Santa Sede

El Papa despide el año pidiendo mirar el mundo con los ojos de Dios

«Verdaderamente Dios nunca ha dejado de cambiar la historia y el rostro de nuestra ciudad a través del pueblo de los pequeños y de los pobres que la habitan», dijo el Papa Francisco en la homilía de las vísperas en la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios celebradas en la Basílica de San Pedro en el último día del año, acompañadas por el tradicional canto del himno «Te Deum».

Partiendo de las palabras «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo» (Gál 4, 4), el Santo Padre explicó que la decisión de Dios para salvar a la humanidad es clara: «Para revelar su amor elige una pequeña y despreciada ciudad, en Belén Efrata y de allí no se alejó nunca de nosotros».

Una mirada contemplativa

«Por tanto su presencia en la ciudad, incluso en esta nuestra ciudad de Roma, sigue estando, no debe ser fabricada sino descubierta, develada… ya que somos nosotros los que debemos pedir a Dios la gracia de unos ojos nuevos, capaces de una mirada contemplativa, esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas», añadió Francisco.

Y haciendo un repaso sobre la liturgia del día, en la que los profetas advierten en las Santas Escrituras contra la tentación de ligar la presencia de Dios sólo al templo (Jer 7, 4); el Papa señaló que el Creador «habita en medio de su pueblo, camina con ellos y vive su vida. Su fidelidad es concreta, está cerca de la existencia cotidiana de sus hijos».

Dios cambia la historia a través de los pequeños

En efecto —continuó argumentando Francisco— «cuando Dios quiere hacer nuevas todas las cosas por medio de su Hijo, no empieza desde el templo, sino desde el vientre de una pequeña y pobre mujer de su Pueblo. Esta elección de Dios es extraordinaria. No cambia la historia a través de los hombres y mujeres poderosos de las instituciones civiles y religiosas, sino de las mujeres de la periferia del imperio, como María, y de sus vientres estériles, como el de Isabel».

Asimismo, señaló que para poder actuar en el mundo y «hacer nuevas todas las cosas», Dios se vale de su Espíritu Santo, «que habla su Palabra en cada corazón humano, bendice a sus hijos y los anima a trabajar por la paz en la ciudad».

Captar las cosas desde la mirada de Dios

En este contexto, el Santo Padre expresó su deseo de que en esta noche nuestra mirada sobre la ciudad de Roma pueda captar las cosas desde el «punto de vista de la mirada de Dios». «Roma no sólo es una ciudad complicada, con muchos problemas, desigualdades, corrupción y tensiones sociales» —argumentó el Sucesor de Pedro— «Roma es una ciudad en la cual Dios envía su Palabra, que se anida por medio del Espíritu en los corazones de sus habitantes y los impulsa a creer, a esperar a pesar de todo, a amar luchando por el bien de todos».

La escucha ya es un acto de amor

Es por ello que Francisco dedicó un pensamiento especial a tantas «personas valientes, creyentes y no creyentes», que ha conocido a lo largo de los años y que representan el «corazón palpitante» de Roma. «Verdaderamente Dios nunca ha dejado de cambiar la historia y el rostro de nuestra ciudad a través del pueblo de los pequeños y de los pobres que la habitan», añadió.

Al respecto el Papa afirmó que lo que el Señor pide a la Iglesia de Roma es difundir su Palabra: «Nos insta a lanzarnos a la lucha, a implicarnos en el encuentro y en la relación con los habitantes de la ciudad para que su mensaje corra rápido. Estamos llamados a encontrarnos con los demás y a ponernos a la escucha de su existencia, de su grito de ayuda. ¡La escucha ya es un acto de amor!».

Dar gracias

Y ante la magnitud de semejante misión, el Santo Padre concluyó diciendo que no debemos tener miedo o sentirnos inadecuados para una tarea tan importante. «Recordémoslo: Dios no nos elige por nuestra “habilidad”, sino precisamente porque somos y nos sentimos pequeños. Le agradecemos por su Gracia que nos ha sostenido en este año y con alegría le elevamos el canto de alabanza».

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