Al abrir la puerta

El Poder Corrompe

Tuve un profesor de Biblia –de Antiguo Testamento- que con cierto sarcasmo, cierto cinismo, y un mucho de sabiduría, decía que si cogemos el texto bíblico así «en bruto», sin lectura crítica, comprensiva, completa, teológica e interpretada, la letra concreta permitía justificar casi todas las posiciones que uno quisiera sobre casi cualquier tema que se plantease.

Con ese preámbulo, he de reconocer que siempre he pensado que las relaciones del cristianismo, la Fe, la experiencia religiosa, con el poder político, están atravesadas siempre de un mucho de desconfianza, de un sano pragmatismo de asumir que el poder lo detentan otros pero intentando que a la comunidad de los creyentes no le afecte demasiado, de aceptar como mal menor que ha de existir, que incluso hay que orar por él (especialmente para que se convierta…) pero ya digo que tengo que para mí que en el espíritu de lo religioso hay un sano anarquismo que desconfía del poder y desearía tenerlo cuanto más lejos mejor. Mi Reino no es de este mundo. Ya saben. La Biblia es capaz de justificarlo todo. También mi propia idea seguro que también equivocada. El cristianismo rechaza el poder.

Anarquismo que no tiene que ver con punkis, pintadas, sindicalismo o terrorismo, válgame el cielo, sino en ese sentido más filosófico de entender que lo ideal sería que no hubiera un gobierno real con poder sobre las personas, sino más bien, un mínimo que garantizase que las personas y las comunidades naturales pudieran ellas mismas organizarse y tomar decisiones sobre su propia vida y circunstancias sin que nadie les impusiese nada y menos que nada aquello con lo que no comulgan. Que además no es creer en la angelicalidad inocente del buen salvaje, sino reconocer que en cada ser humano está la potencia de la caída, pero también la energía de la conversión. De hecho, más que anarquismo, sería la sana natural manera de organizarse, como una familia –en la mejor tradición de la DSI-, que cuida de sí y de los demás.

Bien sé que el mundo se ha complejizado de tal modo que somos un entramado múltiple de relaciones y de interacciones, un pluralismo en el que somos un agente más y que convivimos cada uno personalmente y como institución, con muchas otras realidades, personas e instituciones, y que en tal situación no somos solo cristianos, sino también ciudadanos, y que como tales estamos bajo ciertas claves ineludibles.

Pero que lo sepa no quiere decir, de nuevo, que no me inspire el poder y su ejercicio, un cierto rechazo de base, una desconfianza y un temor que no deja de resonar –también en estas circunstancias- bajo el adagio aquel de «el poder corrompe». Me da miedo que se aprovechen circunstancias extraordinarias como las que vivimos para que –bajo la ceguera de la ideología- se tomen medidas contrarias a la libertad y la conciencia de los creyentes.

Cristianismo y poder no se llevan bien.

Fr. Vicente Niño Orti, OP

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