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El martirio del Bautista, por José-Román Flecha Andrés en Diario de León (31-8-2019)

El martirio del Bautista, por José-Román Flecha Andrés en Diario de León (31-8-2019)

Desde la cárcel, a la que había sido arrojado por su fidelidad a la ley y por su coherencia con la verdad que predicaba, Juan envió a sus discípulos al encuentro de Jesús. Llevaban la pregunta más radical de la fe cristiana: «¿Eres tú el que tenía que venir, o hemos de esperar a otro?» (Mt 11,3).

La pregunta da pie para informarnos de las obras de gracia y misericordia que significan y realizan la manifestación de Dios en la persona y la obra de Jesús: «Id a contar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia. ¡Y dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo!» (Mt 11,4-6).

Pues bien, cuando los discípulos de Juan se retiraron, Jesús hizo de aquel profeta un elogio encendido y un tanto misterioso: «Todos los profetas y la ley anunciaron esto hasta que vino Juan. Y es que, queráis aceptarlo o no, él es Elías, el que tenía que venir. El que tenga oídos que oiga» (Mt 11,13).

Hoy nosotros quisiéramos encontrar un relato apócrifo que nos hiciera saber cuál fue la reacción del Bautista al recibir en la mazmorra la información de los prodigios que Jesús hacía y el mensaje que anunciaba.

En aquel calabozo, Juan seguía siendo la voz sin mordaza que proclamaba la verdad, exigía la justicia y pedía conversión. Era un profeta que anunciaba y denunciaba.

Lo había hecho con todos. Así que no podía mantenerse en silencio ante el adulterio de Herodes. Es verdad que Herodes lo escuchaba con gusto. Pero igual que al rey David, el adulterio lo llevaría al homicidio. En una fiesta de cumpleaños, hizo a Salomé una promesa insensata. Y entregó en un plato a Salomé la cabeza de Juan el Bautista (Mc 6,14-29).

No podía terminar de otra forma, aquel que había sido elegido desde el vientre de su madre para preparar los caminos del Mesías y proclamar la rectitud y la conversión.

Fue asesinado, pero su voz nunca podría ser acallada. Sus discípulos recogieron su cuerpo para darle sepultura, pero no pudieron enterrar su espíritu profético. Ante las voces que comentaban la predicación de Jesús, crecía cada día la perplejidad del rey Herodes. El rumor de las gentes lo atormentaba. Pero, al oír hablar de Jesús, el mismo Herodes llegó a pensar en voz alta: «Ha resucitado Juan, a quien yo mandé decapitar» (Mc 6,14-16).

Esa habría sido la mayor gloria para el Bautista. Saber que con su muerte no había muerto su voz. Saber que, muerto el mensajero, no moría el mensaje. Saber que su voz llegaba a confundirse con la del mismo Mesías de Dios. Como dice san Agustín, “Juan era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio”.

José-Román Flecha Andrés

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Sobre el autor José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,

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