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Opinión

El poder del Crucificado y el cura de “Las Malvinas”, por José Moreno Losada

 El poder del Crucificado y el cura de “Las Malvinas”, por José Moreno Losada

(Claves para evangelizar hoy, desde el estudio del Evangelio)

 

¿Cuál es o ha de ser el poder de la iglesia en medio del mundo? Es una cuestión siempre acuciante y pendiente en el seno eclesial. Mi amigo Antonio León, cura de un barrio marginal, se lo pregunta de otro modo: ¿cómo ha de ser mi relación con la gente del barrio en mi parroquia a la luz de Cristo? El fundador lo tuvo claro desde el principio, pero ya a sus apóstoles les costó entenderlo y, desde entonces, continuamente tenemos que estar revisándonos para que la institución y la mundanidad no se traguen el carisma original y auténtico.

El apóstol Pablo, tras un largo proceso, confiesa que el verdadero poder y saber de Dios, que se nos ha manifestado, no es otro que Jesucristo y éste crucificado. En el crucificado está el verdadero poder de Dios, éste y no otro ha de ser el poder de la Iglesia. Gran misterio para dilucidar en nuestras vidas y en el momento histórico que nos ha tocado vivir.  Se trata de una sabiduría que es profunda e inabarcable para los que queremos adentrarnos en ella, aunque no deja de darse y manifestarse en la historia de cada día de un modo sencillo y anónimo, como corresponde al tesoro del crucificado que porta. Y de eso quería hablar, porque hace unos días he recibido un testimonio de este compañero que me ronda continuamente en la cabeza y en el corazón, aunque él probablemente ni lo sepa…

 

Allá y acá; id  por todo el mundo

En Antonio y en la toma de sus decisiones se me hacía claro el poder del crucificado. Juntos estamos haciendo un taller de profundización en el Evangelio y la vida de los pobres. Son cuarenta años ya de ministerio a sus espaldas y en su corazón -casi una década más que yo- y siempre lo he tenido como referente. Ha pasado por realidades muy distintas, primero en nuestra diócesis de Mérida-Badajoz, parroquias rurales de Barcarrota, Higuera de Vargas, Monterrubio y, desde ahí, saltó a Perú donde en Leymebamba y Rodríguez de Mendoza –de la diócesis de Chachapoyas, en la que lo he visitado más de una vez- ha permanecido más de veinte años entre caseríos y pueblos, en medio campesinos y montañas. Después, cuando ya vio que comenzaba la etapa de mayor madurez, los sesenta años, creyó conveniente incorporarse de nuevo a la diócesis pacense.

 El arzobispo pensó para él un destino donde pudiera desarrollar con serenidad y riqueza pastoral su ministerio después de tantos años en misión; pero, antes de comunicárselo, por avatares no previstos, lo cambió por otro distinto, de un perfil  más complicado. Lo envió a la parroquia de San Pedro de Alcántara, situada en la barriada de la Suerte de Saavedra –llamada vulgarmente “Las Malvinas” por su conflictividad-, y le nombró capellán para la cárcel. Esta barriada es un lugar de dificultad en muchas dimensiones: humanas, económicas, laborales, étnicas, sociales, culturales y también en lo religioso. El sufrimiento es de una intensidad de alto grado, y la cruz  que llevan sus habitantes es de una espesura y una carga muy fuerte. El complejo parroquial se encuentra aislado y solo en la barriada, la conciencia del barrio es casi nula, lo que hace difícil la conexión con la pastoral, por ser muy plural y desnivelados los grupos que lo conforman: parados, gitanos, guardias civiles, zona de urbanización de chalets, nuevas viviendas normales…

