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El obispo de Málaga muestra los mandamientos de Dios como camino de felicidad y libertad

El obispo de Málaga muestra los mandamientos de Dios como camino de felicidad y libertad

Homilía en las confirmaciones en San Ramón Nonato, celebradas el 14 de julio de 2013

Lecturas: Dt 30,10-14; Sal 68,14-34.36-37 / Sal 18,8-11; Col 1,15-20; Lc 10,25-37.

1. En esta celebración un buen grupo de vosotros va a recibir el sacramento de la confirmación. Lo hacéis en el marco de este domingo XIV del “Tiempo Ordinario”, que presenta unas lecturas para ser contempladas, rezadas y para que sean vida.

El libro del Deuteronomio, que hemos escuchado, habla sobre los mandamientos de Dios. ¿Cuántos mandamientos hay? (Respuesta de los confirmandos: diez) Y, ¿qué otro nombre reciben los mandamientos? (Respuesta de los confirmandos: El Decálogo). ¿Qué significa la palabra Decálogo? Es una palabra griega compuesta de dos términos: “deka” (que significa diez). Y, “logos”, (que significa palabra). Dios nos da Diez Palabras: diez mandamientos, diez normas, diez preceptos, diez ideas. ¿Para qué nos da estas “Palabras”? Para darnos vida. A veces escuchamos a los cristianos expresar su dificultad en aceptar los mandamientos de Dios, porque piensan que no les ofrece la felicidad; la buscan en otro sitio, pero tampoco la encuentran.

2. Algunos piensan también que estas Diez Palabras, o mandamientos, son como diez losas, o piedras pesadas, que nos pone encima el Señor como un fardo y que nadie puede cumplir. Sin embargo, el libro del Deuteronomio nos ha dicho que es posible vivir estos mandamientos: «Porque este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable» (Dt 30,11). Estas palabras están en nuestro corazón: «El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas» (Dt 30,14).

¿Qué es lo que guardáis con mayor celo en vuestro corazón? ¿Qué conserváis de vosotros mismos, que no lo confesáis a nadie, y lo tenéis para vosotros? ¿Qué atesoráis en vuestro corazón? Guardamos en el corazón lo que más queremos, el tesoro más preciado. En el corazón se guarda el amor, se guardan los secretos, que no se cuentan a nadie, se guardan los sentimientos, los afectos, los recuerdos buenos; es como un tesoro, que está ahí dentro y cada uno tiene.

El Señor nos dice que sus Diez Palabras están en nuestro corazón, como un tesoro; son Palabras, que dan felicidad; normas, que nos ayudan a vivir. Hay una gran diferencia entre pensar que los mandamientos son preceptos duros, difíciles de cumplir, como losas que me aplastan y me quitan la libertad; a pensar que estas diez normas son Palabras de vida, de amor de Dios, que me ayudan a salir de la esclavitud hacia mi libertad, de la oscuridad hacia la luz, de la muerte hacia la vida. Son Palabras claves: ama a Dios, ama a tu prójimo, respeta sus bienes, respeta su vida, respeta su fama. Son normas preciosas. Nosotros debemos guardar esas Palabras en el corazón, para vivirlas y cumplirlas. Es como llevarlas inscritas a fuego en el corazón; no las podemos olvidar; las tenemos que tener presentes para ponerlas en práctica.

3. El Evangelio de hoy ha presentado a un maestro de la Ley, un experto, un sabiondo, que se las sabía todas y que le pregunta a Jesús: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» (Lc 10,25). Jesús, conociendo la mala intención de quien le preguntaba, le contestó con otra pregunta: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?» (Lc 10,26). Y el experto en la Ley respondió adecuadamente: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27). El experto sabía las cosas; conocía qué decía la Ley. Entonces, Jesús le contesta: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida» (Lc 10,28).

4. Aún así, el maestro de la Ley quiere seguir excusándose y vuelve a preguntar, como si no supiera la respuesta: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). Y Jesús le responde contándole la preciosa historia del “Buen samaritano”, que todos conocéis: Bajaba un hombre desde Jerusalén a Jericó. Le asaltaron unos bandidos y lo dejaron medio muerto. Un samaritano, que pasó por el camino, le curó las heridas, le llevó a una posada, cuidó de él, pagó al posadero y ya sabéis el final de la historia (cf. Lc 10, 30-35). ¿Quién es nuestro prójimo? ¿Quién es el mejor prójimo de cada uno de nosotros? En el Evangelio el prójimo no tiene un nombre concreto: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó» (Lc 10, 30). No menciona el nombre de este hombre.

