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El Papa Francisco en el Ángelus: «Ninguna pandemia ni crisis puede apagar la luz de Dios»

En una lluviosa mañana en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco ha rezado desde su ventana del Palacio Apostólico la oración mariana del Ángelus dominical. En este segundo domingo de Adviento, el Pontífice ha pedido que, en estos días, en los que en tantos hogares se preparan el árbol de Navidad y el pesebre «para la alegría de chicos y grandes», vayamos más allá de estos «signos de esperanza», es decir, a su significado: a Jesús, el amor de Dios que Él nos reveló y a la bondad infinita que hizo resplandecer en el mundo. «No hay ninguna pandemia, ninguna crisis que pueda apagar esta luz. Dejémosla entrar en nuestros corazones, y tendamos la mano a los más necesitados. Así Dios nacerá de nuevo en nosotros y entre nosotros», ha expresado el Papa.

En este segundo domingo de Adviento, Francisco ha reflexionado sobre la figura y la obra de Juan el Bautista quien «señaló a sus contemporáneos un itinerario de fe similar al que el Adviento nos propone a nosotros». Tal como enseñaba el Bautista, que en el desierto de Judea proclamaba «un bautismo de conversión para perdón de los pecados», convertirse, ha explicado Francisco «significa pasar del mal al bien, del pecado al amor de Dios», tanto en la vida moral como espiritual. En aquel entonces, «recibir el bautismo era un signo externo y visible de la conversión» de quienes escuchaban la predicación del Bautista y «decidían hacer penitencia».

El objetivo de la comunión y amistad con Dios

El Papa ha hablado también del «otro aspecto» de la conversión, que es «el final del camino» constituido por «la búsqueda de Dios y de su reino
Este objetivo «no es fácil», ha añadido el Santo Padre, «porque son muchas las ataduras que nos mantienen cerca del pecado: inconstancia, desánimo, malicia, mal ambiente y malos ejemplos». A veces – continuó – el impulso que sentimos hacia el Señor es demasiado débil y parece casi como si Dios callara; nos parecen lejanas e irreales sus promesas de consolación, como la imagen del pastor diligente y solícito, que resuena hoy en la lectura de Isaías. Es entonces cuando se siente la «tentación”»de decir que es «imposible convertirse de verdad». Ese desánimo, ha dicho el Papa, «es arena movediza de una existencia mediocre».

Una «gracia» que hay que pedir con fuerza

Tenemos que recordar, ha dicho el Papa, «que la conversión es una gracia y nadie puede convertirse con sus propias fuerzas. Hay que pedirle a Dios con fuerza que nos convierta». Nos convertimos verdaderamente «en la medida en que nos abrimos a la belleza, la bondad, la ternura de Dios». Al concluir su reflexión, francisco se ha encomendado a María, a quien pasado mañana celebraremos como la Inmaculada Concepción, «para que os ayude a desprendernos cada vez más del pecado y de la mundanidad, para abrirnos a Dios, a su palabra, a su amor que regenera y salva».



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