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El Papa, en la misa con los nuevos cardenales: La mediocridad se combate con oración, y la indiferencia, con caridad

En la mañana de hoy, 29 de noviembre, I Domingo de Adviento, el Papa Francisco ha celebrado la Eucaristía con los trece nuevos cardenales que creó ayer —dos de ellos, Sim (Malasia) y Advincula (Filipinas), de manera telemática— en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro. En su homilía, y al hilo de las lecturas que la liturgia presenta en este comienzo del Año Litúrgico, el Santo Padre ha advertido a los nuevos purpurados sobre dos peligros que acechan en este tiempo de espera esperanzada que es el Adviento: la mediocridad y la indiferencia.

El Papa ha comenzado su homilía recordado que Jesús estuvo entre nosotros y que volverá al final de los tiempos. Pero que también llama cada día a las puertas de nuestros corazones para que lo acojamos. «Invitémoslo. Hagamos nuestra la típica invocación de Adviento: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22:20)», ha dicho.

Francisco ha invitado a «permanecer vigilantes» («Tengo miedo de que Jesús pase y no me dé cuenta», dijo San Agustín, al que ha evocado) y a no «perder lo esencial», «distraídos por tantas vanidades» como estamos hoy. «Estar alerta —ha dicho en este sentido— es esperar esto, es no dejarse llevar por el desánimo, y esto se llama vivir en la esperanza. Así como antes de nacer nos esperaban los que nos amaban, ahora nos espera el Amor mismo. Y si se nos espera en el Cielo, ¿por qué vivir con pretensiones terrenales? ¿Por qué trabajar por un poco de dinero, fama, éxito, todas las cosas que pasan? ¿Por qué perder el tiempo quejándose de la noche mientras nos espera la luz del día? ¿Por qué buscar “padrinos” para conseguir un ascenso y subir, promocionarnos en nuestras carreras? Todo pasa».

Discípulos dormidos

Los discípulos en la hora decisiva se durmieron, «no estaban vigilantes». Y hoy nosotros —observa el Papa— hemos de hacer frente a otro «sueño peligroso: el sueño de la mediocridad». «Llega —ha explicado— cuando olvidamos nuestro primer amor y seguimos por inercia, preocupándonos solo por la vida tranquila. Pero sin un estallido de amor a Dios, sin esperar su novedad, nos volvemos mediocres, tibios, mundanos. Y esto corroe la fe, porque la fe es lo opuesto a la mediocridad: es un ardiente deseo de Dios, es una continua audacia para convertirse, es valor para amar, siempre va adelante. La fe no es agua que se apaga, es fuego que arde; no es un calmante para los que están estresados, es una historia de amor para los que están enamorados. Por eso Jesús odia la tibieza más que cualquier otra cosa (cf. Ap 3:16). Uno ve el desprecio de Dios por los tibios».

Tras indicar que este peligro de caer en la mediocridad se combate con la oración —«la oración nos libera de la soledad y nos da esperanza: así como no se puede vivir sin respirar tampoco se puede ser cristiano sin rezar»—, el Papa ha advertido sobre el peligro también de caer en la indiferencia. «Cuando orbitamos solo alrededor de nosotros mismos y de nuestras necesidades, indiferentes a las de los demás, la noche cae en nuestros corazones. El corazón se vuelve oscuro. Pronto empezamos a quejarnos de todo, luego sentimos que somos víctimas de todos y finalmente hacemos complots sobre todo. Quejas, sentido de víctima y complots. Es una cadena. Hoy esta noche parece haber caído sobre muchas personas, que reclaman para sí mismas y se desinteresan por los demás», ha dicho.

¿Y cómo combatir este peligro? Mediante la caridad. El corazón del cristiano no puede latir sin la caridad, ha dicho Francisco. Y ha concluido: «Para algunos parece que sentir compasión, ayudar, servir, es cosa de perdedores. En realidad es la única cosa ganadora, porque ya está proyectada al futuro, al día del Señor, cuando todo pase y sólo quede el amor. Es con obras de misericordia que nos acercamos al Señor».



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