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El obispo de Terrasa, Josep-Angel Saiz Meneses, dedica su carta semanal correspondinte al domingo 30 septiembre 2012 a los diáconos como vocación de servicio

meneses

El domingo 15 de julio, en nuestra  Catedral, tuve el gozo de presidir la ordenación como diáconos de Mn. Josep Antón Clua Sampietro, Mn Carles Campins Arévalo y Mn. Alexandre Codinach Telesforo, los tres de la diócesis de Terrassa.

Aprovecho con gusto esta noticia para valorar el trabajo pastoral de los diáconos permanentes en nuestra diócesis. Al decir “diáconos permanentes” los distinguimos de los diáconos que se encaminan al presbiterado y que, como es lógico, antes reciben la ordenación de diáconos. El sacramento del Orden sagrado tiene estos tres grados en la Iglesia: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

En estos días en que recordamos el Concilio Vaticano II –al cumplirse pronto el quincuagésimo aniversario de su inicio- es oportuno recordar que la restauración del diaconado fue una de las reformas introducidas por este Concilio. En la constitución sobre la Iglesia se dice que “en el futuro se podrá restablecer el diaconado permanente como un grado particular dentro de la jerarquía eclesiástica. Es competencia de las distintas Conferencias Episcopales territoriales, con la aprobación del Sumo Pontífice, decidir si la institución de los diáconos permanentes es oportuna para la pastoral y en dónde”.

El Concilio estableció también que “con el permiso del Romano Pontífice, se puede conferir este diaconado a hombres de edad madura casados. O también a jóvenes idóneos, pero para estos hay que mantener n Lorenzo, como obligatoria la ley del celibato” (Lumen Gentium, n. 29).

Los diáconos, en comunión con el obispo y sus presbíteros, están al servicio del Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la Palabra y de la caridad. Son propias de los diáconos las siguientes tareas: administrar el bautismo, reservar y distribuir la eucaristía, asistir en nombre de la Iglesia a la celebración del matrimonio y darle la bendición, enseñar y animar al pueblo, presidir el culto y la oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir lo funerales y los entierros. Destacan, en esta lista que tomo del mismo Concilio, las tareas administrativas y caritativas, sobre todo al servicio de los pobres, cuya actualidad, en las actuales circunstancias, resulta más que evidente.

 

En la plegaria de ordenación se pide al Señor que conceda a los diáconos todas las virtudes evangélicas: un amor sincero, celo por los pobres y los enfermos, pureza de vida, autoridad humilde, perseverancia firme en Cristo, imitación de Cristo, que no vino a hacer-se servir sino a servir. El testimonio de servicio y amor en el ejercicio del diaconado ha de propiciar en las personas una experiencia del amor de Dios para que lleguen a abrir su corazón a la gracia y entren por caminos de conversión.

 

El elemento más específico de la espiritualidad del diácono es la actitud de servicio. El modelo por excelencia es Cristo siervo, dedicado totalmente al servicio del Padre y de los hombres. “Entre vosotros estoy como el que sirve”. “El primero entre vosotros, sea vuestro servidor”. En María encontramos también modelo de servicio. Ella es llamada a ser la madre del Mesías, su colaboradora principal en la obra de la salvación. Su respuesta al anuncio del Ángel será de humildad y generosidad: «soy sierva del Señor, que se haga en mi según tu palabra » (Lc 1, 28).

Demos gracias a Dios por estos tres nuevos diáconos y  pidámosle que nos bendiga con abundantes vocaciones también al diaconado.

 

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

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