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El Patriarca de Jerusalén en el Santo Sepulcro: «La muerte ya no tiene poder. Él es nuestra vida»

El Patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, dirigió la misa del domingo de Resurrección en la Iglesia del Santo Sepulcro el pasado 4 de abril.

He resucitado y estoy contigo, aleluya. Con el canto de esta antífona, Pizzaballa recordó la esencia de esta celebración: la victoria de la muerte y el pecado de por Cristo resucitado; invitando a todos los feligreses a vivir, tal y como se recoge en su homilía, a ver y creer como los primeros cristianos.

«Y esto es lo que hoy, cada uno de nosotros está llamado a hacer: entrar en los lugares de la muerte, y quedarse allí, al borde de la tumba, para ver y creer que a pesar de que la muerte sigue asustando, en realidad ya no tiene poder», afirmó el Patriarca latino de Jerusalén.

Jesucristo: la transición de la muerte a la vida

Pizzaballa compartió que el hecho de permanecer  en el umbral del sepulcro, como los apóstoles, es mantener abierta una frontera, un pasaje, para vivir continuamente este movimiento de la muerte a la vida. Ver que los signos de la muerte siguen presentes, pero creer en esa gran y absoluta novedad que es la Pascua de Resurrección.

«En este último año en gran parte del mundo, hemos contado sobre todo contagios, enfermos, muertos y probablemente, somos un poco como María Magdalena: tentados a correr hacia atrás, a buscar los cuerpos que hemos perdido, las oportunidades perdidas, las vacaciones postergadas, la vida que parecía escaparnos. Todos soñamos con un regreso a la normalidad que, sin embargo, podría ser tanto como querer encontrar un cadáver, un mundo y una vida enferma, marcada por la muerte», enfatizó.

En cambio, continuó el Patriarca, en el Santo Sepulcro resuena la voz del Resucitado que orienta y reabre nuestros ojos para ver en el vacío,  ser capaces de ver la novedad de la Pascua, mirar los signos de la pasión y ver los indicios y la promesa de una vida nueva y extraordinaria, «no porque seamos soñadores sino porque creemos en Dios, el Señor de lo imposible».

«Creo que este mundo, cansado, herido, agotado por la pandemia y por tantas situaciones de miedo, muerte y dolor; agotado por demasiadas búsquedas vanas y que encuentra cada vez menos lo que busca, necesita cada vez más una Iglesia con ojos abiertos, desde una mirada que sabe ver las huellas de la Vida incluso entre los signos de la muerte», dijo Pizaballa.

Una Iglesia que debe empezar de nuevo: «Nada es imposible para quien tiene fe»

Para Pizzaballa, se requiere que una Iglesia humilde y orgullosa de la victoria de su Señor, debe empezar de nuevo, atreviéndose a proponer a todos la alegría del Evangelio, volviendo a dibujar un mundo y una historia de nuevas relaciones de justicia y fraternidad. En este contexto, el Patriarca afirmo que «nada es imposible para quien tiene fe» y llamó a los cristianos a tener el valor de ser discípulos, capaces de ver el mundo con una mirada redimida por el encuentro con el Resucitado, y creer con la fe sólida de quien ha experimentado el encuentro con la Vida.

«Cristo no es un cadáver: su Palabra no es letra muerta, su reino no es un sueño roto, su mandamiento no está desactualizado; Él es la vida, nuestra vida, la vida de la Iglesia y del mundo», exclamó.

Por último, monseñor Pizzaballa pidió que esa verdad, ese anuncio de Cristo Resucitado que como fieles y como Iglesia estamos llamados a proclamar «no sea solo un saludo», sino el testimonio  convencido y profundo de que «cada muerte, cada dolor, cada esfuerzo, cada lágrima se puede transformar en vida. Y que hay esperanza. Siempre hay esperanza», concluyó.

 



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