 La complejidad del dolor de la pobreza que la habita en la mayoría de sus habitantes, los conflictos y sufrimientos que vienen aparejados con ella la convierten en un desierto con una aridez humana y espiritual, donde el sentido es la lucha por sobrevivir y poco más en la mayoría de ellos. Aquellos que tienen un nivel más normalizado en las distintas dimensiones de la vida y la sociedad huyen cuando pueden y no se identifican ni con el barrio ni con la parroquia, y suelen acercarse a pedir certificados para ir a otras comunidades parroquiales a celebrar los momentos sacramentales como bautismo, comunión… El complemento de la cárcel venía a sumarse al dolor y a la cruz del barrio. Este compañero, fiel a su vocación, comenzó a vivir en su barrio, con su gente, a caminar por sus calles con el deseo de  adentrarse, conocer, sentir y compartir la vida con ellos, sus alegrías y  tristezas. Venía de una realidad de pobreza muy fuerte en el Tercer Mundo, pero donde el Evangelio era aceptado y querido, donde su persona era valorada y necesitada. Ahora se encontraba en una realidad muy dura, con menos pobreza quizá, pero con un sufrimiento elevado y, sobre todo, donde no se veía que él fuera necesario ni aportara nada. La gente vive como si él no existiera y la parroquia poco sentido tiene para la gente del barrio, amén de algo social y poco más. Ahí comenzaba la lucha y el dolor del apóstol, ese dolor que dice Pablo que completa los sufrimientos de Cristo, pero que es tan misterioso para todos nosotros. Me recuerda un libro del Cardenal Martini,  que me marcó,  sobre el apóstol y los sufrimientos de Cristo.


En diálogo con Cristo al amanecer

 Ahí, cada mañana, a la seis y a golpe de despertador -aunque ya no le hace falta- este cura se pone en pie, se arma con el café pero, sobre todo, con la oración y el Evangelio; durante más de una hora en el silencio y la soledad del amanecer –como hacía Jesús de Nazaret, a quien sigue- se pone delante de Dios Padre con su barrio a la espalda, y se pregunta qué es lo que el todopoderoso quiere de él, qué es lo que quiere que sea y viva para esta barrio, sintiéndose muy pobre, débil y torpe para esta misión. Y no lo ve claro, duda. Para qué estar a la fuerza, si aquí no lo ven necesario, por qué dejar todo lo que ha dejado allí en Perú con la necesidad y el deseo que tienen allí de su persona y su ministerio, que continuamente le llaman y le piden que vuelva para que les anuncie el Evangelio. Todo un lío…

 A los dos años vuelve a su terruño peruano por enero, donde está gran parte de su corazón, para vivir unas vacaciones con la gente pobre y sencilla que quiere y le quieren, y al regresar a su barrio, dejando allí todas las lágrimas que le piden su vuelta, siente el deseo –no sabe si tentación- de irse definitivamente y morir allí con aquella gente. Comparte con el obispo sus dudas, pero le comenta que en los días de Cuaresma lo va a pensar a fondo y tomará una decisión definitiva. Después de pensarlo con las claves del Evangelio, él siente que sus caminos los debe marcar Dios, incluso más allá de sus sentimientos de nostalgia y de sentirse inútil en esta realidad tan dura. Es más, desde la aridez, siente que en el desierto Dios lo está llamando a amar este pueblo, este barrio, esta gente, aunque los vea distintos y distantes. Se deja tocar por este espíritu de entrega pascual de abrazo al crucificado y, queriendo seguir al Señor, se decide por permanecer y ser firme en la apuesta por entregar su vida ministerial en este lugar concreto, al que le ha llevado no su elección, sino el destino amoroso del Padre que escribe derecho con renglones torcidos, y que nos hace misioneros más allá y más lejos de donde nosotros nos creemos; y, además, lo hace en la propia puerta de nuestra casa.

 Ante quien se oculta el rostro, destrozado y estimado en nada

 La decisión ya estaba tomada, pero la confirmación del acierto siempre queda abierta para que Dios lo haga visible a su manera en nuestra historia concreta y diaria. Y ahí se produce el milagro del poder del crucificado, la fuerza de Dios que se manifiesta en la debilidad más desnuda y destrozada. Sí, ese misterio cristológico –subespecie contraria- de los trozos de Dios y el Dios destrozado.

