Internacional

El Papa Francisco a los miembros del Banco de Alimentos de Italia

Ser, para los pobres, hermanos y amigos

Discurso del Papa Francisco a los participantes en el Encuentro organizado por la Fundación Banco Alimentario (3-10-2015)

Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días! Me alegra reunirme con todos vosotros, asociaciones y personas que colaboráis en la significativa «red de caridad» llamada Fundación Banco Alimentario. Saludo también a quienes siguen el presente encuentro desde la plaza de San Pedro. Lleváis 25 años comprometidos a diario, en calidad de voluntarios, en el frente de la pobreza. En concreto, os preocupáis de contrarrestar el derroche de alimento, recuperarlo y distribuirlo a las familias en dificultad y a las personas indigentes. Os doy las gracias por lo que hacéis y os animo a seguir por ese camino. El hambre ha alcanzado hoy en día dimensiones de un auténtico «escándalo» que amenaza la vida y la dignidad de tantas personas —hombres, mujeres, niños, ancianos—. Cada día hemos de enfrentarnos a esta injusticia —me permito decir más: a este pecado—: en un mundo rico en recursos alimentarios, gracias también a los enormes avances tecnológicos, demasiadas personas carecen de lo necesario para sobrevivir, y ello no solo en los países pobres sino también, y cada vez más, en las sociedades ricas y desarrolladas. Dicha situación se ve agravada por el aumento de los flujos migratorios, que traen a Europa a miles de refugiados, huidos de sus países y necesitados de todo. Ante un problema tan descomunal, resuenan las palabras de Jesús: «Tuve hambre y me disteis de comer» (Mt 25, 35). Vemos en el Evangelio que el Señor, cuando advierte que las multitudes que han acudido a escucharlo tienen hambre, no ignora el problema, y ni siquiera pronuncia un bonito discurso sobre la lucha contra la pobreza, sino que realiza un gesto que deja a todos asombrados: toma ese poco alimento que los discípulos han traído consigo, lo bendice y multiplica los panes y los peces, hasta el punto de que, al final, «recogieron doce cestos llenos de sobras» (Mt 14, 20-21). Nosotros no podemos realizar un milagro como el que hizo Jesús; pero podemos hacer algo, ante la emergencia del hambre: algo humilde, pero que tiene también la fuerza de un milagro. Ante todo, podemos educarnos en humanidad, para reconocer la humanidad presente en toda persona necesitada de todo.

Tal vez pensara precisamente en eso Danilo Fossati, empresario del sector alimentario y fundador del Banco Alimentario, cuando le confió a Don Giussani su pesar ante la destrucción de productos aún comestibles, sabedor de cuántas personas pasaban hambre en Italia. Don Giussani quedó impresionado, y dijo: «Pocas veces había tenido ocasión de conocer a un poderoso que optase por dar sin pedir nada a cambio, y nunca había conocido a un hombre que diera sin querer aparecer… El Banco fue obra suya. Nunca públicamente, y siempre de puntillas, lo siguió desde su nacimiento». Vuestra iniciativa, que celebra su XXV aniversario, tiene su raíz en el corazón de estos dos hombres, que no permanecieron indiferentes ante el grito de los pobres y comprendieron que algo tenía que cambiar en la mentalidad de las personas; que había que derribar los muros del individualismo y del egoísmo. Proseguid con confianza en esta labor, llevando a la práctica la cultura del encuentro y de la compartición. Ciertamente, vuestra contribución puede parecer una gota en el mar de la necesidad, ¡pero, en realidad, es sumamente valiosa! Junto con vosotros, otros se afanan, y ello engruesa la corriente que alimenta la esperanza de millones de personas. Es Jesús mismo quien nos invita a hacer sitio en nuestro corazón a la urgencia de «dar de comer a los hambrientos», y la Iglesia ha hecho de ella una de las obras de misericordia corporal. Compartir lo que tenemos con quienes carecen de medios para satisfacer una necesidad tan primaria nos educa en esa caridad que es un don desbordante de pasión por la vida de los pobres que el Señor pone en nuestro camino. Al compartir la necesidad del pan cotidiano, os encontráis cada día con cientos de personas. No olvidéis que son personas, no números, cada una de ellas con su carga de dolor que a veces se antoja imposible de llevar. Si tenéis presente esto, sabréis mirarlas a la cara, mirarlas a los ojos, estrechar su mano, vislumbrar en ellas la carne de Cristo y ayudarlas también a recobrar su dignidad y a volver a levantarse. Os animo a ser, para los pobres, hermanos y amigos; a hacerles sentir que son importantes a ojos de Dios. Que no os desanimen las dificultades que seguramente encontréis, sino que os impulsen a apoyaros cada vez más unos a otros, compitiendo en una caridad activa. Que os proteja la Virgen, Madre de la Caridad. Os acompaño con mi bendición. Y os pido a vosotros también, por favor, que recéis por mí. ¡Gracias! Recemos todos juntos a la Virgen. Y os sugiero una cosa: durante la oración a la Virgen, y mientras recibís la bendición, pensad en una persona, en dos o tres, que conozcáis, que pasan hambre y que necesitan el pan de cada día. No pensemos en nosotros, y recemos a la Virgen por ellos. Que el Señor los bendiga. Dios te salve, María… n (Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ecclesia)

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