Santa Sede

El Papa asegura que un mundo rico “debe acabar con la pobreza”

“Un mundo rico y una economía vibrante pueden y deben acabar con la pobreza”, así ha intervenido el Papa Francisco esta mañana en el taller sobre “Nuevas formas de fraternidad solidaria, inclusión, integración e innovación”. En el encuentro, organizado por la Academia Pontificia de Ciencias Sociales y celebrado en la Casina Pio IV, dentro del Vaticano, han participado economistas, ministros de finanzas, banqueros con el objetivo de desarrollar propuestas para una mejor distribución de las riquezas. Francisco ha compartido con los participantes un mensaje de esperanza: “Se trata de problemas solucionables y no de ausencia de recursos. No existe un determinismo que nos condene a la inequidad universal”. Igualmente, les ha instado a trabajar juntos para terminar con estas injusticias: “Ustedes conocen de primera mano cuales son las injusticias de nuestra economía global actual”.

Cuando los organismos multilaterales de crédito asesoren a las diferentes naciones, ha advertido, «resulta importante tener en cuenta los conceptos elevados de la justicia fiscal, los presupuestos públicos responsables en su endeudamiento y, sobre todo, la promoción efectiva y protagónica de los mas pobres en el entramado social”. Así, les ha exhortado a recordarles su “responsabilidad de proporcionar asistencia para el desarrollo a las naciones empobrecidas y alivio de la deuda para las naciones muy endeudadas” y a “detener el cambio climático provocado por el hombre, como lo han prometido todas las naciones, para que no destruyamos las bases de nuestra Casa Común”.

“Estructuras de pecado”

A la globalización de la indiferencia, el Papa Francisco la llama “inacción”. Sin embargo, san Juan Pablo II la llamó estructuras del pecado. El Pontífice recordó que “la Iglesia celebra las formas de gobierno y los bancos —muchas veces creados a su amparo— cuando cumplen con su finalidad, que es, en definitiva, buscar el bien común” si bien “pueden decaer en estructuras de pecado”. Del mismo modo, ha denunciado que la mayor estructura de pecado es “la misma industria de la guerra, ya que es dinero y tiempo al servicio de la división y de la muerte”. El mundo pierde cada año billones de dólares en armamentos y violencia, “sumas que terminarían con la pobreza y el analfabetismo si se pudieran redirigir”, ha señalado.

El Papa ha señalado que las personas empobrecidas en países muy endeudados “soportan cargas impositivas abrumadoras y recortes en los servicios sociales, a medida que sus gobiernos pagan deudas contraídas insensible e insosteniblemente”. En este contexto, Francisco ha citado al papa Juan Pablo II, indicando lo “asombrosamente actuales” que suenan sus palabras –pronunciadas en 1991– hoy: “Es ciertamente justo el principio de que las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio, exigir o pretender su pago cuando éste vendría a imponer de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre y a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. En estos casos es necesario —como, por lo demás, está ocurriendo en parte— encontrar modalidades de reducción, dilación o extinción de la deuda, compatibles con el derecho fundamental de los pueblos a la subsistencia y al progreso” (Centesimus Annus, § 35).

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