 En estos días de trabajo del Evangelio le oí contar a Antonio una vivencia personal que le había marcado, a través de ella yo sentí cómo la fuerza del crucificado se hace evidente y toca el corazón de los que se fían de Dios y están vigilantes. La vivió en la última Semana Santa en su parroquia. Os la relato:

 El Jueves Santo, Antonio espera dos personas queridas, inmigrantes de Perú, que vienen a pasar unos días en su casa, pero vienen tarde y tiene unas horas que le permiten hacer algo más antes de ir a la estación de autobuses. Se acuerda de Paul, un francés que vive sólo en una urbanización de la parroquia, su pareja murió y, desde entonces, está en la soledad más absoluta. Entiende un español que sólo chapurrea, pero el cura -que sabe de su soledad y su exclusión porque está refugiado en la cerveza, de su descuido en la salud, en el vestir, en el comer- va y se pelea con él de vez en cuando, incluso en francés. En colaboración con el médico, con el asistente social, intenta por todos los medios regularizar su situación, que no es de pobreza económica sino humana e integral. Tiene dinero, pero lo vive con desconfianza total y no lo utiliza para su bien, rechaza a todos, aunque con el cura bromea y le hacer burla de su fe y de sus ayudas, y le recibe con alegría cuando se acerca y le lleva algunas cosillas de comer y beber –le acepta incluso el vinillo, pero prefiere que le lleve cerveza-. La afectividad de Paul se centra en sus perros con los que convive y a los que prefiere. Sólo en una ocasión le dio dinero, siete euros, a este sacerdote con el encargo de que le trajera huesos para sus perros, porque él no podía andar. Antonio consideró que este día santo era buena ocasión para volver a ir y estar con él un rato –recordando, quizá, el lavatorio de los pies-; cogió algunas cosas de comida y bebida y se dirigió a su casa. Al llegar, lo llamó a voces, pero no respondió. Al ver que la puerta delantera estaba cerrada, fue por detrás porque sabía cómo entrar por otra puerta pequeña. La empujó y se fue abriendo poco a poco con dificultad, se adentró en la casa y se encontró con Paul caído y muerto en el suelo, destrozado su rostro y otras partes del cuerpo, rodeado de sus perros que ya le habían comenzado a comer y con la sangre de las mordidas recibidas. La estampa le muerde el corazón, los nervios… y sale loco sin saber qué hacer, ni dónde llamar. Vuelve a la parroquia y, serenándose, llama al encargado de Cáritas y le pide que venga urgentemente y le acompañe, que tienen un caso duro y doloroso. Vuelven al lugar y  llaman a la policía para solventar el caso. Pero el corazón de Antonio ya no puede parar, se mueve a un ritmo divino. La imagen le acompaña todo el Triduo Pascual, no le deja vivir o morir, no sabe; le acompaña en toda las celebraciones y sus signos, en la cruz del Viernes Santo, en el crucificado no puede sino ver a Paul, ahí está Dios revelándose con toda su fuerza y todo su poder. Ahí está Dios para salvarnos, no hay otro camino. Los cantos de Siervo de Yavhé se imponen y se hacen realidad palpable, “mirarán al que traspasaron… rodeado de una jauría de mastines”. Y, sin embargo, ahí está el verdadero poder de Dios, esa es su fuerza y su presencia real, su discurso, su voz, su respuesta. Nunca pensó Antonio que viviría y experimentaría un crucificado de esta manera, una liturgia pascual tan directa, un rostro de Dios tan destrozado”.

