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El obispo réprobo, por Roberto Esteban Duque

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La propuesta del obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández, invitando a los políticos a un debate sobre la ideología de género, ha tenido un doble efecto indeseable: por una parte, la consecución de otro debate sobre la reprobación, el avergonzamiento y la condena del obispo en un Pleno municipal, insinuado por una reaccionaria izquierda y con la complacencia de una derecha acomplejada, y por otro lado, la vuelta de Educación para la Ciudadanía (EpC) a las aulas de los colegios andaluces.

El obispo no ha contado con el enemigo; lejos de ser combatiente, conocía la victoria de antemano; mucho antes del desafío intelectual, se sabía victorioso al tener al enemigo en la espalda: ¿qué enemigo puede encontrase en la batalla del pensamiento cuando se vive en un poder público hermético que tritura la convivencia y utiliza sus cargos con fines privados, movidos por codicias económicas y despedazamientos nacionales? ¿Qué hombre público está dispuesto a debatir cuando sus ambiciones personales sólo están al servicio de sus propios instintos?

El obispo ha salvado convertirse en un réprobo (algo que hacía necesario el terrorismo de lo políticamente correcto en el lenguaje cuando se emplean palabras incómodas), aunque la ruindad de su posible interlocutor intelectual, afín a la masa política, le ha calificado de “impresentable”, con afán de “protagonismo” y “agobiado en el armario”. La excelencia suele hallarse cuanto más nos alejamos de la clase política, ineficaz y corrompida, hermética a cualquier dictado que no quede subordinado a sus torpes cabezas ideologizadas, y con una notable ceguera para distinguir la verdad y el bien, ocupados como están en la exaltación de las pasiones de sus colectivos victimistas, discriminados y resentidos.

La mayor amenaza para la libertad es el Estado democrático cuando el pensamiento ideologizado determina las actuaciones políticas. El ayuntamiento de Córdoba se ha convertido en el exponente más claro de la sacralización del poder político, fuente de bienes, donde lejos de buscar el bien común, la fauna indignada, arrogándose la interpretación de la verdad (es decir, la incapacidad para mantener relación con determinadas verdades) arremete contra la libertad del otro, en el intento de concentrar para sí todo el poder. La clave está en el aumento de la creencia en el poder humano unida a la decadencia en la creencia religiosa: “no luchamos por los derechos del hombre, sino por los derechos divinos del ser humano”, llegaría a decir Heine.

La sustitución del orden natural por el orden constitucional es la idea transversal que recorre cualquier pretendido avance progresista y el más celebrado de los triunfos en Andalucía al recuperar la asignatura de EpC, con el hipotético fin de que vuelva el hombre a ser más democrático y plural, menos homófobo y más igualitario, más andrógino y terrenal, irreligioso y autosuficiente, hedonista y exterior. EpC hace patente la ideología de género en la construcción a la carta de la identidad humana, en la inexistencia de una naturaleza humana. La cultura influida por la religión, causa del mal, tiene que ser sustituida por la educación. Alterar las leyes no sólo positivas que rigen el matrimonio y la familia, sino las leyes de la naturaleza como la diferencia se sexos es el esfuerzo del nuevo hombre andaluz, capaz de dominar la naturaleza desde el poder político.

Vivimos bajo la dulce tiranía de la opinión, hipnotizados por la ideología de la gobernanza, un nuevo control social burocrático donde el poder absoluto lo deberá realizar la sutil dictadura del pacto político. Vivimos bajo el yugo de la burocracia política que ejerce la dictadura educativa otorgando, con engaño y manipulación, derechos y privilegios a corruptos de toda índole, sobre los que se deberá practicar la mayor de las intransigencias. Vivimos bajo la perversa influencia de las bioideologías feministas, cuya pretensión más nociva consiste en la maleabilidad de la naturaleza humana, con delirios de omnipotencia. Lo pronosticó Marcuse: la historia destruye la naturaleza a fuerza de negarla: nada natural. Vivimos, en fin, bajo la tutela de la demagogia en el intento de favorecer la destructiva idea de la “igualdad” de los sexos, en la fantasía histérica del viejo mito andrógino, en la impiedad contra la naturaleza.

El ayuntamiento de Córdoba, obstinado en un horizonte puramente ideológico, al consentir en un Pleno el debate sobre la reprobación del obispo por manifestar públicamente la doctrina del Magisterio de la Iglesia, ha exteriorizado no ya su fuerza, sino su propia debilidad democrática, su verdadera decadencia al intentar fusilar lo que no es de su agrado, el detrimento totalitario de convertir el hombre en un mero recurso del poder político, declarando así que su verdadera y única oposición ante la potenciación ilimitada del Estado es la religión y la Iglesia católica.

                                                                            Roberto Esteban Duque

 

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