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angel rubio

El nombre del Señor es Santo

Así como el primer mandamiento nos manda amar a Dios sobre todas las cosas, el segundo nos manda honrar su santo nombre. Cuando rezamos el Padrenuestro, al decir «santificado sea tu nombre, pedimos que el nombre de Dios sea conocido y amado.

Además de estos conceptos tradicionales ligados al segundo mandamiento, respeto a Dios, Cristo, la Virgen María y los Santos, el CCE profundiza en algunas circunstancias aparecidas recientemente, como la importancia de nombres extraños a la cultura cristiana a los niños al recibir el Bautismo. El patronazgo de un santo ofrece un modelo de caridad y asegura su intercesión. «Procuren los padres, los padrinos y el párroco que no se imponga un nombre ajeno al sentir cristiano» (n. 2156).

Se invita a comenzar la jornada invocando el nombre de la Santísima Trinidad con la señal de la Cruz, «que fortalece en las tentaciones y en las dificultades» (n. 2157).

«Dios llama a cada uno por su nombre» (n. 2158), por eso el nombre se convierte en el carnet de identidad de cada cristiano.

El nombre de Dios es santo. Exige ser pronunciado con respeto. Ponerlo por testigo falso es hacerle una injuria grave.

«Las palabras malsonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto hacia el Señor. El segundo mandamiento prohíbe también el uso mágico del Nombre divino» (2149).

En el número 2143 del Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: Entre todas las palabras de la Revelación hay una, singular, que es la revelación de su Nombre. Dios confía su Nombre a los que creen en Él; se revela a ellos en su misterio personal. El don del Nombre pertenece al orden de la confidencia y la intimidad. “El nombre del Señor es santo”. Por eso el hombre no puede usar mal de él. Lo debe guardar en la memoria en un silencio de adoración amorosa (cf Za 2, 17). No lo empleará en sus propias palabras, sino para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo.

En el número 1148 del Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: En cuanto creaturas, estas realidades sensibles pueden llegar a ser lugar de expresión de la acción de Dios que santifica a los hombres, y de la acción de los hombres que rinden su culto a Dios. Lo mismo sucede con los signos y símbolos de la vida social de los hombres: lavar y ungir, partir el pan y compartir la copa pueden expresar la presencia santificante de Dios y la gratitud del hombre hacia su Creador y explicita el catecismo. La santidad del nombre divino exige no recurrir a él por motivos fútiles, y no prestar juramento en circunstancias que pudieran hacerlo interpretar como una aprobación de una autoridad que lo exigiese injustamente. Cuando el juramento es exigido por autoridades civiles ilegítimas, puede ser rehusado. Debe serlo, cuando es impuesto con fines contrarios a la dignidad de las personas o a la comunión de la Iglesia.

El Youcat (Catecismo joven de la Iglesia católica) enseña  nº 359 “Decir a alguien el propio nombre es una muestra de confianza. Al decirnos su nombre, Dios se da a conocer y concede, mediante este nombre, el acceso a él. Dios es totalmente verdad. Quien invoca a la verdad su nombre, pero la emplea para testificar una mentira, comete un pecado grave”.



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