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El Papa a la Curia: «Desaparezca de ustedes toda amargura, ira, enojo, insulto, injurias y cualquier tipo de maldad»

«Cada uno de nosotros, cualquiera que sea nuestro puesto en la Iglesia, debe preguntarse si quiere seguir a Jesús con la docilidad de los pastores o con la autoprotección de Herodes, seguirlo en la crisis o defendernos de Él en el conflicto». Con estas palabras se ha dirigido el Papa Francisco este lunes, 21 de diciembre, a los miembros del Colegio Cardenalicio y de la Curia Romana en su Discurso con ocasión del intercambio de saludos por la Navidad, a quienes recibió en audiencia en el Aula de las Bendiciones del Vaticano.

El discurso del Santo Padre, estructurado en 10 puntos, parte de la observación de la filósofa hebrea, Hanna Arendt, quien afirma que, la Navidad es el misterio del nacimiento de Jesús de Nazaret que nos recuerda que «los hombres, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar».
Esta fe y esperanza en el mundo, ha dicho el Papa, «encontró tal vez su más gloriosa y sucinta expresión en las pocas palabras que en los evangelios anuncian la gran alegría: Les ha nacido hoy un Salvador». El Papa les ha invitado a poner en práctica un programa en el que «desaparezca de ustedes toda amargura, ira, enojo, insulto, injurias y cualquier tipo de maldad. Sean bondadosos unos con otros, sean compasivos y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó en Cristo». Solo «revestidos de humildad», imitando a Jesús «manso y humilde de corazón». Solo después de habernos colocado «en el último puesto» y habernos hecho «siervos de todos».

La tempestad desenmascara la vulnerabilidad

En esta Navidad de la pandemia, el Papa Francisco ha señalado que, la crisis sanitaria, socioeconómica e incluso eclesial «que ha lacerado cruelmente al mundo entero», ha transformado la realidad y se ha convertido en una gran oportunidad para «convertirnos y recuperar la autenticidad». Recordando el Momento Extraordinario de Oración en tiempos de pandemia del pasado 27 de marzo, el Santo Padre ha explicado que «esta tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad».

En este sentido, el Santo Padre ha subrayado que, «la Providencia quiso que en este tiempo difícil haya podido escribir Fratelli tutti», la Encíclica dedicada al tema de la fraternidad y de la amistad social. «Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Entre todos: He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente».

Una crisis que nos afecta «a todo y a todos»

La crisis de la pandemia es una buena oportunidad para hacer una breve reflexión sobre este fenómeno «que afecta a todo y a todos», ha proseguido. «Está presente en todas partes y en todos los períodos de la historia, abarca las ideologías, la política, la economía, la tecnología, la ecología, la religión. Es una etapa obligatoria en la historia personal y social. Se manifiesta como un acontecimiento extraordinario, que siempre causa una sensación de inquietud, ansiedad, desequilibrio e incertidumbre en las decisiones que se deben tomar. Como recuerda la raíz etimológica del verbo krino: la crisis es esa criba que limpia el grano de trigo después de la cosecha».
Además, nos pone en guardia ante «el peligro de juzgar precipitadamente a la Iglesia por las crisis que causaron los escándalos de ayer y de hoy, como lo hizo el profeta Elías que, al desahogarse con el Señor, le presentó una narración desesperanzadora de la realidad». Nuestra época también tiene sus problemas, pero también tiene el testimonio vivo del hecho de que el Señor no ha abandonado a su pueblo, con la única diferencia de que los problemas aparecen inmediatamente en los periódicos, en cambio los signos de esperanza son noticia sólo después de mucho tiempo, y no siempre. «Quienes no miran la crisis a la luz del Evangelio, se limitan a hacer la autopsia de un cadáver. La crisis nos asusta no sólo porque nos hemos olvidado de evaluarla como nos invita el Evangelio, sino porque nos hemos olvidado de que el Evangelio es el primero que nos pone en crisis».

«Estamos llamados a anunciar la Buena Nueva»

No obstante, si realmente queremos una renovación, ha matizado el Papa, «debemos tener la valentía de estar dispuestos a todo; debemos dejar de pensar en la reforma de la Iglesia como un remiendo en un vestido viejo, o la simple redacción de una nueva Constitución apostólica. No se trata de “remendar un vestido”, porque la Iglesia no es simplemente el “vestido” de Cristo, sino su cuerpo que abarca toda la historia. Nosotros no estamos llamados a cambiar o reformar el Cuerpo de Cristo —«Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8)—, sino que estamos llamados a vestir ese mismo Cuerpo con un vestido nuevo, para que se manifieste claramente que la Gracia que se posee no viene de nosotros sino de Dios».
La crisis es movimiento, es parte del camino. «El conflicto, en cambio, es un camino falso, es un vagar sin objetivo ni finalidad, es quedarse en el laberinto, es sólo una pérdida de energía y una oportunidad para el mal». El Evangelio nos dice que los pastores creyeron en el anuncio del ángel y se pusieron en camino hacia Jesús, ha comparado el Papa y ha pedido, por último «a todos los que, junto conmigo, están al servicio del Evangelio el regalo de Navidad» su colaboración «generosa y apasionada» en el anuncio de la Buena Nueva, especialmente a los pobres. «Recordemos que conoce verdaderamente a Dios quien solamente acoge al pobre que viene de abajo con su miseria».



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