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El misionero claretiano Manuel Díez Borges estará dos meses de msiones en San Pedro Sula, Honduras

El misionero claretiano Manuel Díez Borges estará dos meses de msiones en San Pedro Sula, Honduras

El mejor regalo para un delegado de misiones: un mes sustituyendo a un misionero en Honduras

El delegado de misiones de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, Manuel Díez Borges, está pasando sus vacaciones haciendo lo que más le gusta: ser misionero.

Manuel, que es misionero claretiano estará un mes en la ciudad más peligrosa del mundo, San Pedro Sula, Honduras, sustituyendo a dos sacerdotes misioneros españoles que se han tomado un merecido mes de descanso:

 

“Soy Manuel Díez Borges, delegado de misiones de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol. Misionero claretiano. En estos momentos me encuentro en Honduras. Estoy aquí porque el Obispo de San Pedro Sula, la ciudad más importante de Honduras después de la capital, le pidió a mi superior un sacerdote para suplir a dos sacerdotes españoles durante sus vacaciones. Mi superior me preguntó a finales de mayo si yo estaría dispuesto a hacer esa suplencia y le respondí inmediatamente que sí. Tengo ya bien comprobado que cuando uno ofrece sus servicios a una de estas ‘Iglesias jóvenes’, la recompensa espiritual que recibe supera con mucho todo el trabajo y las incomodidades que pueda experimentar.

 

Llegué a San Pedro Sula el día 27 de junio, y aquí estaré, si Dios quiere, hasta el 20 de agosto. La mayor incomodidad de los primeros días fue la adaptación al clima: un intenso calor húmedo que le hace a uno sudar continuamente. Ahora ya estoy más o menos adaptado; ya he asumido lo de estar sudando todo el día. También los que han vivido aquí toda su vida dicen que está haciendo mucho calor, y veo que ellos sudan como yo. Pero lo que más me hace sufrir no es el calor, sino ver la cantidad de gente pobre y de mendigos y que no tienen techo y que duermen en las aceras en torno a la catedral, que es donde yo estoy prestando mis servicios. Y sufro sobre todo cuando me piden algo de dinero y les respondo que no tengo; y la verdad es que sí tengo, pero no tengo para todos; y tengo que hacerme el duro, porque si cedo y le doy a uno los demás se enteran enseguida y corro un grave riesgo de acoso permanente e incluso de agresión.

 

Aquí no hay cocina económica ni albergue, como hay en Ferrol y en la mayor parte de las poblaciones grandes de España. En este momento, en Honduras tanto el Estado como las instituciones benéficas se sienten impotentes ante tanta necesidad. El porcentaje de crímenes por robo, junto a otras causas, es muy alto. Y se mata simplemente por quitarle a uno la cartera, la bicicleta o el móvil. No obstante tanta pobreza y pérdida de valores en muchas personas -sobre todo adolescentes y jóvenes-, la mayoría de los hondureños son gente maravillosa. Son muy cariñosos, sencillos, alegres.

 

En medio de tanto dolor y sufrimiento, no pierden la capacidad de sonreír y hacer fiesta. Y lo que más nos llama la atención a todos los españoles que venimos aquí es su religiosidad: cómo valoran todo lo sagrado, y piden al sacerdote les bendiga el agua, el rosario, la pequeña tienda que acaban de abrir, o las nuevas oficinas de una gran empresa… cómo rezan, cómo cantan en la iglesia, cómo toman parte activa en la celebración de la eucaristía acolitando, proclamando la Palabra, pasando la cesta de la colecta -niños y niñas, mujeres y hombres-, distribuyendo la comunión…

Cuánta gente busca al sacerdote para confesarse, para hacerle una consulta, etc. En resumen: Un español que venga a este país buscando espiritualidad, seguro que la encuentra. Un sacerdote que venga a prestar un servicio religioso, se considerará muy bien pagado simplemente por haber tenido la oportunidad de venir”.

OMPRESS-HONDURAS (24-7-13)



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