Francisco, durante el Regina Coeli de este domingo. En primer plano, las cámaras de televisión.
Coronavirus Santa Sede

El Papa pide a los fieles que respeten las normas en la reapertura de las iglesias

Mañana lunes, 18 de mayo, se reabren las iglesias en algunos países tras varios meses de confinamiento obligatorio por el virus del COVID-19. Ante este hecho, y citando expresamente a Italia, el Papa Francisco ha instando a los fieles, tras el rezo del Regina Coeli de este domingo, a comportarse con prudencia e «ir con cuidado». «Comparto la alegría de las comunidades que finalmente pueden encontrarse como una asamblea litúrgica: es un signo de esperanza y un regalo para toda la sociedad. Pero, por favor, vayamos adelante con las normas y las prescripciones que nos dan, para cuidar la salud de cada uno y de los demás».

El Pontífice ha tenido también un recuerdo para esos niños que han tenido que posponer la celebración de su Primera Comunión debido a la actual situación, a los que ha pedido que vivan este tiempo de espera «como una oportunidad» para prepararse mejor: «rezando, leyendo el Catecismo y creciendo en la bondad y el servicio a los demás».

Ha indicado asimismo que mañana oficiará la Eucaristía desde el altar de la tumba de san Juan Pablo II, en el aniversario del centenario del nacimiento del Papa polaco, quien —ha dicho— «desde el Cielo continuará intercediendo por el Pueblo de Dios y por la paz en el mundo». Y por último, ha recordado que mañana comienza la Semana Laudato si`, que concluirá el próximo domingo, quinto aniversario de la publicación de su carta encíclica sobre el cuidado de la casa común.

Dos mensajes fundamentales

Antes, en el Regina Coeli, el Santo Padre, ha subrayado los dos mensajes fundamentales del Evangelio de este domingo: la observancia de los mandamientos y la promesa del Espíritu Santo.

Estas han sido sus palabras:

«Jesús vincula el amor por él a la observancia de los mandamientos, y en esto insiste en su discurso de despedida: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (v. 15); «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama» (v. 21). Jesús nos pide que le amemos, pero nos explica: este amor no termina en un deseo por Él, o en un sentimiento, no, requiere la voluntad de seguir su camino, es decir, la voluntad del Padre. Y esto se resume en el mandamiento del amor mutuo, dado por el mismo Jesús: «Como os he amado, amaos también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). No dijo: «Ámame como te he amado», sino «ámense como yo los he amado». Nos ama sin pedirnos nada a cambio, y quiere que este amor gratuito suyo se convierta en la forma concreta de vida entre nosotros: esta es su voluntad.

Para ayudar a los discípulos a recorrer este camino, Jesús promete que rogará al Padre que envíe «otro Paráclito» (v. 16), es decir, un Consolador, un Defensor que tomará su lugar y les dará la inteligencia para escuchar y el valor para observar sus palabras. Este es el Espíritu Santo, que es el don del amor de Dios que desciende al corazón del cristiano. Después de que Jesús murió y resucitó, su amor es dado a aquellos que creen en Él y son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El Espíritu mismo los guía, los ilumina, los fortalece, para que cada uno pueda caminar en la vida, incluso a través de la adversidad y la dificultad, en las alegrías y las penas, permaneciendo en el camino de Jesús. Esto es posible precisamente permaneciendo dócil al Espíritu Santo, de modo que, a través de su presencia activa, no sólo consuele sino que transforme los corazones, abriéndolos a la verdad y al amor.

Ante la experiencia del error y del pecado —que todos hacemos— el Espíritu Santo nos ayuda a no sucumbir y nos hace captar y vivir plenamente el sentido de las palabras de Jesús: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (v. 15). Los mandamientos no nos son dados como una especie de espejo en el que ver reflejadas nuestras miserias e inconsistencias. No, la Palabra de Dios se nos da como la Palabra de vida, que transforma, que renueva, que no juzga para condenar, sino que cura y tiene como fin el perdón. Una palabra que es luz en nuestros pasos. ¡Y todo esto es obra del Espíritu Santo! Es el Don de Dios, es Dios mismo, que nos ayuda a ser personas libres, personas que quieren y saben amar, personas que han comprendido que la vida es una misión para proclamar las maravillas que el Señor realiza en aquellos que confían en Él.

Que la Virgen María, modelo de la Iglesia que sabe escuchar la Palabra de Dios y acoger el don del Espíritu Santo, nos ayude a vivir el Evangelio con alegría, sabiendo que estamos sostenidos por el Espíritu, fuego divino que calienta nuestros corazones e ilumina nuestros pasos».

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