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El Papa advierte que «un cristianismo sin cruz es mundano y se vuelve estéril»

Ha ido uno de los momentos culminantes de la visita apostólica del Papa Francisco: la celebración de la Divina Liturgia Bizantina en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. En su homilía, Francisco ha asegurado que «un cristianismo sin cruz es mundano y se vuelve estéril».
Miles de fieles se han congregado en la la plaza de la Mestská športová hala de Prešov para celebrar la memoria de los mártires greco-católicos. Esta celebración ha mostrado la presente la preocupación de Francisco por las minorías y confirma la unidad y cercanía entre las Iglesias.

¿Qué ve Juan al pie de la cruz?

Francisco ha recordado que el día de hoy, 14 de septiembre, la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Cruz, y en particular nos hace presente la imagen del evangelista Juan al pie de la cruz: “Contempla a Jesús, ya muerto, colgado del madero, y escribe: «El que lo vio da testimonio».

A esta pregunta el Papa ha respondido: «Lo que han visto los demás». Esto es: «Jesús, inocente y bueno, muere brutalmente entre dos malhechores (…) la enésima demostración de que el curso de los acontecimientos en el mundo no se modifica: a los buenos se los quita del medio y los malvados vencen y prosperan. A los ojos del mundo la cruz es un fracaso».

El Papa ha advertido que «detenernos en esta primera mirada, superficial, de no aceptar la lógica de la cruz; de no dejar que Dios nos salve”. En suma, nos advierte de “No aceptar, sino sólo con palabras, al Dios débil y crucificado, es soñar con un Dios fuerte y triunfante. Es una gran tentación».

Jesús «eligió el camino más difícil: la cruz”, ha dicho Francisco, porque «allí, donde se piensa que Dios no pueda estar, Dios ha llegado. Para salvar a cualquier persona que esté desesperada quiso rozar la desesperación, para hacer suyo nuestro más amargo desaliento gritó en la cruz: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»

«No reduzcamos la cruz a un objeto de devoción»

Este es un grito que salva, ha afirmado el Santo Padre: «Salva porque Dios hizo suyo incluso nuestro abandono. Y nosotros, ahora, con Él, ya no estamos solos, nunca». Francisco ha subrayado que para ver la gloria de la cruz tenemos que «detenernos a mirar al Crucificado y no le abrimos el corazón, si no nos dejamos sorprender por sus llagas abiertas por nosotros, si el corazón no se llena de conmoción y no lloramos delante del Dios herido de amor por nosotros».

El Papa ha pedido evitar cualquier reduccionismo de la cruz: «No reduzcamos la cruz a un objeto de devoción, mucho menos a un símbolo político, a un signo de importancia religiosa y social». Si se ahonda la mirada en Jesús, «su rostro comienza a reflejarse en el nuestro, sus rasgos se vuelven los nuestros, el amor de Cristo nos conquista y nos transforma». «¡Cuántas personas generosas aquí en Eslovaquia sufrieron y murieron a causa del nombre de Jesús! Un testimonio realizado por amor a Aquel que habían contemplado largamente. Tanto, hasta el punto de asemejarse a Él, incluso en la muerte».

La cruz, fuente de un nuevo modo de vivir

Por eso, el Papa ha concluido explicando que «a cruz no quiere ser una bandera que enarbolar, sino la fuente pura de un nuevo modo de vivir. ¿Cuál? El del Evangelio, el de las Bienaventuranzas. El testigo que tiene la cruz en el corazón y no solamente en el cuello no ve a nadie como enemigo, sino que ve a todos como hermanos y hermanas por los que Jesús ha dado la vida».



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