Noticias Rincón Litúrgico

El mandato y la obediencia

Padre nuestro que estás en los cielos, no sería honrado decir que no he oído esa voz que me has dirigido tantas veces: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña».

En primer lugar, quiero darte las gracias porque has querido contar conmigo. Me has recordado que tu viña es también mi viña y la de mi hermano. Es nuestra viña. Tú esperas que dé buenas uvas y un buen vino que alegre nuestras comidas. Y esperas también que nosotros colaboremos con nuestro trabajo para hacer realidad esa esperanza.

Yo sé que tu exhortación no puede quedar olvidada en el pasado. El trabajo es urgente y no puede ser dejado de lado. Es «hoy» cuando es preciso obedecer tu mandato y colaborar con mi esfuerzo para que nuestra viña nos dé sus frutos. Tu llamada de cada día es tan importante como nuestro pan de cada día.

Sin embargo, reconozco que a lo largo de mi vida me he comportado como los dos hermanos a los que se refiere Jesús en su parábola.

En algunas ocasiones me he negado a obedecer tu mandato. Son muchas las disculpas que me he inventado para ocupar mi tiempo. La acedía no es solo la pereza que me paraliza para no comprometerme con la tarea que esperas de mí. La tentación es aún más fuerte. Con demasiada frecuencia considero tu llamada menos importante que mis intereses y aficiones.

En otras ocasiones he respondido a tu mandato con una promesa que después no he cumplido. Ya sé que no puedo dejarme llevar por un fervor tan pasajero como superficial. Y sé también que mi orgullo genera la hipocresía de simular una disponibilidad y una obediencia que no llego a mantener.

Padre nuestro que estás a mi lado, yo reconozco que no me he comportado como un hijo responsable. Perdona mi egoísmo. Y dame la luz y la coherencia para responder con fidelidad a tu voluntad. Deseo tener los mismos sentimientos de tu Hijo predilecto, Jesús nuestro Señor. Amén.

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