¿Quién es, pues, el prójimo? El prójimo es aquel que se aproxima a otro, que está necesitado. Y, ¿quién se ha aproximado a cada uno de nosotros, más que nadie? (Respuesta de un confirmando: Jesús). Dios-Padre envía a su Hijo, para que se aproxime a nosotros. El buen samaritano curó al herido; y Jesús, ¿qué hizo con nosotros? Se acercó a nosotros, se rebajó, naciendo en Belén, curó a tullidos, leprosos, enfermos, cojos, ciegos, resucitó a muertos; y al final de su vida, ¿qué hizo? Murió en la cruz por cada uno de nosotros.

Luego, quien más se ha acercado a la humanidad es Jesús, el Hijo de Dios. Nos ha dado un gran ejemplo de vida. Es el que más se ha hecho prójimo a nosotros, porque estábamos enfermos, débiles, muertos por el pecado, necesitados de salvación y de libertad; Él ha roto todas esas cadenas.

5. ¿Qué le dice Jesús al maestro de la Ley? Cuando ya sabe quién es el prójimo, le dice: «Haz esto y tendrás la vida» (Lc 10,28).

Si Jesús ha sido el prójimo nuestro, ahora nosotros ¿cómo podemos ser próximos a los demás? ¿Cómo nos podemos hacer de prójimos? Acercándonos al que nos necesita, a los que están cerca de nosotros. Pensad cómo podéis acercaros más los padres a los hijos, cómo podéis haceros más próximos de vuestros hijos, entenderlos mejor, conocerles más, amarles, darles lo que realmente necesitan y no solo lo que imagináis desde vuestro punto de vista.

¿Cómo podéis los hijos acercaros más a vuestros padres, haceros más próximos a ellos? Ahí hay todo un plan de vida; un montón de cosas por hacer. Estamos hablando de la familia; pero, ¿y fuera de la familia? En la calle, en el vecindario, en la escuela, en el trabajo, en la sociedad, en la parroquia… ¿Cómo nos podemos hacer más próximos de los otros que esperan y necesitan nuestra ayuda? Que cada uno piense cómo puede hacerse.

6. ¿Para qué vais a recibir el don del Espíritu Santo los confirmandos? Para tener la gracia y la fuerza de Dios, que os haga más capaces de ser prójimos de los demás. Con la donación del Espíritu Santo, Jesucristo y Dios Padre se harán más próximos a vosotros. Y con ese don vosotros os podréis acercar más a los otros. Y pensad ahora, ¿cómo podéis con esa fuerza ser más próximos? ¿Solamente es más próximo aquel que mira por las necesidades materiales? ¿Qué otras necesidades no-materiales puede tener un compañero, un amigo, un vecino, un paisano?

Decidme una necesidad, que sea de tipo espiritual. (Respuesta de los confirmandos: cariño, afecto, necesidad de encuentro con el Señor, recibir su palabra y conocer a Jesús, necesidad de conocer el Evangelio. ¡Cuántas cosas espirituales, pues, podemos hacer! ¡Cuánta gente está ciega, porque no tiene la luz del amor de Dios! No creen ni en Jesucristo, ni en Dios, ni en la Iglesia. ¡Cuánta gente paisana nuestra necesita la luz de la fe!

7. El Señor hoy nos invita a dar la vida por los otros. Lo podéis hacer, los que ya sois matrimonios, viviendo con mayor profundidad el amor entre esposos, hacia vuestros hijos y hacia toda la familia. Los jóvenes podéis prepararos para ser buenos padres; hacen falta familias cristianas, comprometidas, que vivan la fe y el amor, que sean testigos en esta sociedad, que no valora la familia.

Hay mucha gente que necesita escuchar el Evangelio. ¿Cuántos de vosotros estaríais dispuestos a dar la vida por anunciar el Evangelio? (Muchos confirmandos levantan la mano). ¡Me alegro! Porque sois muchos los que habéis levantado la mano. El Señor está esperando vuestra respuesta, sea en misiones, sea en Málaga, sea en una Congregación religiosa, sea en un Monasterio, sea en la vida sacerdotal, sea como cristiano laico. Que cada uno que escuche la llamada, que el Señor le está haciendo esta tarde. ¡Y no tengáis miedo de decirle que sí! ¡No tengáis miedo! Seréis más felices si le decís que sí. Él os colmará de su amor.

8. Los confirmandos van ahora a hacer un hermoso gesto. Vais a recibir una vela y los catequistas la encenderán del Cirio Pascual, que significa la luz de la fe, símbolo de Jesucristo resucitado. La fe, que recibimos en el bautismo, hoy se confirma en el sacramento de la confirmación.

Tendréis en la mano esa vela encendida, para renovar las promesas bautismales y para significar que esa luz la queréis mantener hasta el final de vuestras vidas; y que esa luz queréis transmitirla como verdaderos testigos del Evangelio a los demás. Le pedimos al Señor que os ayude a mantener siempre encendida esta luz, signo y símbolo de nuestro bautismo. Se lo pedimos también a la Virgen María, que dio a luz a la “Luz del mundo”. Que así sea.

 



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