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El obispo de Salamanca nos invita a meditar la escena del Belén

“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló” (Is 9,1).

Con este anuncio de Isaías comenzamos cada año la liturgia de la palabra en la misa de medianoche de la Natividad del Señor. Es una primera presentación del nacimiento de Jesús como luz que viene a iluminar las tinieblas y las sombras de muerte que acompañan al pueblo peregrino en esta tierra. Esta luz de Belén alcanza su plenitud desde la Pascua. Y también desde la Pascua nos ha invitado la liturgia del domingo tercero de Adviento a estar siempre alegres en el Señor.

La tiniebla no puede ser superada desde sí misma; es ciega oscuridad, no conoce la luz y no puede reconocerse a sí misma como ausencia de luz. Sólo la luz que la penetra desde fuera manifiesta su oscura realidad y la transforma de modo progresivo en luz.

1. Navidad en pandemia sanitaria

Nuestra Navidad de 2020 está envuelta en las sombras de muerte de La pandemia Covid-19 y sus consecuencias, que necesitan ser iluminadas por la luz del Nacimiento del Hijo de Dios en Belén y por la luz de su Resurrección.

La realidad de la escena de Belén no es tan idílica y agradable como la representamos en los nacimientos y tendemos a celebrarla socialmente entre villancicos, fiestas familiares y regalos; ni como habitualmente nos la deseamos en las felicitaciones en forma de bienestar, seguridad y alegría compartida en familia. Así tenemos interiorizado que cualquiera forma de sufrimiento o soledad necesaria impide la celebración social de la Navidad. Por ello nos cuesta tanto asumir una celebración de la Navidad con las limitaciones sanitarias que ahora impone la prevención del contagio del Covid-19.

Todos los ciudadanos necesitamos hacer una relectura en profundidad del significado y las consecuencias de la pandemia, sobre todo en relación con nuestra conciencia de la fragilidad y del sentido de la vida. Y los cristianos tenemos la posibilidad y responsabilidad de hacerla a la luz del Misterio del Amor de Dios manifestado en Belén.

La celebración de la Navidad, con las conocidas limitaciones de asistencia física a las iglesias y de reuniones familiares, nos permite tal vez una actualización del Misterio de Belén más cercana a su realidad original: a la soledad de María y José en la noche de la fe en la obra de Dios, a la pobreza del lugar y de los medios en los que nace el Hijo de Dios, al anuncio de la buena noticia de la salvación a un pequeño grupo de pastores, a la persecución del recién nacido y la emigración obligada a un país extraño, etc. La primera Navidad no fue muy divertida para sus protagonistas, tuvo más de sufrimiento, sólo transformado en alegría en la obediencia de la fe y la confianza en Dios. ¿Qué descanso y qué cena festiva tuvieron María y José al final de su largo y fatigoso viaje a Belén? Contemplando la escena de Belén, ¿nos atreveremos a quejarnos de las condiciones en que hemos de celebrar esta año la Navidad? ¿No deberemos más bien dar gracias y alegrarnos por ellas, compartiendo lo que vivieron María y José?

2. Con la mirada en la Navidad primera

La Navidad es la celebración del nacimiento de Jesús, el hijo de María y el Santo Hijo de Dios, concebido por obra del Espíritu Santo. Esa doble condición de Jesús, hombre y Dios, es su misterio: escondido desde el comienzo de los siglos y manifestado en la plenitud del tiempo. Contemplamos el Misterio de Belén en dos escenas.

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