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Él nace para mí

Parece que Albert Einstein dijo alguna vez que la mente humana puede compararse con un paracaídas.  Para que funcione de verdad, ha de mantenerse abierta. Esa observación tan ingeniosa se ha demostrado verdadera, tanto en el ámbito de la razón y de la ciencia como en el de la fe y las creencias.

Por cierto, aquella declaración se muestra especialmente oportuna cuando pensamos sobre el sentido de la celebración del nacimiento de Jesús. Así nos lo insinuaba una reflexión del papa san Pablo VI.

Desde entonces han pasado exactamente cincuenta años. En la misa de gallo celebrada en la Capilla Sixtina la noche del 24 de diciembre de 1971, ante los representantes diplomáticos acreditados ante la Santa Sede, Pablo VI declaraba que al evocar el  nacimiento de Jesús, puede brotar en los corazones un doble sentimiento.

  • El primer sentimiento es «como de desconfianza y de temor ante el nuevo Rey, que también hoy nace en el mundo. Es una potencia. ¿Qué temen más que el nacimiento de una nueva potencia los poderosos de esta tierra?»

Pablo VI reconocía que ese Jesús que nace en un clima de humildad y de pobreza es en realidad una potencia, aunque su reino pertenezca a una esfera trascendente. A pesar de ello, o precisamente por eso mismo, «quizá hoy lo temamos y lo rechacemos todavía más, celosos como somos de nuestra soberana autonomía agnóstica, laicista o atea, que no admite ningún reino de Dios».

  • Por otra parte, surge también otro sentimiento, marcado por el signo de la confianza. De hecho, Pablo VI preguntaba a los diplomáticos: “¿Qué clase de potencia es Cristo, sino una potencia para nosotros, para ventaja nuestra, para nuestra salvación, por nuestro amor?”

Hoy como entonces parece que nuestra autosuficiencia nos prohíbe admitir esa salvación que nos es ofrecida gratuitamente. Citando un conocido himno de la liturgia, añadía el Papa que  «no nos arrebata nuestros reinos temporales Aquel que ha venido a regalarnos sus reinos celestiales Él ha venido para nosotros, no contra nosotros. No es un émulo, no es un enemigo; es un guía para nuestro camino, es un amigo. Para todos. Cada uno puede decir con razón: para mí».

Con las palabras del antiguo credo de Nicea y Constantinopla, los cristianos confesamos que «por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre».

Con todo, es evidente que para que surja realmente en nosotros ese sentimiento de serena aceptación y de fe en el don de la salvación que Jesús nos ha traído, es preciso que tengamos la mente abierta. La mente abierta para no rechazar a este Niño y el corazón dispuesto para recibirlo con esperanza y alegría.

 



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