Rincón Litúrgico

El Pan y el Cáliz, por José-Román Flecha

  • Señor Jesús, al celebrar la eucaristía, volvemos nuestra mirada al pasado. No podemos olvidar que estamos celebrando la memoria de tu vida. Tú pasaste por la tierra prestando atención a los humildes y a los pobres, a los enfermos y a los marginados. No queremos ignorar ni olvidar tu misericordia.

Al final te entregaste a los de cerca y a los de lejos. Al celebrar la eucaristía hacemos memorial de tu entrega. Ya sabemos que dar la razón a un ajusticiado significa quitar la razón a quien lo ajustició. En cada eucaristía proclamamos tu muerte. Por eso, nuestra celebracion es tan peligrosa.

  • Pero al celebrar la eucaristía, no ignoramos el presente que vivimos. Sabemos que tú te preocupabas por las multitudes hambrientas que te seguían. Los alimentabas con tu palabra. Y les diste pan para su hambre. Pero sobre todo, te diste a ti mismo. Ellos sabían que podían contar con tu tiempo. Y el tiempo es la vida.

Hoy crece el número de las personas que mueren de hambre y de miseria. Con mucha frecuencia son alimentados gracias a la ofrenda de los más pobres y al servicio voluntario de los más sencillos. Recordar tu compasión nos hace avergonzarnos de nuestra comodidad y nuestra indiferencia.

  • Finalmente al celebrar la eucaristia no podemos dejar de pensar en el futuro. El mundo del mañana anhela las razones para vivir y para esperar. En este mundo que ha olvidado el gozo y la demanda de la fraternidad, celebrar la eucaristía significa anunciar y preparar un mundo de panes compartidos.

Tú eras el pan vivo bajado del cielo. Tú eras el alimento y el aliento inesperado,  la ayuda y la ternura. Tú eres pan y promesa, paz y justicia, cercanía y esperanza. Tú nos invitas a hacernos eucaristía y a dejarnos comer por los hambriento de este mundo. A convertirnos en lo que tú eres y nos das. A eso nos compromete comer tu pan y beber de tu cáliz.

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