Rincón Litúrgico

El perdón de las ofensas

«Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados» (Si 28, 2). Esta exhortación que encontramos en el libro del Eclesiástico no solo era válida para el pueblo hebreo. Conserva su valor también para nosotros.

En un plano humano, quien perdona las ofensas recibidas demuestra poseer un espíritu creativo, capaz de introducir novedad y armonía en sus relaciones interpersonales. En un plano cristiano, sabemos y creemos que quien perdona de corazón a su hermano hace visible en el mundo la misericordia de Dios, fuente y garantía del amor.

Así pues, con el salmo 102, también nosotros reconocemos y proclamamos que «el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia».

Por su parte, san Pablo nos invita a ver la vida superando el egoísmo: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo» (1 Cor 14, 7). Solemos cantar estas palabras en los funerales. Está bien que pensemos en la orientación de nuestra muerte, pero no olvidemos que también la vida ha de estar orientada hacia el Señor.

SETENTA VECES SIETE

Según el evangelio, a Pedro le parece excesivo tener que perdonar siete veces al hermano (Mt 18, 21). Pero Jesús evoca la antigua canción de la venganza salvaje que su pueblo ponía en labios de Lámek (Gén 4, 23-24). Con la fórmula simbólica del «setenta veces siete», la venganza sin medida queda sustituida por el perdón sin medida.

Jesús ilustraba su enseñanza con una parábola muy elocuente. Un siervo, que ha recibido el perdón de su amo por una deuda exorbitante, no es capaz de perdonar a un compañero de servidumbre una deuda casi insignificante  (Mt 18, 23-34). El texto pone en la boca de ambos siervos el mismo ruego: «Ten magnanimidad para conmigo».

Pero no es igual la reacción de los dos acreedores. Al señor compasivo se le conmovieron las entrañas de misericordia. En cambio, el siervo perdonado por su amo «no quiso» compadecerse. Uno estaba dispuesto a escuchar a quien le suplicaba. El segundo cerró sus oídos y su corazón a los ruegos de su compañero, que compartía servidumbre con él.

La parábola de los deudores es, sobre todo, una revelación del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Es una contemplación de su misericordia. En un segundo momento, puede ser leída y meditada como una exhortación al perdón fraterno. La misericordia y el perdón son signos que han de distinguir a los hijos de Dios.

TRES PALABRAS QUE INTERPELAN

Como para extraer una aplicación de esta parábola, el evangelista pone en boca de Jesús una profecía que nos interpela:  «Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano». Tres palabras merecen nuestra atención:

  • El Padre del cielo. Jesús lo conoce y se siente conocido por Él. Jesús sabe y proclama que el Padre celestial es compasivo y misericordioso. Y espera que los hijos se parezcan al Padre. Los discípulos del Maestro hemos de aprender la lección de la misericordia y practicar la enseñanza del perdón más generoso.
  • El hermano. Hoy se difunde el ideal de la solidaridad, porque hemos olvidado la relación de la fraternidad. No podemos considerarnos hermanos si no admitimos un Padre común. Pues bien, los que suplican nuestro perdón son hermanos nuestros. Y merecen recibir la compasión que el Padre ha derramado sobre todos sus hijos.
  • El perdón de corazón. En la tradición de Israel, el corazón significaba con frecuencia la conciencia de la persona. Así que el perdón del corazón no puede limitarse a una fórmula social ni a respetar las normas de lo políticamente correcto. Estamos llamados a ofrecer el perdón desde la verdad más profunda de nuestro ser.

Señor Jesús, tú no te limitaste a hablar del perdón, sino que, desde el patíbulo de la cruz, pediste al Padre el perdón para todos los que te habían llevado a la muerte. Ayúdanos a aprender tu lección y a seguir fielmente tu ejemplo. Amén.

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