Revista Ecclesia » El obispo de Teruel con sus misioneros diocesanos
Carlos EscribanoSubías

El obispo de Teruel con sus misioneros diocesanos

OMPRESS-TERUEL (26-7-13) El sábado 3 de agosto, desde las 12 de la mañana, hasta media tarde, en la localidad de El Poyo del Cid, Teruel, tendrá lugar el encuentro de los misioneros turolenses que están pasando unos días de vacaciones con sus familias. Se trata de la tradicional Jornada dedicada a los misioneros de la diócesis de Teruel en la que se recuerda no sólo a los misioneros sino a todos sus familiares y amigos. Con este motivo, el obispo de la diócesis de Teruel y de Albarracín, Mons. Carlos Escribano Subías, escribe a sus fieles diocesanos:

“Un año más, nuestra diócesis celebra su tradicional jornada misionera en la que damos gracias a Dios por todos nuestros misioneros y misioneras que, dejándose seducir por la llamada de Jesús, partieron de sus casas y dejaron a sus familias para anunciar el evangelio en otros países y continentes. Este año la jornada se desarrollará en El Poyo del Cid, el próximo 3 de agosto, y como siempre será organizada por la Delegación Diocesana de Misiones. Es un día para convivir con aquellos misioneros que puedan hacerse presentes en el encuentro y renovar nuestro sentimiento de gratitud y nuestra oración hacia ellos, sus familias y la misión que desarrollan.

El Papa Francisco decía, el pasado 17 de mayo, a los participantes en la Asamblea de las Obras Misionales Pontificias: ‘hay muchos pueblos que todavía no han conocido y encontrado a Cristo, y es urgente encontrar nuevas formas y nuevos caminos para que la gracia de Dios pueda tocar el corazón de cada hombre y de cada mujer y llevarlos a Él’. El ánimo que reciben nuestros misioneros por parte del Papa, se convierte para nosotros en estímulo evangelizador en este momento en el que estamos desarrollando nuestro Plan diocesano de pastoral en nuestra diócesis de Teruel y Albarracín. El Papa continúa diciendo en aquel discurso: ‘todos nosotros somos instrumentos sencillos, pero importantes; hemos recibido el don de la fe, no para tenerla escondida, sino para difundirla, para que pueda iluminar el camino de muchos hermanos. Ciertamente es una misión difícil la que nos espera, pero, con la guía del Espíritu Santo, se convierte en una misión entusiasmante. Todos experimentamos nuestra pobreza, nuestra debilidad al llevar al mundo el tesoro precioso del Evangelio, pero debemos seguir repitiendo continuamente las palabras de san Pablo: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros» (2 Co 4, 7). Es esto lo que nos debe dar siempre valentía: saber que la fuerza de la evangelización viene de Dios, pertenece a Él. Nosotros estamos llamados a abrirnos cada vez más a la acción del Espíritu Santo, y a ofrecer toda nuestra disponibilidad para ser instrumentos de la misericordia de Dios, de su ternura, de su amor por cada hombre y por cada mujer, sobre todo por los pobres, los excluidos, los lejanos. Y para cada cristiano, para toda la Iglesia, esta no es una misión facultativa, no es una misión optativa, sino esencial. Como decía san Pablo: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9, 16). ¡La salvación de Dios es para todos!’.

El compartir esta jornada con los misioneros, el observar y agradecer su compromiso evangelizador, puede reforzar y actualizar nuestro deseo de trasmitir el evangelio y de comprometernos con ilusión renovada en el reto de trasmitir la fe. Estamos celebrando el Año de la Fe, en el que el Papa Benedicto XVI nos proponía dos objetivos muy atractivos: recuperar la alegría de creer y a renovar el entusiasmo a la hora de trasmitir nuestra fe a los demás.

Pido a Dios que está jornada misionera, compartida con nuestros hermanos y sus familias, nos ayude tomarnos más en serio esta doble invitación”.

 



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