 Ahora, en la oración diaria de mi compañero, me imagino que cuando aparece el desierto y la dificultad, la respuesta ante la pregunta de “qué hago en este barrio, en esta parroquia, con estos pobres, con esta cruz…”, no se hace esperar y aparece en el interrogante apasionante y profético de Dios: “¿A quién enviaré, quién irá por mí?”… Pero soy débil, no tengo fuerzas, ni poder, ni sabiduría para esta misión y este lugar… “Te basta mi gracia, mi fuerza se realiza en la debilidad”. Ahora, Antonio está convertido –seducido en el dolor- por la fuerza de la cruz que se ha confirmado en Paul; su respuesta es “hágase en mí según tu voluntad”, “aquí está mi misión para ir donde tú quieras y como tú quieras”, “este barrio es mi barrio y este pueblo es mi pueblo”.

 La verdadera preocupación pastoral

 Antonio ya hace tiempo que tiene una preocupación pastoral única: cómo llegar a la gente  con los sentimientos de Cristo, con el corazón de Dios. Ya no se trata tanto de si le necesitan o le valoran, sino de lo que Dios quiere y valora a esa gente, a su pueblo, a su barrio, a su parroquia. Y sus sentimientos van avanzando por donde él no esperaba; ahora, el día que no va a la cárcel se siente extraño y vacío como si le faltara algo, y es que le tiene cariño a muchos de los que están allí, porque se hacen y se dejan querer. El día de su cumpleaños se vuelve loco de felicidad porque cuando va a celebrar, al salir al altar los cuatro que acuden a Misa le cantan gritando cumpleaños feliz y le llevan un rosco de bizcocho que hace una de las señoras más mayores para, después, comérselo juntos. Es evidente que, para ellos, este cura es un tesoro al que valoran y quieren un montón… y así, anécdota tras anécdota, unas con alegría, otras con dolor, algunas con esperanza y muchas con interpelación, se van abriendo vida y van confirmando que el poder Cristo no es otro que el del crucificado, y que el centro del sacerdote y su vida ministerial no puede ser otro que este Cristo y este crucificado. Tarea  y conversión tenemos por delante; cargada, eso sí, de seducción.

 Yo me quedo extasiado y contemplo lo que él va contando trozo a trozo, en el camino de ida y vuelta a Madrid y el trabajo de Evangelio que allí compartimos, sin darle más importancia, hilvanando su confesión de fe en Cristo crucificado y proclamando delante de todos nosotros que ha resucitado y vive para siempre;  que a él, en su pobre ministerio, le ha dado el poder de su resurrección, porque ahora cree que los muertos resucitan, que el espíritu del Resucitado está en su barrio y actúa cada día. Es más, cree que Paul, desde la comunión de los santos, le acompaña para que no tenga miedo y no se sienta solo en ese desnudo y aislado complejo parroquial, ni en ese barrio que dicen conflictivo…

 Esta reflexión me habitaba ayer en el Consejo del Presbiterio de mi diócesis. La pregunta planteada a los consejeros por parte del arzobispo era sobre cómo llevar a cabo objetivos de pastoral misionera y anuncio del Evangelio a los alejados: cómo llegar hasta ellos y acompañarles. Yo no sabía explicarlo, pero lo voy teniendo claro, nuestro único poder es el poder de Cristo crucificado que se nos revela en el dolor y el sufrimiento de la humanidad, donde nos llama a seguirlo y a compartirlo, como lo hizo Antonio con Paul. Y me siento pequeño, débil, torpe… como los discípulos de Emaús, aunque una vez más en este compañero, Jesús de Nazaret, el Cristo, se me ha hecho acompañante y me ha preparado la mesa para que me coma la verdad del Evangelio. Verdad hecha vida y experiencia radical en lo anónimo y olvidado de un barrio pobre y herido de Badajoz, donde un cura silencioso, sencillo, profundo, evangélico, que está habitado por el poder del crucificado, decide quedarse para salir de sí mismo y dejarse conducir por el espíritu del Resucitado e ir a lo más profundo y doliente del corazón de su barrio para, así, encontrarse con Él y poder anunciar su Reino.

 ¡Gracias hermano!

 José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz



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