Opinión

El nuevo rostro de la misión, por José Moreno Losada

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El nuevo rostro de la misión, por José Moreno Losada

Miguel Pajares, un misionero anónimo llevado a las primeras páginas de los medios por el virus del Ébola y su muerte. Es lo anónimo de esta persona lo que me seduce y me hace contemplar mi verano con una sensibilidad especial. Son muchos los medios que han hecho una reflexión pertinente, ayudándonos a entender que este hombre es sólo la punta de un iceberg de humanidad que está sumergida en la entrañas de la misericordia y del amor del mundo.

En su caso, esa corriente se hizo viva y eficaz en él por el carisma de los hermanos de San Juan de Dios, que encarnan el mensaje evangélico de ir y curar a los enfermos, de dar la vida hasta el punto de que tus heridas puedan sanar a otros. Seguro que la herida y la muerte de Miguel va a sanar a muchos enfermos del virus de Ébola: por él se ha conocido y se han movido muchas conciencias en la sociedad española especialmente. Pero este hermano sólo es la punta del iceberg de esta corriente de amor que es  diaria e imparable.

Muchas veces podemos tener la imagen del misionero antiguo, con su sotana y su crucifico colgando al cuello -o en la mano, para ser visible por los otros-, mayor y con barba larga. Se le ve e imagina como algo del pasado, como una especie en extinción. Pero nada más lejos de la realidad y de la verdadera vida de la Iglesia…

Me detengo sólo en nuestra tierra y, en este verano que estamos en curso, me veo rodeado de gestos y presencia de carácter misionero en el verdadero sentido del término, personas con un carácter abierto que entienden su vida en relación con los demás y que son capaces de ponerse en camino para llegar hasta los otros y dejar que estos puedan entrar dentro de sí, afectándoles en sus propias entrañas. Por eso, desde Miguel, quiero ser testigo de esas personas con las que he tenido contacto en estos días veraniegos que beben en la misma corriente de amor que lo hizo él, y que siguen los mismos sentimientos y las mismas indicaciones del Evangelio de Jesús.

César Caro: el testimonio de una entrega incansable

Ayer me llegaba una carta de feligreses de los Valles de Matamoros y Santa Ana, despidiendo con cariño a César Caro, un  sacerdote diocesano que, tras pasar años de formación y vida salesiana, una vez acabada su carrera de Químicas, ha estado una decena de años por los pueblos de la diócesis de Badajoz. Él, con corazón africano pero con una cabeza que le hizo venirse de una experiencia previa en ese continente, ha logrado con procesos de discernimientos de contemplación y espiritualidad ignaciana ponerse en disposición para pasar años de su vida en tierras peruanas, en la diócesis de Chachapoyas. Allí va a seguir el camino de otros muchos que ya fueron antes que él, como hermanamiento de esta iglesia de Badajoz con la de aquella tierra, compartiendo vida y esperanza. Así sería la primera vez que la orden de los hermanos de San Juan de Dios envió a Miguel a África.

Mamen y José, un dejarse hacer para ser sólo uno

Acabo de recibir -vía WhatsApp- un mensaje de Mamen Tena y Jose Ortíz; ellos han estado más de un mes en Bolivia, son jóvenes profesionales que han marchado con la comunidad marista a dejarse empapar por la realidad de Latinoamérica. Su objetivo: dejarse hacer. Cuando llegan a España sienten algo raro: “nunca he paseado por el Xanadú con tanta apatía y sin mirar un solo escaparate”. Antes sus vidas venían tocadas por la realidad conocida, tenían sentimientos universales; ahora son encarnados. Su matrimonio, ya cercano, seguro que tendrá un horizonte de misión abierta y de justicia para todos.

Vida y Fe, Estudio y Evangelio

Alejandro, Jorge y Sara Cobos, junto a Mercedes y otros, llevan años reflexionando sobre la relación vida y fe, estudio y evangelio… Quieren que su estudio sea para los más pobres. Ale es psicólogo y comienza a trabajar pronto en el Valle del Jerte en un proyecto educativo de la zona. Sara es periodista y, tras una experiencia de trabajo, marchará a Madrid para hacer un Máster de Cine el curso próximo. Ambos pertenecen a Jóvenes Estudiantes Católicos –JEC de Plasencia-, pero lo que más les enamora es África y su gente. Sara repite; Ale lloró el año anterior porque no pudo ir… ahora sí ha sido posible. Nos escriben a cada instante dando cuenta de lo que están viviendo en Zimbabwe, y es que su corazón está tocado de esta corriente de amor. Es una Ilusión y un gozo indescriptibles, seguro que la misma que iba en el corazón de Miguel cuando se lanzó en sus primeras decisiones de contacto y encuentro con aquella realidad.

Rosa Mari, Chon y su África

Acabo de llegar de unos días de descanso en una Casa de Franciscanos en Chipiona, Cádiz. Allí me he encontrado con Rosa Mari Perdigón, una mujer admirable que cuida de su tía mayor paralizada y de su madre, las dos de edad avanzada. Trabaja en las Escolapias en Mérida, pero su corazón -como su vestimenta- es puramente africano; ella tiene relaciones familiares con africanos, ha acompañado y compartido para que pudieran estudiar y prepararse aquí en España, y es madrina de los hijos de estas familias. Se entrega aquí y da vida allí,  y en estos días se unía a ella Chon, una religiosa, también de Mérida, que marchó a Guinea y que viene con ropas  africanas. Trae el corazón oscuro: corazón y alma negra en cuerpo blanco. Así era el corazón de Miguel Pajares.

Una vida “entreculturas”

Al mismo tiempo, sé de Gema y otros  profesores de Secundaria que se van en estos días de septiembre a una experiencia en Latinoamérica. Les acompañan alumnos de Bachillerato, adolescentes inquietos, a través de la ONG Entreculturas. Ellos tienen una red en los institutos que transmite esta corriente de amor entrañable por la humanidad y que ayudan a conocerse y a concienciarse mutuamente a adolescentes de aquí y allá para sembrar esa humanidad soñada y universal.

Jóvenes que viven para servir

Días atrás, he compartido unas Jornadas de Formación con jóvenes estudiantes extremeños entre dieciséis y treinta años –JEC de Extremadura-, que están dispuestos a tomarse su vida como un proyecto de ilusión y de esperanza para un mundo mejor, para un mañana más justo y para una vida más igual y más fraterna. Álvaro y Carmen, apóstoles valientes y entregados, van a Madrid a dedicar tres años de su vida para generar más vida e inquietudes en otros jóvenes estudiantes; les quema el tesoro de la corriente de amor que llevan dentro, y no pueden guardárselo para ellos. Esa corriente que desea ser universal y no tener fronteras, que en tiempos de crisis quiere darse más y mejor que nunca, que piensa más en los demás que en ellos mismo.

Decidme si, todo esto, es o no una corriente de amor en tierra extremeña, y si el Padre Miguel no es, nada más y nada menos, que la punta de un gran iceberg. Yo, ante tanto regalo, me callo; y simplemente creo ante tantos motivos para no perder la esperanza…

Por  José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

 

 

 

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