Papa Francisco

El Papa Francisco pide a los obispos conversión misionera y cercanía hasta saber lavar los pies a los demás

papa besa pie

El Papa Francisco pide a los obispos conversión misionera y cercanía hasta saber lavar los pies a los demás

Obispos que se arrodillen ante los demás para lavarles los pies

Discurso del Papa Francisco a los obispos participantes en el Seminario organizado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos (20-9-2014)

Queridos hermanos:

Os doy mi cordial bienvenida junto con los responsables del dicasterio misionero, encabezados por el cardenal Fernando Filoni, a quien le agradezco las palabras con las que ha introducido nuestro encuentro. Hago votos por que este Seminario de actualización sea fructífero para cada uno de vosotros tanto espiritual como pastoralmente.

Vosotros habéis respondido con fe y generosidad a la llamada del Señor, que os ha escogido para ser pastores de su rebaño. No os habéis dejado asustar por las dificultades y los desafíos del mundo actual (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, nn. 52-75: ECCLESIA 3.704-05 [2013/II], págs. 1825-1829), que hoy en día hacen aún más ardua la misión de los obispos, sino que habéis puesto vuestra confianza en el Señor, imitando a los primeros discípulos y a San Pedro, que exclamó: «Por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5, 5). Vosotros también estáis llamados, como todos los pastores de la Iglesia, a poner en la base de vuestra misión la palabra de Jesús, para ofrecer esperanza al mundo. Durante estas dos semanas habéis examinado las diferentes dimensiones de la vida y del ministerio episcopal, que responden a la misión fundamental de la Iglesia: anunciar el Evangelio. Como he subrayado en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, hoy se siente la necesidad imperiosa de una conversión misionera (cf. nn. 19-49: ecclesia, cit., págs. 1820-1824); una conversión que atañe a cada bautizado y a cada parroquia, pero que, naturalmente, los obispos están llamados a ser los primeros en vivir y en testimoniar, como guías que son de las Iglesias particulares.

Os animo, pues, a ordenar vuestra vida y vuestro ministerio episcopal conforme a esta transformación misionera que interpela hoy al Pueblo de Dios. En el centro de esta conversión misionera de la Iglesia está el servicio a la humanidad, a imitación de su Señor, que lavó los pies a sus discípulos.

La Iglesia, en su calidad de comunidad evangelizadora, está llamada a crecer en la proximidad, a achicar distancias, a abajarse hasta la humillación, si es necesario, y a asumir la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo (cf. Evangelii gaudium, n. 24: ecclesia, cit., pág. 1820). Desde esta perspectiva, el Concilio Vaticano II, al tratar del deber del obispo como guía de la familia de Dios, subraya que los obispos, en el ejercicio de su ministerio de padres y pastores de sus fieles, han de comportarse como «quien sirve», inspirándose siempre en el ejemplo del Buen Pastor, que no vino para ser servido sino para servir y dar su vida por todos (cf. Exhort. ap. post. Pastores gregis, n. 42: ECCLESIA 3.176 [2003/II], pág. 1613). Un ejemplo luminoso de dicho servicio lo constituyen los santos mártires coreanos Andrés Kim Taegon, sacerdote, Pablo Chong Hasang y compañeros, cuya memoria litúrgica celebramos precisamente hoy. Anclados en Cristo, Buen Pastor, no dudaron en derramar su sangre por el Evangelio, del que eran dispensadores fieles y testigos heroicos.

La Iglesia necesita pastores, es decir servidores: obispos que sepan arrodillarse ante los demás para lavarles los pies. Pastores cercanos a la gente; padres y hermanos apacibles, pacientes y misericordiosos; que amen la pobreza, concebida como libertad para el Señor y como sencillez y austeridad de vida. Estáis llamados a vigilar incesantemente el rebaño que tenéis encomendado, para mantenerlo unido y fiel al Evangelio y a la Iglesia.

Esforzaos por imprimir un auténtico impulso misionero a vuestras comunidades diocesanas, para que crezcan cada vez más con nuevos miembros gracias a vuestro testimonio de vida y a vuestro ministerio episcopal, ejercido como servicio al Pueblo de Dios. Estad cercanos a vuestros sacerdotes, cuidad la vida religiosa, amad a los pobres. Mientras me dirijo a vosotros, no puedo dejar de pensar en aquellos hermanos en el episcopado que, por diferentes motivos, no están aquí con nosotros. A todos ellos les dirijo un saludo fraterno y de bendición. ¡Cuánto quisiera, por ejemplo, que los obispos chinos ordenados durante los últimos años estuvieran presentes en este encuentro de hoy! ¡Aunque, en el fondo del corazón, espero que ese día no esté lejos! Deseo asegurarles no solo la solidaridad mía y nuestra, sino también la del episcopado mundial, para que, en la fe compartida, sientan que, si a veces pueden tener la impresión de estar solos, es más fuerte la certeza de que sus sufrimientos producirán fruto –¡y un gran fruto!– por el bien de sus fieles, de sus conciudadanos y de toda la Iglesia. Queridos hermanos: Estamos viviendo una etapa de camino sinodal sobre la familia. Mientras confío en vuestras oraciones para la próxima Asamblea del Sínodo, me complace subrayar con vosotros que las familias están en la base de la obra evangelizadora, con su misión educativa y con su participación activa en la vida de las comunidades parroquiales.

Os animo a promover la pastoral familiar, para que las familias, acompañadas y formadas, puedan aportar cada vez mejor su contribución a la vida de la Iglesia y de la sociedad. Que la Virgen María, Estrella de la Evangelización, os acompañe con su maternal ternura. Invoco sobre todos vosotros y sobre vuestras diócesis la bendición del Señor.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

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