Al abrir la puerta

El mundo está cambiando

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             Decía Ortega aquello de que ser de izquierdas es, como ser de derechas, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil.

             Casi que lo mismo se puede decir tanto del irredento optimismo como del pesimismo más descarnado, dos formas de abordar esta situación que vivimos de crisis del Coronavirus, que se están mostrando de una forma bien clara en nuestra sociedad.optimismo

             El optimismo irredento se muestra en dos formas, a mi juicio, igual de perniciosas. Una la de una infantil consideración de que cuando todo esto pase –sea cuando sea, aunque en pleno positivismo ingenuo se quiera creer que esté próximo el final de la crisis- todo volverá a la situación anterior, a la misma forma de estar en el mundo, con las mismas claves de relación y de vivir que teníamos antes, como si esto fuera un simple paréntesis en nuestras vidas cotidianas que retomaremos pronto, muy pronto, como si nada hubiera pasado. La otra forma de optimismo irredento tiene que ver con la peor forma de considerar las utopías, desde un cierto progresismo ideológico, que ve en esto un salto cualitativo social que nos catapulte a otro estadio de maneras de estar en el mundo. Esta forma de irredento optimismo utópico dice que, a cuenta de lo vivido con las medidas sobre le coronavirus, cambiaremos todos a mejor, nos habrá marcado esta experiencia de confinamiento de tal manera que seamos todos más solidarios, más cuidadosos, más ecológicos, más conscientes de lo pequeño y lo familiar, de lo importante y lo fundamental.

             El pesimismo más descarnado también se modula en grados, pero viene a ser la posición opuesta, que ve que de aquí solo vamos a ir a peor, que la amenaza del virus estará constantemente en torno nuestra, que vendrán nuevos confinamientos, que las fuerzas políticas aprovecharán esta coyuntura para imponernos medidas ideológicas, que se destruirá todo tejido social y económico de nuestro país, que lo técnico y tecnológico nos terminara por deshumanizar, y que la crisis que llegará tras este tiempo, dejará en pañales las distopías de ficción más oscuras y temibles.

             Pues bueno. Como todo en la vida, y en la mejor tradición dominicana del tomismo de raigambre aristotélica, de considerar que en el punto medio está la virtud, no hay que ponerse en ninguna de las dos posturas, o al menos, tratar de que nuestro juicio contemple todas las posibilidades que pueden venir, sabiendo que ninguna será real y total.

             No vamos a volver a la normalidad anterior como si nada hubiese pasado, pero tampoco va a ser esto ni una puerta a un nuevo paraíso social, ni a un infierno futurista sin más.

             Quizás es demasiado evidente, pero lo que sea el mundo nuevo que venga y que está cambiando hoy aquí a nuestro alrededor, tendrá que ver con nosotros mismos y con cómo nos posicionemos, con cómo miremos, pensemos y actuemos. Tendremos que compaginar la necesaria vuelta a la normalidad, con la conciencia de que no vamos a vivir como si nada hubiera pasado. La sensatez de regresar a cosas que eran buenas y valían antes, con la esperanza de que hemos recibido una llamada para convertirnos de muchas actitudes, de muchas formas de pensar y de vivir que arrastrábamos inercialmente, con la comprensión de que se nos ha regalado este tiempo para repensarlas y cambiarlas.

             Solo me nace confiar en que sea –en la mejor clave evangélica- este tiempo de confinamiento, un impulso para la conversión de cada uno, para hacer frente de un modo profundo, sensato, humano y evangélico a este mundo que está cambiando.

Fray Vicente Niño Orti, OP

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