Editoriales Ecclesia

El mundo es más grande y sus periferias necesitan también de Dios y de su Iglesia – editorial Ecclesia

El mundo es más grande y sus periferias necesitan también de Dios y de su Iglesia – editorial Ecclesia

En la víspera de su visita a Georgia y a Azerbaiyán, el Papa escribió  al pueblo argentino, a sus compatriotas del Cono Sur, a propósito de extraordinarios cristianos hijos de Argentina ya en los altares. De un lado, la reciente beatificación, el pasado 27 de agosto, de Mama Antula (una religiosa argentina del siglo XVIII) y que tanto «ayudó —escribe el Papa argentino— a consolidar la Argentina profunda», y de otro, la canonización, prevista para el 16 de octubre en Roma, del Cura Brochero (1840-1914), «ese cura gaucho que tuvo compasión de sus queridos serranos y luchó por su dignificación».

En la carta, Francisco, al evocar y actualizar el ejemplo de ambos —«un hombre y una mujer, que trabajaron por la patria y por la evangelización»—, se detiene en trazar algunas consideraciones sobre el presente y el futuro de su nación y comunica que en 2017 tampoco viajará a Argentina «porque —palabras textuales sin indicar o sugerir otras razones— ya hay compromisos fijados para Asia, África, y el mundo es más grande que Argentina».

Esta idea del Papa creemos que se enmarca también espléndidamente para explicar el porqué de sus destinos viajeros y por qué, ahora en estos últimos días, Francisco ha viajado al «occidentalmente» remoto y desconocido Cáucaso. Si ya la pasada semana, nuestro director ofrecía algunas pinceladas al respecto (ver páginas 37 y 38), ahora, recién concluida la visita apostólica a Georgia y a Azerbaiyán —y completado así el recorrido papal por el Cáucaso, tras su visita de finales de junio a Armenia— podemos entender mejor que el mundo es mucho grande que nuestros horizontes más próximos y que la Iglesia se debe tanto a las supuestas naciones de mayoría, significación y peso cristiano como a lugares como Georgia o Azerbaiyán, donde los cristianos son una minoría casi insignificante (el segundo de estos países apenas llega a los 570 fieles y el primero con tan solo el 2,5 % de la población.

Y es que sin esta visión y compromiso de universalidad y de contribución a la paz —además de servicio preferente a los preteridos y a las periferias, por emplear un término muy de Francisco, que, en este caso, cobra especial significación y verificación—, la Iglesia no sería fiel a su identidad y misión.

Identidad y misión de la Iglesia es también servir y hasta luchar denodadamente por la unidad de los cristianos. En este sentido, la etapa georgiana del viaje papal ha sido singularmente significativa. Y no lo ha sido tanto por sus éxitos aparentes —la ausencia en la misa del sábado 1 de octubre de una delegación oficial de la mayoría ortodoxa fue un innecesario y objetivo «feo» a sumar al hecho de que la Iglesia ortodoxa georgiana no haya suscrito un reciente e importante acuerdo católico-ortodoxo (página 34)—, cuanto por la perseverancia en el empeño, la continua apelación a la oración, al testimonio, al estilo evangelizador sin proselitismos de ningún tipo y en ninguna dirección, al conocimiento mutuo y a intentar dar respuesta la voluntad de Dios, que demanda la unidad, y la misma firmeza en la defensa del sentido y del valor de la presencia específicamente católica. En este último caso, el hecho de que Francisco quisiera comenzar la misa de sábado 1 de octubre entrando por la puerta santa de un templo católico que no ha podido ser construido, no obstaculiza la unidad, sino que muestra como esta solo será posible desde el respeto recíproco.

El encuentro en la principal mezquita de la capital de Azerbaiyán con el jeque máximo del islam en el Cáucaso es también otro testimonio impagable. El islamismo no puede ser demonizado a causa del terrorista yihadista y, a su vez, es bueno y necesario que un líder religioso de la altura y del prestigio moral universal del Papa Francisco tenga estos gestos de afecto y de cercanía con el islam y sus representantes y, a la vez, recuerde, por enésima vez —como hizo también en la jornada de Asís del pasado 20 de septiembre— que «Dios no puede justificar forma alguna de fundamentalismo» y, menos aún, de terrorismo.

Por todo ello, ¿no sería bueno que esta vocación de universalidad y catolicidad se impostase y desarrollase más y mejor en la vida de todos los miembros de la Iglesia  y en su misión y servicio evangelizadores?

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