Papa Francisco

El Papa Francisco a los nuevos obispos: cercanía a los presbíteros, a los pobres e indefensos

El Papa Francisco a los nuevos obispos: cercanía a los presbíteros, a los pobres e indefensos

Como es tradición, en la Celebración Eucarística el Santo Padre pronunció la homilía Ritual del Misal Romano italiano, integrándola con algunos agregados personales.

Griselda Mutual – Ciudad del Vaticano, 19 de marzo de 2018

En la tarde del lunes 19 de marzo, en la Basílica Vaticana, Solemnidad de San José, el Papa Francisco confirió la Ordenación episcopal a tres presbíteros, elevándolos a la dignidad de Arzobispos.

Se trata de Mons. Waldemar Stanislaw Sommertag, del Clero de la Diócesis de Pelplin, (Polonia), elegido Arzobispo titular de Maarstricht y nombrado Nuncio Apostólico en Nicaragua, Mons. Alfred Xuereb del clero de la Diócesis de Gozo (Malta) elegido Arzobispo titular de Amantea y nombrado Nuncio Apostólico en Corea y Mongolia. Y Mons. José Avelino Bettencourt del clero de la Arquidiócesis de Ottawa (Canadá) elegido Arzobispo titular de Cittanova y Nuncio Apostólico en Georgia y Armenia.

Como es tradición, en la Celebración Eucarística el Santo Padre pronunció la homilía Ritual del Misal Romano italiano, integrándola con algunos agregados personales.

A continuación el texto ritual completado con los agregados del Santo Padre Francisco

Hermanos e hijos queridísimos:

Nos hará bien reflexionar atentamente a qué alta responsabilidad eclesial son promovidos estos hermanos nuestros. Nuestro Señor Jesucristo enviado por el Padre para redimir a los hombres mandó a su vez al mundo a los doce Apóstoles, para que llenos del poder del Espíritu Santo anunciaran el Evangelio a todos los pueblos y, reuniéndoles bajo un único pastor, les santificaran y les guiaran a la salvación.

Con el fin de perpetuar de generación en generación este ministerio apostólico, los Doce agregaron colaboradores transmitiéndoles, con la imposición de las manos, el don el Espíritu recibido de Cristo, que confería la plenitud del sacramento del Orden. Así, a través de la ininterrumpida sucesión de los obispos en la tradición viva de la Iglesia, se conservó este ministerio primario y la obra del Salvador continúa y se desarrolla hasta nuestros tiempos. En el obispo, circundado por sus presbíteros, está presente en medio de vosotros el mismo Señor Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.

Es Cristo, en efecto, que en el ministerio del obispo sigue predicando el Evangelio de salvación y santificando a los creyentes mediante los sacramentos de la fe. Es Cristo que en la paternidad del obispo acrecienta con nuevos miembros su cuerpo, que es la Iglesia. Es Cristo que en la sabiduría y prudencia del obispo guía al pueblo de Dios en la peregrinación terrena hasta la felicidad eterna.

Acojan, por tanto, con alegría y gratitud a estos hermanos nuestros, que nosotros obispos con la imposición de las manos asociamos hoy al colegio episcopal. Denles el honor que se merecen los ministros de Cristo y los dispensadores de los misterios de Dios, a quienes se les confía el testimonio del Evangelio y el ministerio del Espíritu para la santificación. Recuerden las palabras de Jesús a los Apóstoles: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado».

En cuanto a ustedes, hermanos queridos, elegidos por el Señor, piensen que han sido elegidos entre los hombres y para los hombres, han sido constituidos en las cosas que se refieren a Dios. No para otras cosas. No para los negocios, no para la mundanidad, no para la política. «Episcopado», en efecto, es el nombre de un servicio, no de un honor. Porque al obispo le compete más servir que dominar, según el mandamiento del Maestro: «el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve». Huyan de la tentación de convertirse en príncipes.

Anuncien la Palabra en toda ocasión: a tiempo y a destiempo. Adviertan, reprochen, exhorten, con toda magnanimidad y doctrina. Y mediante la oración y el ofrecimiento del sacrificio por su pueblo, tomen de la plenitud de la santidad de Cristo la multiforme riqueza de Dios. La oración del obispo: la primera tarea del obispo. Cuando fueron donde los apóstoles las viudas de los helenistas a lamentarse porque no se preocupaban tanto de ellas, se reunieron y , con la fuerza del Espíritu Santo, inventaron el diaconado. Y Pedro, cuanto explica esto, ¿qué dice? “Ustedes hacen esto, esto y esto; a nosotros, la oración y el anuncio de la Palabra”. La primera tarea del obispo es la oración. Un obispo que no reza no cumple con su deber, no llena su vocación.

En la Iglesia que se les confía, sean fieles custodios y dispensadores de los misterios de Cristo. Puestos por el Padre en la guía de su familia, sigan siempre el ejemplo del Buen Pastor, que conoce a sus ovejas, ellas le conocen y por ellas no dudó en dar la vida.

Amen con amor de padre y de hermano a todos aquellos que Dios les confía. Ante todo, a los presbíteros y a los diáconos, sus colaboradores en el ministerio. Cercanía a los presbíteros, por favor: que puedan encontrar el obispo el mismo día o máximo al día siguiente en que los buscan. Cercanía a los sacerdotes. Pero también cercanía a los pobres, a los indefensos y a cuantos tienen necesidad de acogida y de ayuda. Exhorten a los fieles a cooperar en el compromiso apostólico y escúchenles de buen grado.

Presten viva atención a cuantos no pertenecen al único rebaño de Cristo, porque ellos también les han sido confiados en el Señor. Recuerden que en la Iglesia católica, reunida en el vínculo de la caridad, están unidos al Colegio de los obispos y deben llevar en ustedes la solicitud por todas las Iglesias, socorriendo generosamente a las más necesitadas de ayuda.

Y velen: velen con amor por todo el rebaño donde el Espíritu Santo los pone para guiar a la Iglesia de Dios. Y esto háganlo en el nombre del Padre, de quien hacen presente la imagen; en el nombre de Jesucristo, su Hijo, por quien han sido constituidos maestros, sacerdotes y pastores. Y en el nombre del Espíritu Santo que da vida a la Iglesia y con su poder sostiene nuestra debilidad.

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