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El Papa Francisco destaca «el estupor ante el misterio del nacimiento de Cristo» en la acción de gracias por el año que termina

«Sin el estupor, no podríamos captar el centro del misterio del nacimiento de Cristo». Así lo ha explicado en su homilía el Papa Francisco, este 31 de diciembre, en la celebración de las primeras vísperas de la solemnidad de María Santísima Madre de Dios, en la Basílica de San Pedro.

Una celebración que concluyó con el tradicional himno de acción de gracias, Te deum. El estupor del que ha hablado el Papa se refiere al que sentimos «ante el misterio de la Encarnación que lleva a la confianza y a la gratitud por Dios que se hizo hombre para habitar con nosotros y que se convirtió en el primogénito entre muchos hermanos, para conducirnos, perdidos y dispersos, de vuelta a la casa del Padre».

No se puede celebrar la Navidad sin estupor, ha dicho. «Pero un estupor que no se limite a una emoción superficial, ligada a la exterioridad de la fiesta, o peor aún a un arrebato consumista. Si la Navidad se reduce a esto, nada cambiará: mañana será igual que ayer, el próximo año será igual que el anterior, y así sucesivamente».

La Palabra se hizo carne

El Santo Padre ha recordado que el estupor de María ante el misterio del nacimiento de Cristo «la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros», no tiene rastros de «romanticismo, cursilería o espiritualismo», porque la Madre, «la primera y más grande testigo, la más grande porque es la más humilde, nos devuelve a la realidad, a la verdad de la Navidad».

El estupor cristiano no proviene «de efectos especiales, de mundos fantásticos, sino del misterio de la realidad: ¡no hay nada más maravilloso y sorprendente que la realidad! Una flor, un pedazo de tierra, una historia de vida, un encuentro… El rostro arrugado de un anciano y el rostro recién florecido de un niño. Una madre sosteniendo y amamantando a su hijo. El misterio brilla ahí».

El estupor de la Iglesia está lleno de gratitud

Francisco ha subrayado  que «el estupor de María, el estupor de la Iglesia está lleno de gratitud», porque al contemplar a su Hijo, la Madre siente «la cercanía de Dios», que no ha abandonado a su pueblo, que es «Dios-con-nosotros». Los problemas no han desaparecido, las dificultades y las preocupaciones no faltan, «pero no estamos solos: el Padre “envió a su Hijo” para redimirnos de la esclavitud del pecado y devolvernos la dignidad de hijos. Él, el Unigénito, se convirtió en el primogénito entre muchos hermanos, para conducirnos a todos, perdidos y dispersos, de vuelta a la casa del Padre».

Gracias a Dios prevalece la responsabilidad solidaria

La pandemia y sus consecuencias no podía dejar de estar presente en la homilía del Papa que, si bien reconoció que el impulso inicial en el mundo entero fue el de la solidaridad, también advirtió sobre el desconcierto generalizado que llevó por momentos a caer en la tentación del «sálvese quien pueda».

No obstante, el Santo Padre pidió dar «gracias a Dios» porque el mundo nuevamente ha reaccionado con un gran sentido de responsabilidad. «En realidad, podemos y debemos decir “gracias a Dios”, porque la elección de la responsabilidad solidaria no viene del mundo: viene de Dios; es más, viene de Jesucristo, que ha impreso de una vez por todas en nuestra historia el “rumbo” de su vocación original: ser todos hermanos y hermanas, hijos del único Padre».

Confianza y esperanza

Al concluir su homilía, Francisco ha recordado que María nos muestra al Niño, nos llama a seguirlo con confianza porque «Él es el Camino», porque «da plenitud al tiempo, da sentido a las acciones y a los días». «Tengamos confianza, en los momentos felices y en los dolorosos: la esperanza que Él nos da es la que no defrauda».



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