El Papa Francisco recibe a los Misioneros Oblatos de María Inmaculada

A los Misioneros Oblatos de María Inmaculada: Sed hombres del Adviento y guiad a los hermanos por los caminos que Dios abre en la Iglesia y en el mundo

Los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, especialistas en “misiones difíciles”, como los definió Pío XI, conmemoran los doscientos años de su fundación por san Eugenio de Mazenod (1782-1871) obispo de Marsella (Francia) y en la época de fundación de la congregación, joven sacerdote que reavivó la fe entre los campesinos pobres de la región de Provenza tras la Revolución Francesa. Pocas décadas después los Oblatos estaban presentes en los cinco continentes, continuando el camino iniciado por su fundador que amaba a Jesús con pasión y a la Iglesia incondicionalmente.

Los Oblatos han celebrado también su capitulo general y acaban de elegir a un nuevo superior. Tanto su bicentario como la celebración del capítulo les han traído en presencia del Papa Francisco que, recibiéndoles esta mañana en audiencia, les ha llamado a renovar el doble amor del Padre Mazenod por Jesús y por la Iglesia en el Año Santo de la Misericordia, recordándoles que su orden nació precisamente de la experiencia de misericordia vivida por su fundador frente a un Cruficijo el Viernes Santo. “La misericordia –dijo el Santo Padre- sea siempre el corazón de vuestra misión y de vuestro compromiso evangelizador en el mundo actual. El día de la canonización del padre Mazenod, san Juan Pablo II lo definió como un “hombre del Adviento”, dócil al Espíritu Santo en la lectura de los signos de los tiempos y en secundar la obra de Dios en la historia de la Iglesia. Que estas características estén presentes en vosotros, hijos suyos. Sed también vosotros “hombres del Adviento” capaces de reconocer los signos de los nuevos tiempos y de guiar a los hermanos por los caminos que Dios abre en la Iglesia y en el mundo”.

“La Iglesia vive, junto al mundo entero, una época de grandes transformaciones, en los más diversos campos. Necesita hombres que lleven en el corazón el mismo amor a Jesucristo que palpitaba en el corazón del joven Eugenio de Mazenod, y el mismo amor incondicional a la Iglesia, que se esfuerza por ser cada vez más una casa abierta. ¡Es importante trabajar por una Iglesia que sea para todos, una Iglesia lista para recibir y acompañar! –exclamó el Pontífce- La labor para lograrlo es vasta y vosotros teneís también una contribución específica que aportar”.

Después recordó que la historia de los Oblatos es la de tantas personas consagradas que han ofrecido su vida por la misión, por los pobres, para llegar a tierras lejanas donde todavía había “ovejas sin pastor”. “Hoy en día –afirmó- todos los países son “tierra de misión”, cada dimensión humana es tierra de misión, a la espera del anuncio del Evangelio “ y el radio de acción “parece expandirse todos los días, abrazando siempre a los nuevos pobres, hombres y mujeres con el rostro de Cristo que piden ayuda, consuelo, esperanza, en las situaciones más desesperadas de la vida”.

La audacia misionera, la disponibilidad a llevar a todos la Buena Noticia que libera y consuela, debe acompañarse con la alegría del Evangelio para hacer de los misioneros oblatos “testigos alegres”, y como señaló el Papa citando las palabras del Padre Mazenod, “la caridad entre vosotros sea vuestra primera regla de vida, la premisa de toda acción apostólica y el celo por la salvación de las almas sea una consecuencia natural de esta caridad fraterna”.

Los trabajos capitulares de estos días han abierto la mirada y el corazón de la congregación a la dimensión del mundo; de ahí que esa experiencia de oración, discusión y discernimiento comunitario renueve su impulso misionero, “punto de partida hacia nuevos horizontes, para encontrar a nuevos pobres y llevarlos con vosotros al encuentro de Cristo Redentor. Es necesario buscar las respuestas adecuadas, evangélicas y valientes, a los interrogantes de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Para ello es necesario mirar el pasado con gratitud, vivir con pasión el presente y abrazar el futuro con esperanza, sin desalentarse por las dificultades que se encuentran en la misión, sino fuertes en la fidelidad a la vocación religiosa y misionera”.

“Ahora que vuestra familia religiosa entra en el tercer siglo de vida –concluyó – el Señor os conceda escribir nuevas páginas evangélicamente fecundas como las de vuestros hermanos que, en los últimos doscientos años, han dado testimonio, a veces con su propia sangre, del gran amor por Cristo y la Iglesia. Sois Oblatos de María Inmaculada. Este nombre, que san Eugenio definía un “pasaporte para el cielo” sea para vosotros un compromiso constante con la misión. Y que la Virgen sostenga vuestros pasos sobre todo en el momento de la prueba”.

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