Papa Francisco

El Papa a la delegación de la Pontificia Academia para la Vida

Papa Francisco: no volvernos “hombre y mujeres – espejo”, que ven sólo a sí mismos

Al recibir a una delegación de la Pontificia Academia para la Vida, en vistas de su 24 Asamblea General, el Papa invita a pensar en la bioética no a partir de la enfermedad y de la muerte, sino desde la profunda convicción de la irrevocable dignidad de la persona humana

Benedetta Capelli – Ciudad del Vaticano, 25 de junio de 2018

El tema de la vida humana en el contexto del mundo globalizado en el que se vive. A partir de hoy, la Pontificia Academia para la vida reflexionará sobre ello en su Asamblea General que se lleva a cabo en el Aula del Sínodo hasta el próximo miércoles. En su discurso, el Papa Francisco dejándose inspirar por el tema, en la audiencia en el Vaticano ofrece un análisis atento sobre la “calidad ética y espiritual de la vida en todas sus etapas”.

La vida frágil y enferma es siempre vida

“Existe – afirma el Papa – una vida que es familia y comunidad, una vida que es invocación y esperanza”. Ofendida, herida, emarginada, descartada pero siempre vida, así como existe la vida eterna. Recordando el aporte de la biología que explora “los aspectos físicos, químicos y mecánicos”, no hay que olvidar “una perspectiva más amplia y más profunda, que pide atención a la vida propiamente humana, que irrumpe en la escena del mundo con el prodigio de la palabra y del pensamiento, de los afectos y del espíritu”.

“El ‘bello’ trabajo de la vida es la generación de una persona nueva, la educación de sus cualidades espirituales y creativas, la iniciación al amor de la familia y de la comunidad, el cuidado de sus vulnerabilidades y de sus heridas, como también la iniciación a la vida de hijos de Dios, en Jesucristo”

Sustraerse al juego sucio de la muerte

Francisco recuerda que renunciar a la vida, entregar a “los pobres al hambre, a los perseguidos a la guerra, a los viejos al abandono”, significa hacer el trabajo sucio de la muerte, que es pecado. “El mal – afirma – trata de persuadirnos que la muerte es el final de cada cosa, que hemos venido al mundo por caso y que estamos destinados a terminar en la nada”. Es un doblegarse sobre sí mismos como Narciso, que difunde “un virus espiritual muy contagioso”.

Nos condena a volvernos hombres –espejo y mujeres – espejo, que ven solamente a sí mismos y nada más. Es como volverse ciegos a la vida y a su dinámica, en cuanto don recibido de otros y que pide ser puesto responsablemente en circulación para otros.

La bioética es defensa de la dignidad humana

Por lo tanto, la tarea que hay que perseguir – subraya el Papa – es la de desactivar la complicidad con el trabajo sucio de la muerte, alejarse de la enfermedad y de la muerte para decidir el sentido de la vida y definir el valor de la persona. La bioética global – añade – será una específica modalidad para desarrollar la perspectiva de la ecología integral que es propia de la Encíclica Laudato si’.

El cuerpo es don de Dios

Un particular acento del Papa está puesto luego en el cuerpo que “nos pone en relación directa con el ambiente y con los otros seres vivos”. Aceptarlo significa acogerlo como don de Dios, aceptar el mundo entero como don del Padre y casa común, porque “una lógica de dominio sobre el propio cuerpo – explica – se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación”.

Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. (Laudato si’, 155).

Una valiente resistencia moral

Francisco recuerda “las complejas diferencias fundamentales de la vida humana: del hombre y la mujer, de la paternidad y de la maternidad, de la filiación y la fraternidad, de la sociabilidad y también de todas las diferentes edades de la vida”. Condiciones difíciles, pasajes delicados o peligrosos que “exigen especial sabiduría ética y valiente resistencia moral”, a afrontar también con “adecuado sostén de una proximidad humana responsable”. El Papa cita luego la Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate, invitando a tratar los temas de la ética de la vida humana en el ámbito de una “antropología global”.

La defensa del inocente que no nació, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor por cada persona más allá de su desarrollo. Pero es igualmente sagrada la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, en el abandono, en la exclusión, en la trata de personas, en la eutanasia escondida de los enfermos y de los ancianos sin cuidados, en las nuevas formas de esclavitud, y en cada forma de descarte.

Interrogarse sobre el fin último de la vida

Por último el Papa recuerda que es necesario interrogarse sobre el fin último de la vida, “capaz de restituir dignidad y sentido al misterio de sus afectos más profundos y más sagrados”.

La vida del hombre, bella para embelesar y frágil para morir, va más allá de sí misma: nosotros somos infinitamente más de lo que podemos hacer por nosotros mismos. La vida del hombre, sin embargo, también es increíblemente tenaz, ciertamente por una gracia misteriosa que viene desde lo alto, en la audacia de su invocación de una justicia y una victoria definitiva del amor. Y es incluso capaz -esperanza contra toda esperanza- de sacrificarse por ella hasta el final.

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