación es, ante todo, una cuestión de amor y responsabilidad que se transmite en el tiempo de generación en generación», afirmó en su discurso el 15 de octubre.

Numerosos organismos internacionales (ONU, UNESCO, Consejo de Europa, OCDE) están solicitando a los sistemas educativos de los diversos países a que, a través de la educación, se comprometan con objetivos compartidos que ayuden a modificar nuestra relación con la naturaleza y con los demás pueblos de la Tierra (Objetivos de desarrollo sostenible, Ciudadanía mundial, etc). Es muy buena noticia que la Iglesia quiera participar, de igual a igual, desde la primera línea, en la agenda de la educación. Es imprescindible tomarse en serio la «urgencia educativa», en expresión de Benedicto XVI, y actualizar y renovar la aportación educadora de la cultura y la tradición pedagógica católica para ponerla en diálogo fructífero con el «hoy» y el «mañana» de la educación.

Francisco ha traído la educación, formal y no formal, al territorio de la Doctrina Social de la Iglesia. Para los católicos, en la educación, también está en juego una manera de estar en la realidad y transformarla desde la novedad permanente del Evangelio. La condición creatural, la filiación divina, la responsabilidad con lo creado, la fraternidad universal, el compromiso con el Reino son, para los cristianos, dimensiones esenciales de la identidad y vocación del ser humano y que suponen una lectura única del acompañamiento educativo.

La educación es el lugar compartido en el que las sociedades arraigan la semilla de la esperanza de lo que seremos como sociedad. Tenemos la responsabilidad irremplazable de «involucrar a todos en respuestas significativas, donde la diversidad y los enfoques se puedan armonizar en la búsqueda del bien común». Estamos todos invitados a adherirnos al Pacto. No se trata de una invitación que afecte exclusivamente a los que se dedican a la educación formal. La propuesta del Papa involucra a todos los componentes de la sociedad.

El Papa ha sintetizado en siete puntos los compromisos personales e institucional que debemos asumir en nuestra adhesión al Pacto Educativo Global. A partir de ahora deberán integrarse en el corazón de los proyectos educativos de todas las instituciones, educativas o no, y está en nuestra responsabilidad encontrar los modos de convertirlos en mediaciones escolares y eclesiales que superen las fragmentaciones existentes en la sociedad. Necesitamos comprometernos con valentía para dar vida, en nuestros países de origen, a un proyecto educativo, invirtiendo nuestras mejores energías e iniciando procesos creativos y transformadores en colaboración con la sociedad civil.

Es hora de ponernos en marcha. Francisco ha iniciado un camino y hemos de avanzar juntos, con esperanza, en la construcción de un mundo mejor. Destacamos, a continuación, a qué nos compromete personal y conjuntamente el Pacto Educativo Global.
1. Poner en el centro de todo proceso educativo formal e informal a la persona, su valor, su dignidad, para hacer sobresalir su propia especificidad, su belleza, su singularidad y, al mismo tiempo, su capacidad de relacionarse con los demás y con la realidad que la rodea, rechazando esos estilos de vida que favorecen la difusión de la cultura del descarte.
2. Escuchar la voz de los niños, adolescentes y jóvenes a quienes transmitimos valores y conocimientos, para construir juntos un futuro de justicia y de paz, una vida digna para cada persona.
3. Fomentar la plena participación de las niñas y de las jóvenes en la educación.
4. Tener a la familia como primera e indispensable educadora.
5. Educar y educarnos para acoger, abriéndonos a los más vulnerables y marginados.
6. Comprometernos a estudiar para encontrar otras formas de entender la economía, la política, el crecimiento y el progreso, para que estén verdaderamente al servicio de la persona y de toda la familia humana en la perspectiva de una ecología integral.
7. Salvaguardar y cultivar nuestra Casa Común, protegiéndola de la explotación de sus recursos, adoptando estilos de vida más sobrios y buscando el aprovechamiento integral de las energías renovables y respetuosas del entorno humano y natural, siguiendo los principios de subsidiariedad y solidaridad y de la economía circular.

Antonio Roura
Director de Religión y Escuela (@ComunidadRyE)

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