Santa Sede

El Papa Benedicto XVI visitó las tumbas de los Papas y ofició misa por los cardenales y obispos difuntos

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Nuestra esperanza descansa en el amor de Dios que brilla en la Cruz de Cristo y su Resurrección. Mientras en nuestros corazones sigue vivo el clima de la comunión de los Santos y de la conmemoración de los fieles difuntos, que la liturgia nos ha hecho vivir intensamente en las celebraciones de estos días, Benedicto XVI presidió el 3 de noviembre – en el Altar de la Cátedra de San Pedro – la tradicional Santa Misa en sufragio por los Cardenales y Obispos fallecidos a lo largo del año: 
 
En particular, recordamos a los llorados Hermanos Cardenales John Patrick Foley, Anthony Bevilacqua, José Sánchez, Ignace Moussa Daoud, Luis Aponte Martínez, Rodolfo Quezada Toru?o, Eugênio de Araújo Sales, Paul Shan Kuo-hsi, Carlo Maria Martini, Fortunato Baldelli. Extendemos nuestro afectuoso recuerdo también a todos los arzobispos y obispos difuntos, pidiendo al Señor piadoso, misericordioso y justo (cfr. Sal 114), que les conceda el premio eterno prometido a los fieles servidores del Evangelio.
Evocando el testimonio de los Cardenales y Obispos difuntos a lo largo de este año, el Papa puso de relieve su misión desarrollada como discípulos mansos, misericordiosos, puros de corazón y constructores de paz:
Amigos del Señor que, confiando en su promesa, aun en las dificultades y persecuciones, mantuvieron la alegría de la fe, y ahora moran para siempre en la casa del Padre y disfrutan de la recompensa celestial, llenos de felicidad y de gracia. Los Pastores que recordamos hoy, en efecto, sirvieron a la Iglesia con fidelidad y amor, afrontando pruebas a veces duras, con el fin de asegurar atención y cuidado al rebaño a ellos confiado. En la variedad de sus dones y competencias, dieron ejemplo de cuidadosa vigilancia y de sabia y celosa dedicación al Reino de Dios, brindando una valiosa contribución a la época post-conciliar, tiempo de renovación de toda la Iglesia.
Tras reflexionar sobre los lazos que nos unen a nuestros seres queridos que nos han precedido en la peregrinación terrena rumbo a la eternidad, el Santo Padre se refirió a las visitas a los cementerios que se renuevan en especial en estas fechas, que renuevan un diálogo y comunión que la muerte no puede interrumpir. Las tumbas nos hablan de la vida de los fallecidos, señaló el Papa – destacando que en Roma, las catacumbas, pero también en todos los cementerios de nuestras ciudades y países – es como si cruzáramos un umbral inmaterial y entráramos en comunicación con los que allí custodian su pasado, alegrías y dolores, derrotas y esperanzas.
El ser humano de toda época busca un rayo de luz que alimente la esperanza, que hable de vida enfatizó Benedicto XVI recordando la respuesta de los cristianos ante la muerte:
Respondemos con la fe en Dios, con una mirada de esperanza sólida que se funda en la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Entonces, la muerte abre a la vida, a la vida eterna, que no es una duplicación infinita del tiempo presente, sino algo completamente nuevo. La fe nos dice que la verdadera inmortalidad a la que aspiramos no es una idea, un concepto, sino una relación de comunión plena con el Dios vivo: es estar en sus manos, en su amor, y llegar a ser uno en Él con todos los hermanos y hermanas que Él ha creado y redimido, con toda la creación. Nuestra esperanza descansa entonces en el amor de Dios que brilla en la Cruz de Cristo, y que hace resonar en el corazón las palabras de Jesús al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Ésta es la vida en su plenitud: la vida en Dios, una vida que ahora sólo podemos vislumbrar, como se puede ver el cielo azul a través de la niebla.
Haciendo resonar una vez más el anuncio de los ángeles, proclamado la mañana de la Pascua de Resurrección, ante la tumba vacía, anuncio que a lo largo de los siglos sigue impulsando la esperanza cristiana, el Papa reiteró que gracias al Bautismo y al Espíritu Santo percibimos el amor que Dios Padre misericordioso nos comunica con su Hijo, cuya singular existencia humana va acompañada por la de su Madre Santísima, que, entre todas las criaturas, veneramos Inmaculada y llena de gracia:
Nuestros hermanos cardenales y obispos, que estamos conmemorando, han sido amados con predilección por la Virgen María y han correspondido a su amor con devoción filial. A su intercesión maternal, queremos hoy encomendar sus almas, para que Ella los introduzca en el Reino eterno del Padre, rodeados de sus numerosos sus fieles, por quienes gastaron sus vidas. Con su mirada amorosa, María vele sobre ellos, que ahora duermen el sueño de la paz esperando la bienaventurada resurrección. Elevemos a Dios nuestra oración por ellos, sostenidos por la esperanza de volver a encontramos todos algún día, unidos para siempre en el Cielo. Amen
(CdM – RV)
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